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Sábado 14 de Septiembre de 2013

Nostalgias del absoluto

El anhelo del pensamiento único y la existencia de una sola verdad.

El filósofo y crítico literario francés George Steiner acuñó hace mucho tiempo una interesante frase con la que tituló uno de sus libros: "Nostalgias del absoluto". Luego, también fue empleada por otros autores para titular artículos periodísticos y hasta libros de psicoanálisis, porque resume una de las tendencias de los seres humanos: el anhelo del absoluto, es decir, el pensamiento acerca de la existencia de una única verdad válida que excluye a otras ideas posibles.

Esto es tal vez lo que sucede en distintos conflictos, armados o sólo políticos, a lo largo de la vasta geografía del planeta. La imposibilidad de un pensamiento reflexivo, autocrítico, está íntimamente relacionada con la aparición del fanatismo, sea religioso o secular, no importa el grado de civilización de la sociedad.

Esta semana la televisión británica, a través de la BBC, produjo un impactante informe periodístico en Siria. Un equipo del canal se introdujo en el interior del país y cubrió durante varios días lo que estaba ocurriendo en una pequeña localidad que había caído bajo la órbita de los rebeldes, mayormente grupos islámicos radicales.

La ciudad había sufrido un ataque aéreo de la aviación del presidente Bashar Al Assad, un régimen dictatorial pero no confesional. Un complejo de edificios había sido demolido por las bombas y se mostraba el drama de la gente tratando de rescatar de entre los escombros a sus familiares. Cuando estaban en plena tarea, otra vez comenzó el fuego aéreo o de la artillería que así produjo más víctimas, en una carnicería inentendible: no sólo se había producido una matanza de civiles que estaban en sus casas, sino que los que habían sobrevivido y ayudaban en las tareas de salvamento también eran blancos y sufrían las consecuencias.

En la misma ciudad donde se filmaba esta barbarie ocurría otra, pero esta vez a manos de los rebeldes, que ejercían el control civil. Una vez terminada la "cacería" de cualquier potencial adepto al régimen de Assad, se anuló el sistema judicial vigente y comenzaron a regir los tribunales en base a la "Sharia", leyes basadas en los preceptos musulmanes. Los jueces y abogados habían desaparecido y el derecho a la defensa de los acusados dejó de existir por completo.

Las cámaras de la TV de Londres registraron un juicio sumario a un grupo de jóvenes que había robado un automóvil, aparentemente para escapar de los bombardeos. Una persona con vestimenta religiosa y sin formación alguna en derecho cumplía las funciones de magistrado. Tras escuchar unos minutos la negativa de los imputados de haber cometido delito alguno, los condenó igual a entre 40 y 50 latigazos en una plaza pública.

Entrevistado por los periodistas ingleses, el que hacía las veces de juez aclaró que la pena había sido bastante menor porque el país estaba viviendo un momento de excepción.

Los muchachos sirios condenados al látigo con cadenas tuvieron mucha suerte, porque si se hubiera aplicado con dureza la "Sharia" podrían haber sido sentenciados a muerte o a la amputación de una mano.

Mientras tanto, la filmación mostraba a un grupo de civiles sirios con pancartas exigiendo el regreso del sistema legal de justicia y la eliminación de esa especie de tribunales populares inapelables. No se supo qué suerte corrieron.

El informe de la BBC expuso con claridad la brutalidad de ambos bandos en una guerra civil que tiene su esencia en el pensamiento absoluto, único, con ingredientes religiosos y políticos adicionales.

En Argentina. Muy lejos de la anarquía y el terrible genocidio sirio, en nuestro país se observa con preocupación un creciente fenómeno de un fuerte enfrentamiento social derivado no ya de una guerra civil sino de posiciones políticas irreconciliables. Familias que no pueden hablar de política porque la discusión se torna violenta, amigos que ya no se reúnen porque se encuentran en las antípodas del pensamiento y hasta bloqueos de amistad en las redes sociales, donde todo fluye con menor compromiso y responsabilidad. Además, medios y hombres de la comunicación se han enrolado en rígidos pensamientos, de uno y otro lado, y han abandonado la necesaria prescindencia del periodismo, que los ha llevado a una deformación ética y profesional nunca vista.

Este cuadro se vio con claridad en una de las campañas publicitarias de las elecciones primarias de agosto pasado. El país se dividía en "Argen" y "Tina", irreconciliables hasta en el seno familiar.

Los que vivieron la época de "Braden o Perón" en 1945/46, cuando la sociedad se dividió entre la influencia y lobby del embajador norteamericano en Buenos Aires y el ascenso político del presidente argentino, no recuerdan algo similar desde entonces.

Desde el retorno de la democracia, en 1983, no se ha visto este nivel de pensamiento único. El gobierno le endilga a la oposición todos los males del país. Pero ahora, perdidas las elecciones, avanza en decisiones políticas que jamás hubiera tomado si el resultado electoral hubiese sido otro. ¿No hay nada, absolutamente ningún aspecto del que el kirchnerismo tenga que hacer autocrítica de sus políticas durante la última década? ¿Todo lo que ha propuesto es imposible de ser revisado, cambiado o mejorado? ¿Ceder va en contra del anhelo del absoluto y la única verdad?

Desde la oposición la cosa no está mejor. El nivel de intolerancia a la figura presidencial y al gobierno es llamativo y se tiene la sensación de que va mucho más allá de una mera discrepancia con las políticas o acciones oficiales.

Se podría trazar un paralelo con las pasiones que generó otro presidente democrático, como Carlos Menem. Mientras gobernaba corría con una Ferrari a 250 kilómetros por hora por la ruta, hacía fiestas privadas con vedettes, echó a su mujer de la residencia presidencial de Olivos y dejó al país con 24 por ciento de desocupación y con la industria nacional arrasada. Además, las denuncias de corrupción eran iguales o peores a las que recibe este gobierno. Los escándalos de pagos de sobornos en los casos Siemens-DNI ó IBM-Banco Nación durante el menemismo, comprobados judicialmente, marcaron a ese gobierno.

Si bien Menem se fue con un repudio generalizado, no pareció haber alcanzado durante su gobierno los márgenes de intolerancia que genera el actual en amplios sectores de la población. ¿Por qué? ¿Es una cuestión de género?, ¿de políticas de Estado? ¿Menem fue más tolerado porque encarnaba el ideal del hombre argentino, con plata, mujeres y poder?

El peronismo. Los gobiernos de Menem y Cristina pertenecen al peronismo pero con políticas muy diferenciadas, lo que demuestra que es el único movimiento capaz de ser funcional a distintos sectores del país y a perdurar a través de los años pese a sus profundas contradicciones ideológicas.

Desde la militancia oficialista se argumenta que son las políticas de Estado del kirchnerismo que, sostienen, se ha atrevido a enfrentar a grupos de poder intocables por generaciones y distribuir mejor la renta nacional, lo que promueve la reacción.

Los que detestan al gobierno afirman que Cristina tiene un carácter autoritario y es inexplicable el crecimiento económico de los que están cerca del poder, entre otros cuestionamientos de diversas características.

Las argumentaciones de los dos grupos enfrentados pueden resultar parcialmente falaces o verdaderas, pero lo que subyace es la imposibilidad de una reflexión profunda cuando el tema se aborda con una pasión irrefrenable.

Tanto el improvisado juez sirio que condena a latigazos o los bombardeos de Assad, como el pensamiento político en la Argentina amalgamado en la única verdad -y no hay otra posible ni tolerable-, constituyen tal vez la búsqueda de ese absoluto, que cuando no se consigue genera nostalgias y su correlato de enfrentamientos y acciones violentas.

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