Antonio Bonfatti
Lunes 17 de Julio de 2017

Acciones y reacciones

Lilita Carrió pasó por la provincia como si fuera un vendaval. La errónea respuesta de su blanco principal, Antonio Bonfatti. Y el riesgoso progresismo de Luis Contigiani

Es verdad que Antonio Bonfatti (PS) le ganó a Miguel del Sel (PRO) la Gobernación santafesina por el canto de una uña en 2011: 3,5 apenas. Una diferencia que en cualquier encuesta no existe porque se ubica bajo el casillero de margen de error. Ese día quedaron en claro dos cosas: el ex intendente de Las Parejas, ex funcionario de la Municipalidad de Rosario y entonces ministro de Gobierno de Hermes Binner, no era Hermes Binner (quien entonces parecía cercano al sueño de convertirse en primer opositor socialista de peso a nivel nacional) y que éste —hoy retirado a un segundo plano— no le transfería ni votos ni una pizca de su excéntrico carisma.

Y aun así a Bonfatti no le fue del todo mal. Yo diría que dadas las circunstancias que atravesó su gobierno (Cristina no lo atendió ni una sola vez en cuatro años y las pocas veces que le atendió el teléfono fue para decirle que estaba enojada con él o para derivarlo a un funcionario de menor rango: peor destrato no pudo sufrir aunque se la bancó con estoicismo) salió erguido y entero: presidente de la Cámara legislativa más importante con una autoridad a la que hasta ahora no se le ven fisuras; gobernó, más allá del costo que se pueda presumir, con las dos Cámaras en contra, lo que fue un hecho inédito en la historia; se sacó de encima con habilidad a su principal quinta columna: su antecesor en la presidencia nacional del PS y el socialista con más alto perfil nacional, Rubén Giustiniani; preside su partido en el país (aunque sin pena ni gloria todavía, porque pocos los saben es verdad).

Bonfatti podrá gustar más o menos a los amigos socialistas que comulgan con él o a quienes no, pero le reconocen méritos. Su buena presencia compensa su poca habilidad oratoria de prácticamente nula capacidad de convicción y dudosa habilidad para generar empatía y confianza en el interlocutor. Pero tuvo el tino de rodearse de un gabinete (heredado de Binner, en buena medida) de funcionarios aceptablemente bien plantados.

Como fuere, Bonfatti no sólo logró lo que un partido espera de los dirigentes que unge en los cargos de mayor responsabilidad y es que aseguren la continuidad del manejo del poder cediéndolo a alguien de su misma comunión; sino que se convirtió en el político más votado de toda la provincia en todos los rubros que se jugaron en el 2015 adonde compitió como aspirante a diputado provincial. ¿Tiene Bonfatti hoy los mismos 700 mil votos largos que obtuvo entonces? No lo sé. Se podría especular con que tal vez hayan menguado pero del mismo se podría afirmar que aún conserva esa friolera de adhesiones. Por algo en su partido no son pocos los que consideran que es la figura de recambio para que el socialismo mantenga el dominio en la Casa Gris por un cuarto período consecutivo. Detalle que alimenta la interna con su actual sucesor en esa poltrona, Miguel Lisfchitz.

Al actual gobernador es al socialista que menos conozco, o mejor dicho a quien conozco desde hace menos tiempo: apenas desde que llegó al Senado, pero comenzamos a hablar con mayor frecuencia cuando se aproltronó en el Ejecutivo. A Juan Carlos Zabalza, lo conozco desde la década del 80. Que Carrió lo salvara expresamente de sus diatribas no sé si lo pondrá contento pero este histórico amigo del socialismo, creería, está fuera de cualquier sospecha. Y después está el ex gobernador, de quien ya me ocupé en los párrafos anteriores in extenso para poder luego formular las preguntas que tengo y que deben ser las mismas que se hace usted, amigo lector.

"En Bonfatti su buena presencia compensa su poca habilidad oratoria, de prácticamente nula capacidad de convicción y dudosa habilidad para generar empatía"

Hace dos lunes atrás —el 3 de julio- la nota "Chisporroteos de campaña" anticipaba en este diario cuanto aconteció esta semana. Aunque pareciesen, no eran especulaciones sino datos fresquitos surgidos de la reunión en Buenos Aires de todos los candidatos de Cambiemos del país que fueron a recibir instrucciones. Allí se decidió (o lo pidió ella) que Carrió se ocupase de la provincia de Santa Fe a modo de ariete. La idea de fondo de jugar la marca Cambiemos por encima de los nombres propios que miden menos que un tanque de nafta que gastó hasta la reserva, quedaba así salvaguardada.

