Opinión
Domingo 26 de Febrero de 2017

Alfajores

Y sí, no hay alternativa, cualquiera que haya vuelto de vacaciones estuvo obligado a llevar al trabajo una, dos cajas de alfajores y algún otro tipo de golosina con chocolate con la estampa de la procedencia de donde dijo que estuvo.

Y sí, no hay alternativa, cualquiera que haya vuelto de vacaciones estuvo obligado a llevar al trabajo una, dos cajas de alfajores y algún otro tipo de golosina con chocolate con la estampa de la procedencia de donde dijo que estuvo. Un gesto amable que diluye broncas, competencias y resquemores, o una forma, de las muy pocas, de compartir la alegría pasada en esos días y tanto es así que el que ofrece queda tan contento como el que acepta.

La cuestión no pasa por los alfajores, ya que los hay de una enorme variedad de masas, rellenos y coberturas, sino por el hecho cargado de significados de corresponder con un objeto la consideración de los demás.

Se haya estado en alguna localidad balnearia nacional o del exterior, en las sierras o en las montañas, o en el sur, que junta las dos cosas, la etiqueta impone una serie de acciones ineludibles. Colgar fotos de los paradisíacos lugares en las redes con selfies pertinentes mostrando radiante sonrisa (siempre la misma con una montaña o una playa u otra cosa detrás), comprar remeras con motivos del lugar, las infaltables artesanías (pulseras, mates, azulejos y baldosas pintadas espantosamente, después de todo a quién le importa), sombreros, gorras, pulóveres tras haber padecido 45 grados a la sombra; juntar caracoles, piedras o palitos raros. De modo que al regreso, los veraneantes vuelven con un par de bolsos más, un par de kilos más y con un par de tarjetas en llamas.

Al fin de cuentas de eso se trata, de avizorar aunque sea una vez al año que hay todo un mundo afuera. Eso sí, ese mundo tiene que tener alfajores.

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