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Lunes 04 de Febrero de 2008

No será en esta columna

Es una lástima que esta columna hable exclusivamente de tecnología. Porque al regresar de unas vacaciones maravillosas no se puede escribir sobre una ciudad tan increíble como Rio de Janeiro. Ni de sus playas, sus morros atravesando la vida cotidiana o sus edificios monstruosos.

Es una lástima que esta columna hable exclusivamente de tecnología. Porque al regresar de unas vacaciones maravillosas no se puede escribir sobre una ciudad tan increíble como Rio de Janeiro. Ni de sus playas, sus morros atravesando la vida cotidiana o sus edificios monstruosos.

Tampoco de su diversidad, esa mezcla de culturas que recorre toda la geografía de Brasil y que se intensifica en una ciudad tan cosmopolita y turística como Rio. Rubios alemanes, negros africanos, chilenos con sus filmadoras, japoneses con sus sonrisas perpetuas, cordobeses moviéndose en manada e italianos a los gritos en el Pão de Açúcar, familias cariocas en Arpoador, travestis con barba en Copacabana, gays desenfrenados en Ipanema, viejos jugando al ajedrez a la medianoche en las plazas, locales y visitantes con su vaso de chope gelado en cualquier rincón. Pero no debería hablar aquí de ellos ni tampoco del respeto que tienen los brasileros por su pasado, de sus museos, sus palacios y los fuertes que custodian las playas, del encuentro mágico entre modernas estructuras gigantescas con edificios que chorrean historia, el Copacabana Palace, el Teatro Municipal, el palacio Tiradentes.

No hay que escribir acá, entonces, siquiera sobre un barrio perdido en el tiempo llamado Santa Teresa, recorrido por el bondinho, un adorable trencito que por R$0,60 regala además una vista incomparable de la ciudad. Y si no vamos a hablar de cómo se deja ver Rio desde las alturas tampoco habrá en esta columna referencias al Cristo Redentor que observa todo desde el Corcovado, cuyos brazos extendidos se vislumbran desde cualquier punto de la ciudad, ni del Pão de Açúcar y los aviones que recorren allí, a escasos metros, la bahía de Botafogo para aterrizar en el aeropuerto Santos Dumont.

Ni hablar de la alegría de su gente, detalles que sólo podrán encontrarse en las páginas de Turismo, ya que en una columna sobre tecnología no queda bien escribir sobre las rodas de samba improvisadas en cualquier lanchonete de Copacabana, las fiestas interminables bajo los arcos de Lapa, las sonoras risas que surgen de los bares sobre la playa o la amabilidad de los cariocas (ya sea un morocho de afro en ojotas o un ejecutivo con maletín y traje a pesar de los 38 grados) para orientar al viajero en una urbe tan caótica, deslumbrante e imprevista.

Por todo eso, no habrá aquí menciones a la Floresta da Tijuca, esa selva que aparece en cualquier esquina de la ciudad, o el interminable Jardín Botánico y su galería de palmeras imperiales decimonónicas, ni a las más de 500 favelas que ofrecen un contraste brutal con los grandes hoteles o los sectores más turísticos, muchas veces conviviendo en perfecta armonía.

Entonces, ya que hablamos exclusivamente de tecnología, apenas voy a mencionar que voy a probar con www.trayle.com, un sitio dedicado a hospedar blogs dedicados a los turistas que ya están extrañando el lugar en el que vacacionaron. Y, si no vale la pena, mi diario de viaje terminará probablemente en Blogger.

Una lástima que no pueda escribir aquí sobre Rio de Janeiro.

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