En Santa Fe, Carrió es más Cambiemos que el propio Mauricio Macri; y más allá de que ella lo repita hasta el hartazgo. El presidente, me aseguraron entonces mis fuentes, le dio rienda suelta con Bonfatti, le reclamó mesura con Binner y que no se metiera con Lifschitz. Haya sido o no así, así actuó Carrió durante el paso a lo vendaval que hizo por Rosario y Santa Fe en las últimas horas.

Tal como se presumía (y se nos había adelantado) el doloroso garrotazo fue a la cabeza de Bonfatti: "protegió al rey de efedrina" y "los narcos le balearon la casa por un vuelto" fueron sólo algunas de las lindezas que le dijo, que serían cómicas sino constituyeran, todas, delitos graves que algún fiscal debería investigar. Al fin de cuentas lo está diciendo una diputada de la Nación y no vendría mal que se le pidan pruebas. De ese modo, todos nos sacaríamos las dudas. Está bien que Bonfatti piense en este caso en la vía judicial y sería edificante que a ella apelara.

Lo que no se alcanza a entender es la reacción política del ex gobernador. Hombre experimentado en estas lides como ya hemos dicho. Más allá de la indignación que puede alcanzar a cualquier persona ante una acusación que considera injusta o infundada, ésta no es aplicable a una figura pública. Menos de la política. ¿Bonfatti respondió en caliente y entonces completó la gira Carrió con una amplificación que la puso en los principales títulos de los diarios y medios del país al acusar impacto de la sopapeada a la que lo sometió la diputada? ¿O, en todo caso, dio rienda suelta a su indignación él mismo —muchos pudieron haber salido a responder por él y preservarlo— para ganarse, precisamente, esos títulos nacionales que Carrió siempre garantiza por añadidura? Ya diré por qué hago esta segunda pregunta.

Otro dato venido de Buenos Aires hace 15 días es que el jefe radical José Corral concentraría esfuerzos en esmerilar a la figura estelar del socialismo en la capital provincial (un invento de Bonfatti, dicen en la Casa Gris): el periodista televisivo Emilio Jattón, a quien le sacarán a relucir su pasado peronista —quince días antes estaba por anunciar su candidatura a concejal en Santo Tomé, donde vive, por el PJ— y sus nulos conocimiento de la política, la administración del Estado y la militancia partidaria. Con todo, Jattón es para Corral, hasta ahora, un dolor de cabeza.

Quienes conocen a Lifschitz y le admiten su entusiasmo, su hiperkinética forma de trabajar, su incansable querer estar en todos lados y haberse puesto sobre los hombros la campaña de un candidato como Luis Contigiani, quien con sus muchos méritos humanos mide tanto como Cantard, y encima arenga desde las tribunas como si estuviera hablando a los seguidores de Rosa Luxemburgo. Los militantes socialistas —devenido desde hace mucho en un partido tan burgués como la UCR, que nunca tuvo a su lado a los trabajadores argentinos y se desahució de tenerlos en 1946— lo miran entre fascinados y perplejos. Los he visto en los actos, parecen preguntarse de qué habla. Para el microclima que integramos los políticos, los periodistas que hacemos política, los funcionarios y los hombres del poder, ese discurso puede fascinar o repeler (para un socialdemócrata como yo, encanta) pero al hombre de a pie lo llena de interrogantes.

"Luis Contigiani, quien con sus méritos mide tanto como Cantard y arenga desde las tribunas como si hablara a los seguidores de Rosa Luxemburgo"

El primero en advertirlo fue Lifschitz, quien días pasados hizo un discurso con algunas entrelíneas que sólo los más cercanos advirtieron. Es que la Casa Gris definió su principal eje de campaña: la economía definirá el voto de los santafesinos y eso hará perder a Cambiemos y a Carrió el mayor premio de su carrera. Aun así (más allá de que por supuesto negará hasta la indignación que los zamarreos recibidos por su antecesor, le causen una pizca de satisfacción: de hecho, lo defendió) el gobernador ha buscado hacer limonada con esos limones: "Nos subió al ring. Todo el país sabe que en Santa Fe la pelea es entre el socialismo o Cambiemos. Elevó tanto nuestro precio que habló de que ganar Santa Fe sería para ella (mandada por Macri) "el premio mayor de su vida política" y por ese premio en este escenario que armó la Rosada por ahora no califican otros. La única posibilidad de que Cambiemos no gane Santa Fe, es que ganemos nosotros".

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