Edición Impresa
Sábado 17 de Octubre de 2009

Nostalgias

Nostalgia. De la década del ochenta, cuando me sentaba con un libro en los bares, encendía un cigarrillo y pedía una ginebra con hielo. De tu cuerpo flexible y tibio en la madrugada de un día de verano perdido definitivamente en el tiempo. De la luz matinal frente al mar en una playa desierta de la Patagonia. De las ilusiones políticas.

Nostalgia.
De la década del ochenta, cuando me sentaba con un libro en los bares, encendía un cigarrillo y pedía una ginebra con hielo.
De tu cuerpo flexible y tibio en la madrugada de un día de verano perdido definitivamente en el tiempo.
De la luz matinal frente al mar en una playa desierta de la Patagonia.
De las ilusiones políticas.
De tu boca mojada y tus manos en las mías explicándome en silencio el significado del amor.
De los discos girando en el Ken Brown. Especialmente el Álbum Blanco o el lado B de Abbey Road.
De los amigos incondicionales, las chicas con permanente y los eternos debates sobre Lenin, el Che, Perón, Foucault o Spinetta.
De la noción de futuro.
De una casa en las sierras cordobesas con una galería sombría que daba a la montaña.
De tus pies en sandalias rojas.
De los largos partidos de truco en la mesa de un boliche desastroso, de los dados que rodaban sin pausa hasta el amanecer y los familiares de salame y queso, varias capas, manteca, un ají en vinagre al medio. Todo en el mismo boliche desastroso.
Del 200. Del 54. Del 210. Del 6.
De los alfajores Suchard. Del Marlboro fumado a medias después del sexo, del cine Imperial los domingos a la tarde, sobre todo cuando llovía.
Del viejo Savoy. De Saudades, el antiguo Cairo, la anterior Buena Medida, el Chaco, el Albatros y el Rafa.
De las discusiones filosóficas. De las discusiones literarias. De las discusiones teatrales. De las discusiones sexuales. De las discusiones.
Del salón de la Biblioteca Argentina donde leía a Paul Eluard y donde me enamoré de una pelirroja a quien nunca le dije nada.
Del balcón de una casa de calle La Paz. De un banco de la plaza López donde me sentaba a esperarte.
De una avenida de Colonia, Uruguay, donde una noche caminamos de la mano.
De la esperanza de que volverás (la he perdido). De la fe en que una tarde levantarás el teléfono y marcarás mi número (también la he perdido).
De las navidades de mi infancia, cuando los adornitos todavía se rompían al caer al suelo.
De las heladerías con pocos gustos y las pizzerías con pocas variedades, del vino blanco malo de las peñas universitarias.
De cuando me dijiste “y ahora vos me vas a descubrir a mí, y yo te voy a descubrir a vos”. No importa que no fuera cierto.
De la verdad. Ya no la tengo. Y como me pasa con tu cuerpo, tampoco sé dónde está.

Comentarios