Opinión
Lunes 13 de Marzo de 2017

A 60 días del inicio del cronograma electoral

Política santafesina. Un año de elecciones donde comienza a moverse el tablero político.

A la fuente le quedó la íntima sensación acerca de que el día en que Pablo Javkin confirme que será candidato encabezando la lista de concejales rosarinos del Frente Progresista Cívico y Social con apoyo del socialismo, será la fecha del inicio de la guerra de guerrillas (presumiblemente desde las pantallas nacionales, aunque esto es especulación propia) que la diputada nacional Elisa Carrió le tiene prometida al diputado santafesino Antonio Bonfatti, según le ha anunciado desde hace tiempo ya a sus seguidores.
Tres razones, dice, fundamentan ese cuasi convencimiento.
1.- Es imposible que Carrió no supiera si su ex socio, a quien acusa de haberla traicionado "vendiendo" los votos del ARI y con ellos permitido que el socialismo se quedara con Rosario en 2015, en lo que es el segundo mandato a Mónica Fein, que de otro modo, piensa la diputada, habrían perdido irremediablemente. Al estar del desempeño del oficialismo en las PASO, todo indica que tiene razón. Si Carrió sabe que Javkin aún no ha dicho nada para qué preguntó, como dicen que hizo, en su visita de anteayer a Expoagro en San Nicolás.
Lo hizo, no es difícil suponer, para reactivar el alerta que ella misma encendiera meses atrás en Santa Fe cuando anatemizó a los socialistas acusándolos de haberla "cansado de tanto que me han traicionado". Es seguro que tampoco desconoce el portazo de hace pocos días que al socialismo le pegó quien parece ser el único amigo que le quedó en el partido de la rosa, su ex compañero de fórmula, Rubén Giustiniani, a quien es difícil que pueda arrastrar a Cambiemos como le encantaría aunque más no sea para irritar a Binner y Bonfatti, como le "encanta" hacer y lo dice cada vez que puede riendo a mandíbula batiente.
2.- Tampoco se puede suponer que Carrió no supiera que pocos días antes el propio gobernador Miguel Lifschitz había realizado una suerte de pseudo lanzamiento virtual del secretario general de la Municipalidad de Rosario, otrora chico mimado de la legisladora, al proponer para el Frente Progresista un necesario refreshing que pase por nombres nuevos y edades más frescas.
Como dijera Mauricio Maronna ayer en su columna de este diario es una palmaria admisión de Lifschitz de que el socialismo carece de un nombre con chances reales de triunfo en la ciudad que gobierna desde hace más de dos décadas. Una suerte de criterio de verdad que la nomenclatura partidaria no está dispuesta a admitir puertas afueras porque importaría la autocrítica de no haber sabido extender su base territorial ni ampliar el padrón de seguidores y simpatizantes como para nutrir su semillero dirigencial. Y ya se sabe que los manuales indican que las autocríticas se evitan siempre (ya se encargan los opositores de poner sus dedos en las llagas) pero más que nunca cuando ya se visualiza un compromiso electoral en el horizonte.
3.- Finalmente, el estilo Carrió requiere de un enemigo tangible. Si como ha prometido recorrerá este año la provincia de Santa Fe para juntar votos para Cambiemos su retórica deberá, por imperativo propio, impactar en la humanidad de alguien. Hasta ahora por lo que ella ha dicho, el blanco sería el presidente del comité nacional del Partido Socialista. La legisladora, lo demuestra su historia, elige adversarios de alto perfil y sólo de las ligas mayores. Javkin no califica todavía. Su destrato a su ex referente es eso y nada más. Bonfatti tiene todo el perfil –altos cargos ocupados, liderazgo principalísimo, muchos votos obtenidos- para resultar una tentación irresistible a la gula pendenciera de Carrió.
Eso explica que los haya maltratado con gruesos epítetos a Bonfatti y Rubén Galassi y haga alguna clase de distingo con Lifschitz: "Me parece que es de otro tipo". Carrió no debe desconocer que entre el ex gobernador santafesino y el actual hay diferencias de estilos que, todos dicen, van más allá de las formas y podrían significar lisa y llanamente una colisión de sus ambiciones personales de futuro. Uno añorando con volver y el otro con quedarse, en la Casa Gris.
