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Sábado 26 de Octubre de 2013

"No somos docentes para quemar libros"

María Sara Yema Córdoba fue una de las profesoras que, pese a la represión, preservó textos prohibidos.

Tras el golpe militar del 24 de marzo de 1976, desde el Ministerio de Educación de la Nación, encabezado por Ricardo Bruera, se gesta el "Operativo Claridad". La meta era disciplinar e identificar a los opositores a la dictadura mediante la "restauración de valores occidentales y cristianos, además de erradicar toda concepción ideológica que no fuera afín a esos contenidos". Las instrucciones del operativo, firmado por el entonces jefe del Estado Mayor del Ejército, Roberto Viola, perseguían a toda bibliografía calificada de marxista, además de señalar a los trabajadores de la educación que usaban esos textos.

"No me imaginaba a los alumnos y docentes en ronda, prendiendo un fósforo sobre la montonera de libros rociados con combustible", se espanta todavía María Sara Yema Córdoba, quien era profesora de Lengua en tiempos de la dictadura en la Escuela Secundaria Nº 251 Víctor Bibian Cué (Génova 3258), de Empalme Graneros. Era la orden que había llegado: quemar textos y manuales.

"Se trataba de libros de autores como José Hernández, Horacio Quiroga, Julio Cortázar, Mario Benedetti y Pablo Neruda, por citar unos pocos. También había libros de textos, entre ellos el de "Las edades moderna y cotemporánea", de Juan Bustinza y Gabriel Ribas (Kapelusz, 1973)", repasa sobre las obras insólitamente censuradas.

Recuerda que una de las bibliotecas la había armado con los alumnos y ayuda de la cooperadora. Por eso eran libros más apreciados. "Llegaron días difíciles, pero pensé en mi madre, quien nunca pudo ir a la escuela, que quería que yo fuera docente para enseñar, no para quemar libros. Era imposible hacer eso. Entonces con algunas maestras acordamos esconder los que pudiéramos en nuestras casas. En mi portafolios llevé libros a profesoras de otras escuelas. Era el año 1978, pero no tenía miedo", recuerda la docente.

Listas negras. Entre los textos prohibidos figuran: "El principito" (Saint-Exupéry), "Un elefante ocupa mucho espacio" (Elsa Bornemann), "Severino Di Giovanni. El idealista de la violencia" y "Los vengadores de la Patagonia trágica"(Osvaldo Bayer), "La torre de cubos" (Laura Devetach), "Pedagogía del oprimido (Paulo Freire),"Las venas abiertas de América latina" (Eduardo Galeano), "De Mitre a Roca" (Milcíades Peña), "La razón de mi vida" (Eva Perón), "La burguesía nacional en América latina" (Alberto Plá), "La Tía Julia y el Escribidor" (Mario Vargas Llosa) y "Operación Masacre" (Rodolfo Walsh), entre muchos otros.

"Años después —continúa su relato la profesora Yema Córdoba—, como revirtiendo aquella imagen de la fogata que nunca encendimos, nos dedicamos a conseguir libros para las escuelas que casi no tenían, formábamos una ronda como en una ceremonia, dejando los libros en el centro. Cada uno tomaba el que le gustaba, para compartir también con sus amigos. Fue gratificante. Transformamos la imagen del horror en una actividad que conjugaba libertad de elección, protagonismo e intercambio de opiniones. La actividad la hice hasta jubilarme, otros la continuaron".

Bibliotecas sagradas. María Sara nació en Casilda, cursó la primaria en un colegio religioso y la secundaria como pupila en Cruz Alta. Por ese entonces su madre estaba viuda, tenía 4 hermanos que veía cada 15 días. Eso explica que rescate el encuentro con una amiga de Arequito que la visitaba todos los fines de semana "con una bolsa de libros de una biblioteca".

"Las monjas nos dejaban leer todo, pero nunca podíamos ir a la hermosa biblioteca que tenían. Era un lugar sagrado, como un templo. Una vez una hermana me dejó pasar y me asombré. Como Borges, sentía que: «No entendería al paraíso sin libros»".

Tras graduarse volvió a Casilda y cursó el profesorado, hizo reemplazos y preparó alumnos. "Aprendí muchísimo por el contacto con los chicos", sostiene.

"Tenía 24 años y era reemplazante cuando se vivió una huelga de tres meses, entonces empecé participar en esa experiencia". Al radicarse en Rosario, trabajó en las Escuelas 258 y 251. También tomó horas en la 330 de Granadero Baigorria y en la 254 de Fray Luis Beltrán. "En la 251, hicimos proyectos como producir facturas y pizzas en un horno. Colaboró con nosotros la organización Fraternidad, con quienes trabajamos para fortalecer a esos chicos con problemas de alimentación. Pero claro, eso estaba contra la currícula formal del Ministerio", recuerda.

Supervisores. "En el 139796798576 —sigue con su relato — la situación se puso difícil. Tuvimos la suerte de que la directora de entonces, Estela Requena de Abecassis, nos apoyaba y respaldaba muchísimo. El clima de tensión se vivía en la escuela, a pesar de que no sabíamos bien qué pasaba".

"Una de las primeras señales llega con un supervisor, que rindió siete materias en una semana para tomar el cargo. Pidió los materiales de los profesores y preguntó por mí porque había escrito en uno de los trabajos la «propaganda como fin social». Le sonaba mal «propaganda y social». Se calmó al pedir los cuadernos a los alumnos. No dejábamos escrito nada que pudiera crear sospechas sino que anotaban, por ejemplo, sobre campañas para proteger árboles, pulmones de la ciudad. Pero en clase hablábamos con naturalidad".

Las clases demandaban otros desafíos, como atender las problemáticas de alumnos que pertenecían a distintas realidades. "Los chicos de la 251 en su mayoría venían del norte, de Chaco, Formosa, Misiones, Santiago. Sus padres llegaban por trabajo".

"Eran muy pensantes y callados, y al escribir creativos. En Lengua teníamos un ítem que era «Producción de mensajes». Era sospechoso, habían arrasado con la industria y nosotros hablábamos de producir para comunicar. Algo parecido a lo que pasa ahora en la Ciudad de Buenos Aires, donde quieren quitar horas de Historia y Geografía".

El orden impuesto. La profesora Yema Córdoba dice que si bien el retorno a la democracia significó un alivio, muchas prácticas propias de la dictadura se mantuvieron en los años posteriores a 1983. "En 1989 algunos pensaban como en dictadura. Proyectos de teatro, radio, niños bibliotecarios y trabajos sobre adicciones molestaban. No querían dejarnos trabajar. Por suerte, los alumnos se quejaron y los padres fueron al Ministerio para exigir que sigamos con esos trabajos", cita como ejemplos que les tocaron vivir. Hasta hubo un profesor, también abogado, que las apodó "Las locas de la 251".

Estos traspiés terminaron con denuncias a funcionarios por "persecución pedagógica", aportaron a que se cambiara de actitud la participación de la directora Abecassis y de José María Tessa (Amsafé).

María Sara se jubiló en 2001. Vive con su esposo, tiene 69 años y asegura que "sigue creciendo sin techo". "Estas experiencias ayudan a pensar que la escuela es el espacio democrático a preservar. Los chicos y los docentes son la escuela donde todos enseñamos y todos aprendemos", concluye.

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