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Sábado 08 de Septiembre de 2012

"No somos dioses, pero cuando alguien aprende es algo especial, no tiene precio"

La opinión es de José Petrocco, director de una Nocturna de Las Flores y maestro de la cárcel. "Este es mi amor", dice de sus clases y escuelas

La escuela está en la periferia de Rosario. Es de noche, apenas si hay luz en la calle. Para ingresar basta con golpear un poco y una portera llega a abrir. Al final del patio, en un recoveco de salones, que han mutado de aulas a lugar para tareas administrativas, funciona la dirección. José Petrocco está allí, es el director de la Nocturna Nº 65, también es maestro en la cárcel. Este año se jubila, es bueno conocer su experiencia. "Este es mi amor", dirá al final de la charla, mirando hacia los salones de clases y pensando en sus alumnos adultos. Antes comparte cómo y por qué eligió la docencia, ser maestro: "No somos dioses, somos seres humanos, pero la verdad es que cuando alguien aprende es un momento muy especial, uno siente que ha hecho algo que no tiene precio".

José Petrocco tiene 70 años, nació en Rosario, vivió parte de su infancia en el campo, y volvió a la ciudad porque su madre quería que estudiara en la Escuela Normal, que por entonces formaba maestros con el mismo secundario. "No estaba equivocada, era lo que me gustaba, tanto que cuando estudiaba allí ayudaba a los chicos del barrio con la tarea", dice José.

Y se recibió nomás en el Normal Nº 3. Pero antes de volcarse de lleno a su oficio trabajó como técnico químico (también estudió esta formación) en John Deere. Fue durante 15 años, hasta que la economía y el modelo de país de la dictadura lo "invitaron" a irse. "Colgué el título de técnico y me fui a trabajar de maestro, primero porque es lo que me gusta, y después porque llegué a la conclusión de que en una empresa privada podés ser el mejor del mundo, no faltar nunca, pero cuando no te necesitan más te dicen «chau» y se terminó. En cambio, en la escuela siempre habrá alguien que nos necesite".

Sentirse necesario. Eran los 80 y arrancó como reemplazante en la Escuela Nocturna Nº 22 de la zona sur de Rosario. "Había más adultos que adolescentes, ahora es al revés", describe sobre la realidad de las primarias que funcionan por la noche y reciben chicos desde los 15 años.

No pasó mucho para que se trasladara a la Nocturna Nº 65 Lisandro de la Torre que se acababa de abrir en la Primaria Nº 756 José María Serrano, de barrio Las Flores, en el límite con villa La Granada, la escuela de Pocho Lepratti. "Acá me titularicé como maestro y hace pocos años asumí como director. Siempre pensé en dar clases en algún lugar donde sentirme necesario", asegura.

Hay un rasgo que distingue a José: parece siempre de buen humor, con alegría, bautizado por ese permanente optimismo necesario para educar. Todo lo explica siempre desde la experiencia: "Una vez tuve una alumna, de unos 60 años, siempre preocupada porque no sabía dividir. Le propuse estudiar más las tablas, multiplicar y llegar a la división por el sentido inverso, pasaron dos noches, aprendió y me dijo: «Maestro, tanto tiempo, cómo puede ser que nunca pude aprender esto». Estaba feliz. Es entonces cuando uno siente una satisfacción muy grande. No somos dioses, somos humanos, pero cuando alguien aprende uno siente que ha hecho algo que no tiene precio".

Apenas un mes trabajó con chicos en una primaria diurna, y decididamente se queda con los alumnos adultos. "El alumno adulto a la escuela viene siempre a aprender. Aquí llegan adolescentes y gente de arriba de los 60, que recién están arrancando y vienen con tantas ganas", asegura el maestro.

La nocturna de Las Flores tiene tres aulas llamadas radiales, por funcionar en otros espacios: una está en un centro Crecer y da clases por la mañana, otra en una casita humilde de villa La Granada y trabaja por la tarde, y la tercera en un centro de jubilados, que comienza a enseñar al mediodía.

"Se acomodan a los horarios de los alumnos, y trabajan sin diferenciar en grados. Hay que ver las ganas que le ponen. Y ni hablar de todos los docentes: tienen un compromiso y responsabilidad enormes", destaca de lo que sus más de 30 años en el oficio de enseñar le permiten evaluar.

Transmisión. Hace unos años lo entrevistaron para la revista "El Monitor de la educación" del Ministerio de Educación de la Nación, que llega a todas las escuelas del país. "Me gustó hacer esa nota porque lo que quise transmitir a los que vienen es que esta es una tarea hermosa, como la de un médico cuando salva a alguien o trae una persona al mundo", recuerda.

Por eso dice que trata de que el quehacer burocrático no lo consuma cuando está en la escuela: "Contrariamente a lo que muchos creen, trabajamos también fuera de horario, en la casa, los fines de semana. De otra manera es imposible estar al frente o dictar clases".

Hace unos 15 años le ofrecieron hacer un reemplazo de pocos días en la escuela de la Unidad Penitenciaria Nº 3 de Rosario. "No me fui más. Enseño siempre en 7º grado y es una experiencia maravillosa. Nunca les pregunto a mis alumnos por qué están allí, sólo pienso que tienen el derecho de aprender como todos, cuando se enseña no se puede elegir a quién se les da clases. Todos son iguales".

"«Petrocco!, me vengo a anotar con usted», me dicen los internos cuando se deciden a aprender. Al principio me molestaba que me llamaran por el apellido, hasta que me dí cuenta que lo tomaban por mi nombre", cuenta y se ríe.

Las anécdotas recorren la historia del alumno que le pidió que fuera padrino de su hijo, aquel que se negaba a aprender matemática hasta que se decidió estudiar enfermería y luego, cuando salió, se lo cruzara en su propia casa trabajando de enfermero.

La conversación transcurre al mismo ritmo que la jornada escolar: un maestro pide permiso para buscar reglas (siempre se guardan en la dirección), un llamado pregunta si un alumno un tanto díscolo asistió esa noche a clases, y otro quiere hablar con él: "Que venga con el maestro", le pide José.

A fin de año espera jubilarse. Tiene una hija y dos nietos, "también me gané otro hijo", dice por su yerno. "No voy a hacer como los jubilados de La Tuerca (un programa televisivo de los 60), pienso pasear, coleccionar estampillas y tengo mucho para leer. La vida de San Martín me apasiona", anticipa.

Sin explicitarlo está seguro que más allá de las paredes de la escuela seguirá enseñando en otros escenarios. Lo dice cuando a la pregunta ¿Más seguridad o más educación? responde: "En democracia, no podemos resolver las cosas con más castigos. Una vez un maestro me dijo que esto se arregla con educación y si no alcanza con más educación, y si tampoco alcanza, con más educación también. Yo coincido con eso".

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