Opinión
Lunes 17 de Abril de 2017

1987: Santa Fe, refugio de la democracia

Momento histórico. La Semana Santa de 1987 fue un momento clave para la consolidación de la institucionalidad argentina recuperada en 1983. La dirigencia política y el pueblo en las calles estuvieron a la altura del desafío.

Supongo que todos, o casi todos, saben que Pascua quiere decir "paso". Es una de las fechas más preciosas de la tradición judeocristiana y como ninguna representa lisa y llanamente la libertad. No es necesario ser religioso o practicante para comprender el sentido profundo de una conmemoración que desde hace más de 5.700 años (judíos) y más de 2.000 (cristianos) no deja indiferente a casi ningún rincón del planeta.

El "Pesaj" como le llaman los judíos, de donde viene nuestra expresión "Pascua", refiere a un paso. El paso de la esclavitud a la libertad. El pueblo hebreo guiado por Moisés que logra deshacerse de la esclavitud egipcia y, milagro de la apertura de las aguas mar Rojo mediante, avanzar hacia una vida sin cadenas.

Es por ello que las Pascuas, así en plural como les dicen los españoles (no sé por qué) sean sinónimo de alegría. ¡¿Qué puede hacer más feliz a un pueblo que dejar de ser esclavo para pasar a ser libre?! Esta expresión puede leerse desde todas las ópticas que se quiera, no sólo religiosa. En rigor, las grandes revoluciones y las teorías —desde las más complejas a las más simples y desde las más sensatas hasta las más estrafalarias— se han basado de un modo u otro en alguna variante de esta formulación

Quizás el plural que usan los españoles ("tío, que su cara era unas pascuas", dicen para referir a alguien que está contento) se deba a que la Pascua cristiana es una versión remixada de la misma pascua judía que también representa exactamente la misma simbología: el paso de Jesús de la muerte a la vida. Con la resurrección del Hijo de Dios se cumplía la promesa divina de que la humanidad tendría, pese a toda la maldad que hubiere sido capaz de crear por sí sola, una salvación posible.

Por eso que desde el Medioevo a esta parte hayan confrontado judíos y cristianos como enemigos es uno de los disparates siderales más incomprensibles de la historia humana. Jesús de Nazaret, hijo de María y José, fue judío desde que nació hasta que murió. Y nunca renegó de tal condición. Tanto es así que, incluso la última cena, su muerte, su crucifixión, etcétera (es decir, toda la liturgia cristiana aggiornada por Elena, la madre de Constantino) fueron por él aceptadas voluntariamente, según las Escrituras (tanto el Viejo como Nuevo Testamento) para comportarse como un judío digno de tal.

¿No es ilógico que una religión que tiene como máximo ejemplo a imitar a un judío considerándolo nada menos que el hijo de Dios que bajó a la tierra, haya promovido durante tantos años —y aún haya quienes lo hacen— el odio a los judíos? Ello llegó a extremos culturales profundos.

En Entre Ríos, por ejemplo, cuando alguien se burla (o somete a otro a lo que hoy sería una especie de bullying ligth) se usa la expresión "judear". Cuando un entrerriano dice lo "están judeando" lo hace con naturalidad, sin darse cuenta de lo descalificatorio de su expresión y lo hace, casi siempre, sin pretender ofender a un judío.

La religión musulmana tiene en Moisés y en Jesús a dos de sus principales profetas. Por ende, sus enseñanzas —dicho al pasar y para quienes no somos expertos— mal podrían ir en contra de sus enseñanzas.

De manera que asumirse antisemita en el mundo actual equivale a una declaración de estupidez supina que deberíamos evitar aunque sea a título personal.

Traigo a colación estas reflexiones a propósito de tres cuestiones. Ayer se celebró Pascua. Se cumplieron treinta años de aquella de 1987 cuando un grupo de militares que desde entonces se conocerían como carapintadas se alzó contra el poder constitucional que representaba el gobierno del presidente Raúl Alfonsín, atrincherándose en Campo de Mayo y la democracia recuperada apenas poco más de tres años antes. Y porque en la edición de ayer de este diario el colega Walter Palena escribió una nota que nadie debería dejar de leer. E incluso aconsejaría a los maestros, si es que vuelven a las aulas algún día, que se la hicieran leer a sus alumnos en lugar de adoctrinarlos con dibujos violentos de mera coyuntura pero sin dudas dañinos.

