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Sábado 04 de Julio de 2009

Noches de gripe A

¿Quién podía pensar, hasta hace poco, que Rosario se iba a convertir casi en una ciudad fantasma por culpa de una epidemia?  

He recorrido la ciudad en las circunstancias más extrañas y tremendas.
Anduve por las calles cuando las tanquetas del ejército recorrían la noche de la peatonal Córdoba en los trágicos saqueos del 89.
Del brazo con amigos, compañeros, conocidos y desconocidos, todos unidos por el fervor democrático, caminé Rosario en los dramáticos días de Semana Santa del 87, cuando los fascistas querían imponer su ley a mano armada.
Y también salí en el 2001, cuando la furia popular volvió a ganar la calle y la represión cayó sin piedad sobre la gente.
Pero también tengo imágenes horribles de la alegría masiva: el asco que me dieron los festejos del Mundial 78, cuando se aplaudía a los asesinos en la cancha de River, y el apoyo atroz a la guerra de Malvinas, manotazo de ahogado de la dictadura. ¡Vivaron a Galtieri! (Los pueblos también se equivocan, pregúntenles a los alemanes).
Sin embargo, lo que está ocurriendo ahora es inédito: ¿quién podía pensar, hasta hace poco, que Rosario se iba a convertir casi en una ciudad fantasma por culpa de una epidemia?
Pero las imágenes son reales, no son parte de un libro de ciencia ficción como podría ser aquella joya que se llama “El día de los trífidos”, de John Wyndham.
El viernes a la noche es un territorio que conozco bien. Pero la experiencia no me sirvió de nada el viernes pasado. ¿Quién podría creer que a las doce y media había solamente dos mesas ocupadas en El Cairo?
Todo estaba vacío.
El miedo lo llenaba todo.
Me quedé con una imagen resplandeciente: una parejita, sentada en una mesa en la calle en un lugar que habitualmente desborda de adolescentes, en San Lorenzo entre Mitre y Entre Ríos. Estaban ellos dos solos, cada uno con su trago, mirándose a los ojos y sonriendo.
Ellos no tenían miedo. Brillaban como una perla en la helada oscuridad.
Después, convencido de lo infructuoso de mi vagabundeo, tomé un taxi y fui a casa.

Yo también tengo miedo.

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