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Miércoles 29 de Junio de 2011

Ojalá me equivoque

La única verdad es la realidad y como tal, es irrefutable. River Plate descendió al Torneo Nacional B tras un cúmulo de errores institucionales y deportivos que se fueron sucediendo en el último lustro y de los cuales son culpables las últimas dos comisiones directivas del club, al menos los últimos cinco directores técnicos y medio centenar de jugadores que conformaron planteles que nunca fueron equipos.

La única verdad es la realidad y como tal, es irrefutable. River Plate descendió al Torneo Nacional B tras un cúmulo de errores institucionales y deportivos que se fueron sucediendo en el último lustro y de los cuales son culpables las últimas dos comisiones directivas del club, al menos los últimos cinco directores técnicos y medio centenar de jugadores que conformaron planteles que nunca fueron equipos.

Ninguno de los nombrados estuvo a la altura de las circunstancias. Pensaron que la historia, la camiseta y el estadio eran suficientes elementos de peso para llevarse el mundo por delante, salir airosos y evitar lo que finalmente ocurrió. Nunca se miraron a si mismos para autocriticarse, nunca percibieron que los nubarrones cubrían el futuro mucho antes del último domingo (quizás el destino se marcó tras el pobrísimo e injusto empate con Olimpo en Bahía Blanca), nunca entendieron la realidad que estaban viviendo ni mostraron intenciones de cambiarla. Y en ese marco, con la verdad consumada, empiezan a dar señales que, lejos de mostrar arrepentimientos, (¿sorpresivamente?) avizoran un futuro por demás de complejo.

Daniel Passarella, aquel “Gran Capitán” de River y la Selección, parece no dejar de lado la soberbia ni aún en este vergonzoso presente en el cual debería dar un paso al costado. No es lo mismo ser un gran jugador o un mediocre director técnico que un exitoso dirigente. Uno debe reconocer sus límites y, desde lo suyo, desde lo que uno sabe hacer, sólo aportar para que entre todos los que quieren ver a River nuevamente en la élite del fútbol argentino, se pueda empezar a torcer la realidad. En ese sentido, la designación de Matías Almeyda como técnico del plantel que afrontará el torneo de ascenso es un gravísimo error. Nadie puede quitarle méritos al “Pelado”, hombre de la cantera millonaria que supo de numerosos éxitos, que volvió a ponerse los cortos después de dejar el profesionalismo porque no podía vivir sin el fútbol, que fue el único estandarte de River en los últimos partidos en la categoría. Pero por más amor que Almeyda tenga por la camiseta de River debe saber que se enfrenta a una realidad totalmente desconocida por él y los dirigentes “millonarios”.

Trepar un cerro, recorrer un inhóspito camino, surcar las aguas de un río desconocido requieren de la ayuda de un baquiano y de un grupo que sepa de que se trata la aventura. De gente que conozca la geografía a atravesar, que sepa de las mañas de la naturaleza a enfrentar, que maneje las herramientas útiles para alcanzar el objetivo. Y el “Pelado” no cuenta con esos avales. Recién dará sus primeros pasos como DT y encima en un mundo que no es el suyo. En un mundo en el cual deberá mirar la cima que querrá alcanzar sin descuidar el precipicio que tiene debajo por el sistema de promedios. No le alcanzará su pasado glorioso como jugador, el nombre de la institución a la que representa ni el inmenso estadio en el cual recibirá a rivales que jamás pensaron en pisarlo. Necesitará mucho más que eso y el temor, mi temor, es que la realidad lo fagocitará rápidamente. Para muestra de eso sólo basta mirar lo que pasó en esta ciudad en el último año. Ojalá me equivoque.

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