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Martes 03 de Junio de 2008

Ombligo

El país entero está sumido en el conflicto. No se escapa nada ni nadie. Todos tienen posición tomada en la pelea que enfrenta al gobierno con los hombres de campo. Y los efectos de la dura puja golpean también a todos. Pero a algunos mucho más que a otros. A los pobres. Ellos son las principales víctimas de la inflación y el desabastecimiento.

El país entero está sumido en el conflicto.

No se escapa nada ni nadie. Todos tienen posición tomada en la pelea que enfrenta al gobierno con los hombres de campo. Y los efectos de la dura puja golpean también a todos. Pero a algunos mucho más que a otros. A los pobres. Ellos son las principales víctimas de la inflación y el desabastecimiento. Ellos no tienen espalda para aguantar.

Es hora de salir del embudo por arriba.

La grave polarización que se vive tiene fundamentos: lamentablemente, no ha quedado otra alternativa que optar entre las partes en pugna. Pero la razón concreta del choque no merece ocupar el lugar protagónico que le ha dado la rigidez de unos y la voracidad de otros.

El Estado puede encontrar recetas más inteligentes para recaudar.

El campo tiene derecho a discrepancia, queja, enojo y réplica, pero no al lock out salvaje.

No hace falta una dosis desmesurada de perspicacia para descubrir prácticamente en cada rincón de la Argentina los signos de la miseria.

Años y años de devastación económica y corrupción política han dibujado sobre el mapa de la Nación la cara del desastre.

La reactivación que se vive, innegable a esta altura, ha mejorado las cosas pero hace falta que mejoren mucho más.

¿Cuántos son los que a duras penas pueden comprar útiles para que sus hijos vayan a la escuela, cuántos los que esperan largos días para conseguir turno con un médico, cuántos los que jamás pueden salir de vacaciones, cuántos los que sólo llenan el plato con los alimentos más baratos y casi nunca ven un trozo de carne, cuántos los que pierden los dientes porque nunca vieron a un dentista?

¿O acaso no se lo ve?

Y si se lo ve, ¿acaso no importa?

No se puede perder de vista el núcleo del drama social.

Ya es hora de dejar de mirarse el ombligo.

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