Con las PASO en agosto el cronograma electoral (los distintos pasos que deben ir cumplimentando los partidos y/o alianzas ante las autoridades electorales provincial y/o nacional) que terminará en las generales de octubre, se inicia en mayo. Para entonces tienen que estar más o menos claras las definiciones, aunque los nombres se puedan seguir barajando hasta el último momento en que se deban cerrar las listas.
Eso explica la purga legislativa en las filas socialistas justo ahora, antes de que se inicien el 1° de mayo las sesiones ordinarias de las Cámaras. Todo año electoral resiente sensiblemente (muchos de sus miembros deben salir a hacer campaña) la actividad en el Palacio de Leyes.
También evidencia que nada de extemporáneo tiene que el gobernador deje caer así como quien no quiere la cosa que está pensando de una reestructuración de su alianza de gobierno o que los radicales empiecen ya a dejar de sacarse los ojos públicamente por el plato en el que pondrán los pies para reducirlo a ligeras escaramuzas casi por compromiso o mera especulación.
Lifschitz sigue necesitando la durabilidad de la pax romana (cada uno desde su lado la considera así, por lo visto) que tiene con el intendente santafesino y presidente del comité nacional de la UCR, José Corral, quien a la hora de lo concreto es el único eficaz en arrancarle fondos para la provincia (principalmente para su propio feudo) a la administración Macri. Un status quo que permite al radical disfrutar de cierta tranquilidad incluso frente a la interna de su propio partido.
Corral, que no respondió afirmativamente pero tampoco cerró la posibilidad al pedido presidencial de que encabece la lista de diputados nacionales de Cambiemos, con su picardía criolla ("sigo pensando que el mejor día para definir una candidatura es el anterior al cierre de listas") está armando su plataforma de despegue hacia la gobernación. Que llegue en el 2019, será harina de otro costal. Que lo intente si cree que puede, sería una decisión casi tomada. Claro que si para ello tiene que ir de diputado nacional, llamar a elecciones para que lo reemplacen en la intendencia exponiéndose a que su partido (y su sector) pudieren perder –también ganar, claro- para dentro de dos años, siempre y cuando Bonfatti haya tenido éxito en bloquearle a Lifschitz sino ya toda la reforma constitucional que impulsa el gobernador al menos la cláusula habilitante de reelección, deberá hacerlo. Corral es quien dice que la Constitución sin reelección ha funcionado a la perfección tanto en Santa Fe como en Mendoza.
A diferencia de la Casa Gris el radical tiene que gobernar una ciudad sin los conflictos que tiene la provincia (o en todo caso, con conflictos de una proporción diferente: los peronistas se unieron y le arrebataron el dominio del Concejo, por ejemplo, pero con menor capacidad de daño a la que era esperable). Lifschitz en cambio juega a las apuestas casi a diario. Hoy, casi seguro –confían en su entorno- logre cerrar o quede muy cerca de hacerlo una recomposición salarial en el marco de la paritaria en curso con los gremios centrales de la administración pública (Ucpn y ATE) pero desairando deliberadamente a los docentes a quienes, como ayer adelantó este diario, no les hará una nueva oferta mientras estén de paro.
El gobernador y sus ministros de Educación, Claudia Balagué, y de Trabajo, Julio Genesini, han decidido a no dejarse arrastrar a la interna bonaerense entre la gobernadora María Eugenia Vidal y el PJ de esa provincia, en la persona del líder docente Roberto Baradel. La pelea bonaerense es la que justifica el paro nacional pero es una injusticia manifiesta que los chicos santafesinos no tengan clases cuando los docentes están sentados en la paritaria con el gobierno provincial, dicen y con razón, en la Casa Gris.
La apuesta es audaz. Si los docentes, como es esperar, sobreactúan más de la cuenta su reacción, Balagué ya tendría listas las planillas para redoblar la apuesta: descontar los días de paro.

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