Cristina
Sábado 08 de Octubre de 2016

"No ser careta me hizo creíble", afirmó Dady Brieva

El actor habló sobre la pérdida de espontaneidad de los artistas populares. hoy vuelve con "Dadyman" al Broadway

Dady Brieva habla lo que le sale, lo que siente, sin filtro.

   "Mi humor se basa en cierta incorrección, donde la gente me cree", le dice a Escenario en la previa del show "Dadyman, Recuerdos de barrio", que vuelve hoy, a las 21.30, al teatro Broadway, "y debe andar por la décima vez", según sus propias estadísticas. En una extensa charla con este diario, citará personas y lugares de Rosario, hablará de Cristina Fernández de Kirchner, del "ruido" que le hace el paso del tiempo, de una posible reunión con Los Midachi y dejará frases que empiezan con una negativa pero son positivas para el universo Brieva: "No tengo que caretear nada", "no hago marketing de la pobreza", "no creo que ningún anti K deje de comprar una entrada porque soy K". Y afirma: "En este nuevo mundo, los artistas populares estamos perdiendo espontaneidad por pasar diez filtros por la cabeza para decir lo que se debe decir". Sin maquillaje, como siempre, habla Dady.

   —¿Por qué se genera este fenómeno con "Recuerdos de barrio"?

   —Mirá, primero porque debo ser un artista popular y con el paso del tiempo me debo haber vuelto creíble y porque todo lo que cuento está en la mente y en las sensaciones de las personas, y hay que hacer como un ejercicio muscular y colectivo de la memoria. De alguna manera propongo eso, y con mucho humor van saliendo un montón de cosas, que aunque sean feas y malas como la violencia familiar, esto ayuda a sanar. Y voy por ese lado, y hablo de la fiesta de los tíos, de los abuelos, de los tíos borrachos, de los televisores, de la radio, del amor, del sexo en los años 60 y 70. Y propongo un recuerdo que no ha quedado registrado.

   —¿Por qué hacés hincapié en la falta de registro?

   —Claro, siempre digo que si yo me llego a morir, mis hijos buscan mi nombre en Youtube y seguro que tienen el recuerdo mío grabado en un millón de visitas, y yo no tengo grabada la voz de mi papá, por ejemplo. Entonces se han perdido todo ese tipo de cosas, se han perdido las fotos, al no haber webcam, Instagram y GoPro, viste.

   —¿Qué engancha tanto de tus relatos, la nostalgia o el dolor de ya no ser?

   —Yo creo que hablamos de los años donde, de alguna manera, los que tenemos mi edad tuvimos la ilusión de pretender un mundo mejor, y muchos trabajaron mucho por eso y muchos perdieron la vida por eso. No creo que sea una nostalgia tanguera, de ginebra y lágrimas, creo que es un lindo recuerdo de una época donde realmente fuimos muy felices con nada. Yo, ahora que estoy hablando con vos, y trato de explicarte esto que siento, me acuerdo de El Cairo, de la Mesa de los Galanes, que no participé, pero, bueno, del Negro Centurión, de Sunderland, de Luna, de Barcelona, de Lennon, del Hotel Presidente del año 83 cuando iban Soda Stereo, Los Abuelos, Jorge Corona y nosotros Los Midachi, me acuerdo de "De 12 a 14", del Gordo Bermejo, del otro, que fue político y que estaba en el Astengo, que decía "esta ciudad fenicia", ehhh, ah, René Balestra, del diario La Capital y de tantas cosas, digo, no hace cien años de todo esto, pero tengo muchos buenos recuerdos de esas épocas.

   —Este trabajo te obliga a revisar el pasado, pero ¿cómo te llevás con el paso del tiempo, ya que estás cerca de los 60 y ese número te hará cierto ruido?

   —A mí todos los números me hacen ruido, me hizo ruido en los 40, me hizo ruido en los 50, mirá, trato de tirarla para adelante, de morir joven lo más lejos posible (se ríe). Mirá, la verdad que me cuido mucho, cuando no me cuido no hago grandes cagadas, hago gimnasia, llevo una vida relativamente sana, como bastante sano, y después, estoy muy enamorado, loco, tengo muchos proyectos. Y me parece que también de eso se trata, lo he buscado, no fue, como dicen las viejas, "vos sí que tuviste suerte que trabajás en el diario La Capital". No, uno ha hecho algo para que la cosa ocurra, y esto de reciclarse, de no entregarse, de buscarle la vuelta, de reciclar el hambre, de reciclar la zanahoria, de tratar de tener un proyecto que realmente te haga crecer como persona. Porque, viste, uno primero va por la necesidad y el abrigo, después va por la plata, después va por el éxito, después por el reconocimiento, después va por el poder, y cuando llegás allá arriba te das cuenta que no hay un sorete y después tenés que ver qué es lo que pasa con tu vida.