Quiso la coincidencia que el lunes pasado a la noche coincidiera en un evento realizado en la Casa de Santa Fe en Buenos Aires con el ex gobernador santafesino José María Vernet. Hacía décadas que no nos veíamos. Vernet gobernó la provincia entre 1983 y 1987. Es decir, durante aquella asonada, a su mandato le quedaban pocos meses.

No tengo presentes las fechas pero supongo que Víctor Reviglio ya le habría ganado la sucesión al radical, Luis Changui Cáceres y el peronismo tenía cuatro años más de gobierno provincial asegurados. A Alfonsín —entonces el mandato presidencial era de seis años— le restaban dos años y medio.

Lo importante está todo dicho en la nota de Palena. Que, insisto, recomiendo leer. Incluso la demostración de cómo la dirigencia política —y no sólo la ciudadanía que en defensa de la democracia llenó las calles y en la foto que ilustra la nota el Monumento a la Bandera— estuvo a la altura de las circunstancias. Allí se los ve a Vernet hablando rodeado por Reviglio, Cáceres y Guillermo Estévez Boero, entre otros.

Ese muro sin fisuras fue nuestra Pascua política, si se me permite la licencia. Como simultáneamente por esas horas lo era desde el balcón de la Rosada, Alfonsín, rodeado de Antonio Cafiero e Italo Argentino Luder, entre otras figuras consulares de la política del momento.

Bastaría repasar, y aconsejo hacerlo incluso a los docentes con sus alumnos porque se encuentran algunos fragmentos en internet, los programas de televisión anteriores a 1982 para advertir cómo en la sociedad argentina de tres cuartos del siglo veinte la democracia era una palabra absolutamente desprestigiada. Peor, diría, de lo que hoy es decir "judear" sin darse cuenta; porque entonces lo que se enfatizaba era su sino negativo del sistema. La democracia era lo peor que nos podría pasar y los más prestigiosos periodistas así lo decían. Era sinónimo de desorden, de caos.

Ello cambió con la docencia que Alfonsín haría enseñando a los argentinos, parafraseando a Winston Churchill, de que era "la peor forma de gobierno excepto todas las demás".

"Con la democracia, se come, se educa y se cura", diría linealmente y, nosotros, tan ignorantes en la materia, lo tomamos literalmente. Hablaba de que democracia permitía crear mejores condiciones de igualdad para ello pero primero teníamos que tener democracia y llevábamos más de cincuenta años sin que un gobierno civil no fuera eyectado de la Rosada por uniformados.

Como bien dice Palena en su nota de ayer, el domingo de Pascua de 1987, Vernet decretó la emergencia constitucional en todo el territorio provincial. El gobernador era peronista y el presidente radical (que, encima, había acusado a las cúpulas gremiales —hoy otra vez puestas en tela juicio— de ser socias de los dictadores y su competidor Luder aceptaría la autoamnistía de éstos) y sin embargo lo llamó y creo un santuario en la provincia de Santa Fe.

Me lo contó así el lunes. Dice que Alfonsín se sintió sorprendido y quizás hasta con algo de desconfianza. "Señor presidente, he ordenado al Segundo Cuerpo del Ejército, que se mantiene leal, cuyos efectivos están en la provincia y a todas las fuerzas blindar las fronteras santafesinas. De modo que si fuera necesario evacuar al gobierno nacional hacia Santa Fe estamos dispuestos a hacerlo. Tenemos varias alternativas ya estudiadas".

La situación era de extrema tensión, el líder radical santafesino Changui Cáceres me contó que en la Casa Rosada se caminaba entre bolsas de arena y efectivos armados apostados dispuestos a repeler ataques y que Alfonsín estaba aterrado de que muriera un solo argentino. Sabía que aunque se derrotara a los sediciosos el retroceso político habría sido de gravedad capital. Admito que me quedó la duda acerca de si el general Alais marchó efectivamente a Campo de Mayo o tan solo hasta el límite de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe.

Alfonsín, cuya obsesión era evitar un derramamiento de sangre que habría certificado por mucho tiempo más que la democracia como sistema no servía, felizmente pudo dar las Felices Pascuas y decir que "la casa está en orden, no hay sangre en la Argentina".

Pero antes le había dicho a Vernet una frase que a éste todavía lo divierte: "Espero no tener que cruzar el arroyo del Medio en esta Pascua, el papel de Moisés sí que me queda grande".

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