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Martes 28 de Junio de 2011

Opinión: Perder

El momento en que uno clava los pies en el fondo del pantano es horrendo, pero en ese instante desesperado en que parece imposible ir más abajo hay algo redentor, porque es ahí, tragando greda y sin ver nada, cuando se descubre que para  salir hay que hacer algo, que  tiene que ser distinto a lo que se venía haciendo.  

El momento en que uno clava los pies en el fondo del pantano es horrendo, pero en ese instante desesperado en que parece imposible ir más abajo hay algo redentor, porque es ahí, tragando greda y sin ver nada, cuando se descubre que para  salir hay que hacer algo, que  tiene que ser distinto a lo que se venía haciendo.  

Mirando en tiempo real los destrozos en el Monumental se me ocurría que atribuirle la culpa de esa especie de locura parricida a los tres o cuatro centenares de hinchas que la protagonizaban era justo aunque insuficiente para entender las cosas. No es que la culpa no sea de ellos, otros 50 mil igual de derrotados se fueron sin hacer escándalo y con su angustia a cuestas, por lo que sería bárbaro que el poder disciplinario del Estado les caiga con todo. Pero el clima cultural que produce la frustración y sus expresiones más exaltadas es una creación colectiva. 

Por supuesto que lo que da una resonancia única al caso River es la formidable carga de novedad de que el equipo más ganador de la historia de AFA baje por primera vez de categoría.  Pero el fondo del pozo no es el descenso sino lo que hace al descenso insoportable. Y a esa criatura la acunamos, la alimentamos y la hacemos crecer entre muchos cuando tratamos a la derrota no como un evento propio de una contienda deportiva sino como un déficit de orden moral, como un producto distintivo de la intencionalidad siempre perversa de una minoría, como algo anómalo que debe ser extirpado a cualquier precio.

En River hubo actos espantosos. Con la gestión de José María Aguilar lo único que quedó de millonario fue el pasivo del club, producto de un tipo que puso a la barra brava como garante  de su estabilidad, que cambió latas de pintura por porcentajes de jugadores, que rifó las inferiores y se comió los ingresos por transferencia de los mejores futbolistas.  Pero uno no intentaba hablar de las concretas culpas de los otros sino de las que están más cerca de uno. Porque no todo se explica exclusivamente con los desmanejos institucionales, como se burlaba hace algún tiempo la revista Barcelona de los dueños de vehículos destrozados por  una pedrada,  que  cantaban “no fue el granizo, ni el chaparrón, a nuestros autos los rompió la corrupción”.

Algo tan nocivo como la corrupción, que existe, es la imposibilidad de admitir el modo en que las cosas han ido cambiado para no ser más como antes. En este sentido el discurso de una franja predominante del periodismo deportivo atrasa unas tres décadas.  Se acepta que el nivel competitivo de los equipos se ha emparejado, pero hay una incapacidad palmaria de aceptar cómo eso se traduce en resultados. No todos juegan igual. Pero ni a los mejores, ni a los más hábiles, ni a los que tienen más historia esos atributos les alcanzan para imponerse.

En el Mundial 82 Argelia le ganó a Alemania 2 a 1 y para eliminar al equipo africano los alemanes pactaron un empate escandaloso con Austria. En la inauguración de Italia 90 Argentina perdió con Camerún. En la de Japón-Corea 2002 Francia cayó con Senegal. En un Mundial cualquier gran equipo puede quedar eliminado en primera ronda. Y en un torneo de AFA cualquier grande o histórico puede quedar en condición de ser sorpresa. No se trata de decir si es o no un fracaso, sino de registrar que todo esto dejó de ser inconcebible para instalarse como posibilidad concreta y creciente.

River y Boca se dieron cuenta de ese fenómeno hace bastante y por eso inventaron e impusieron el cómputo del promedio. Hasta este año sólo tres equipos nunca salieron de la A. En este último torneo Boca bordeó las últimas posiciones, Independiente le escapó a la promoción y River se fue a la B. 

Es un signo de época que ya tiene bastante tiempo. Equipos considerados chicos como Argentinos, Banfield y Lanús se coronaron recientemente. River se encontrará en la B con otrora campeones como Rosario Central, Huracán, Ferro, Chacarita y Quilmes. Que River baje a la B es una novedad impresionante, sin parangón y tiene lógica que provoque semejante estruendo. Pero hay que inscribir que una situación así ingresó plenamente en el marco también lógico de las probabilidades deportivas. Y que, aunque esto contribuya a ese resultado, no sólo es consecuencia de las malas gestiones o la corruptela.

¿Y por qué hacer esto? Para invitar a moderar, al menos, las proclamas apocalípticas que son las que instalan la idea de que la derrota no puede ser o no debe ser. No. La derrota es una contingencia de la competencia. Y, aunque a nivel informativo sea un dato portentoso, River en la B Nacional prueba que ya no hay nadie que esté exento de ella. Que esa franja del periodismo deportivo que organiza una moral de los resultados registre esto puede servir para atenuar en algo la violencia. Porque los violentos, aunque esto no los disculpa, también reaccionan en el marco de una atmósfera cultural que predispone a no tolerar ni entender los reveses deportivos. 

Esto no significa posar de racional y presumir que no pasa nada. Uno habla desde el terreno del insomnio, con el cuerpo agarrotado, la garganta reseca, los ojos enrojecidos y esperando años de cargadas. La derrota, claro, duele como un bayonetazo, y  esta es la mayor que un hincha puede paladear. Pero hay que ponerle un límite a lo de la bandera manchada, la historia mancillada y las metáforas fúnebres. River no deja de ser River y no pierde su grandeza. Pero se fue a la B porque lo mereció deportivamente. Es el tiempo de instalar a la derrota en su lugar de posibilidad. Y empezar a vivir aceptando, porque es una evidencia, que todos podemos ser débiles. No es para pedir compasión sino solamente para estar a tono con la época.   

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