Ovación
Viernes 25 de Noviembre de 2016

Opinión: Lo que falta son los buenos gestos

Muchos estudios se han realizado en torno a los gestos, pero si en algo coinciden es en el importante caudal de información que contiene la comunicación gestual. Y allí ya se ingresa en un terreno infinito que todavía siguen estudiando, a tal punto que existen intérpretes que decodifican gestos para corroborar la veracidad de lo que se señala con palabras.

Muchos estudios se han realizado en torno a los gestos, pero si en algo coinciden es en el importante caudal de información que contiene la comunicación gestual. Y allí ya se ingresa en un terreno infinito que todavía siguen estudiando, a tal punto que existen intérpretes que decodifican gestos para corroborar la veracidad de lo que se señala con palabras. Pero en el fútbol en particular, y el deporte en general, no se necesita tanto conocimiento para comprender el lenguaje gestual de los jugadores y demás componentes. Es justamente por ello que en el afán de ocultar lo que hablan, se tapan la boca para no quedar registrados por las cámaras de la televisión. Ahora cuando quieren transmitir sin misterios, utilizan el movimiento corporal con una claridad meridiana para que no haya ningún error de interpretación.

Así ocurrió con Teo Gutiérrez el domingo. Un capítulo más de una extensa saga que tuvo a tantos actores como la memoria sea capaz de recordar. Desde el inolvidable Angelito Labruna cuando en su condición de DT de River se tapaba la nariz en cancha de Boca, hasta la gallinita de Tevez en el Monumental. E incluso descubriendo en ese recorrido a quienes hoy en un rol de analistas omiten aludir a su comportamiento cuando estuvieron dentro de una cancha. Como Diego Latorre, quien también se tapaba la nariz con la camiseta de Racing cuando jugaba en La Bombonera, pese a haber sido xeneize. Por eso, entre Teo y Latorre la única diferencia es el tiempo.

Pero sin el propósito de plantear un ensayo sociológico de los gestos, vale reflexionar sobre los contrapuntos que genera una acción de estas características, que se masifica y trasciende porque el fútbol constituye una pasión, y de sus debates surgen elementos que reflejan aspectos culturales de una sociedad a la que le cuesta mirarse por miedo a que no le agrade lo que vea. Como así la resistencia a cambiar, aunque declame y exija cambios.

No se trata de la crucifixión para los futbolistas que escribieron la historia de los gestos indebidos, como tampoco su absolución. Sólo se trata de que cumplan con el castigo estipulado en el reglamento, sin tantos pero ni por qué.

Lo primero que aparece en la superficie es esa ecuación entre la justificación y la compensación, la que persigue soslayar el cumplimiento de las normas. Justificar un comportamiento indebido propio en las malas acciones ajenas no lo exime de la responsabilidad. Porque lo que se intenta es relativizar la regla, pero no por su esencia, sino por conveniencia. Porque es consuetudinario que cuando el infractor es el otro se da rienda suelta a los reproches y se pide un castigo ejemplar a la usanza de un ortodoxo en cumplimientos reglamentarios y/o constitucionales. Es una constante: exagerar lo de los otros y minimizar lo de uno.

Alguna vez al periodista Bernardo Neustadt no le tembló ni la voz cuando consideró positiva la gestión de un presidente “porque roba pero hace”, dijo. Lo indispensable es que se haga sin robar. Porque hacer es un deber y robar un delito.

Por esos límites difusos en el cumplimiento de las normas, tan difusos como los criterios de quienes tienen que controlar y penar las transgresiones, es que la justificación muta en compensación. “Si aquel que hizo un gesto parecido no fue castigado tampoco deben hacerlo ahora”, es un análisis recurrente para escapar de la incomodidad que el hecho le generó al partidario. Un comportamiento cotidiano en la vida misma. Y mientras se justifica y compensa, se configura un patrón cultural que se hace predominante, donde el transgresor es pícaro y el disciplinado zonzo. Y como esto es transversal, por usos y costumbres la sociedad convirtió en hábito lo indebido y en extraordinario lo correcto. Por eso, así en el fútbol como en otros ámbitos, hay un comportamiento culturalmente incorrecto, y con serias dificultades para corregirlo. Porque los códigos reemplazaron a los valores. Y porque lo que falta para mejorar el fútbol y el día a día son los buenos gestos.

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