   —De todos modos vos te fuiste creando tu propio personaje, no es casual que el espectáculo se llame "Dadyman". ¿Cuál es el humor que te identifica como una marca?

   —Creo que en cierta incorrección, me parece que es lo mío, una incorrección respetuosa y donde la gente me cree. Y como soy un artista popular me parece que me adelanto al pensamiento colectivo de la gente y no es una cosa menor. Yo vivo en Puerto Madero y cuando pasan los recolectores de residuos, se sacan fotos conmigo y no me hacen caras como diciendo "este vive en Puerto Madero". Digo, no tengo que demostrar ni caretear nada, ellos saben que yo soy de ellos y que vivo bien y que me ha tocado vivir bien, que no hago marketing de la pobreza, alguna vez fui y ya no lo soy, pero sigo perteneciendo a ese lugar, yo no tengo veleidades ni me creo nada. Y me parece que en esa no careteada, que me ha traído cierto disgusto y me ha hecho besar la lona, me ha permitido también volverme creíble. Nunca he sido un oportunista, me saqué la foto con el general Perón cuando estaba en el cajón, me saqué la foto con Monzón cuando estaba en la cárcel de Junín y me saqué la foto con Cristina cuando faltaba una semana para irse, en ese sentido hay una historia que medio me avala, ¿no?

   —¿Te arrepentiste de haber blanqueado tu elección política?

   —Mirá, no creo que ningún anti K deje de comprar una entrada porque yo soy K. La verdad, me niego firmemente a creer en eso, quizá en algún caso ocurra, pero no creo que llegue hasta eso. Yo nunca le falté el respeto a nadie ni permito que me lo falten, el otro día me dijeron "ahí va la viuda de Cristina", interrumpí una nota, lo fui a buscar y no lo encontré. Pero, no, a ver, el mismo problema lo tuve cuando me divorcié a los 50, recuerdo un protagonismo mediático producto de eso, cuando salí en la tapa de THC (N de la R: se refiere a la revista de cultura cannábica) con una copa de marihuana, o sea, yo creo que sería más dolor de cabeza comportándome como no siento.

   —¿Esa tapa puntualmente te generó mucha crítica despiadada?

   —Ah, mucho, mucho de eso, pero yo hago jueguitos con la granada. Digo, yo contesto todo, hay lugares donde no dejo entrar, cago con la puerta cerrada, pero después soy bastante amplio para hablar y expresarme, no tengo filtro. Le mandé un chat a Beto Casella con este pensamiento, en este nuevo mundo los artistas populares estamos perdiendo espontaneidad por pasar diez filtros por la cabeza para decir lo que se debe decir. Y eso atenta contra el artista popular, atenta contra la espontaneidad, la impronta y la frescura que puede tener tanto La Sole cuando revolea el poncho, como Jorge Corona, como cualquier artista popular que se expresa a través de las tripas, no a través de la cabeza. Y yo, la verdad, que no tengo ninguna intención de perder 30 años de clientela. Por supuesto que no digo boludeces, pero me juego a decir lo que pienso y siento, que por lo general cuando pasa el tiroteo de lo mediático, termina decantando solo y te terminás encontrando con gente que más o menos piensa lo mismo.

   —¿Te parece que con las redes sociales se refleja de un modo más inmediato las diferencias?

   —Sí, pero las redes sociales dentro de poco va a ser la Commodore 60, mañana va a ser otra cosa, alguna vez hablé con Mario Pergolini sobre las plataformas multimedia, y yo le dije, mirá, loco, no sé si es una necesidad o una moción de anhelo pero la gente va a volver a la radio, va a leer libros de hoja, va a seguir leyendo el diario de papel, y que tarde o temprano como hoy se impone el Cirque Du Soleil mañana se va a imponer Luis Landriscina. O sea, no sé si por romántico o qué pero no me gustaría entregarme a que todo ocurra de la determinada manera que ellos proponen.

   —¿Te gustaría que vuelvan los Midachi?

   —Hay muchas cosas que me gustarían (ver aparte), pero sí, claro, me gustaría un día volver a juntarme con Midachi y pelotudear y resucitar lo de la infancia. Con Miguel y el Chino nos debíamos encontrarnos y después de armar mucho, fuimos cuatro días allá con el embajador en Panamá. El embajador tiene actividades muy intensas, fuimos a diez cócteles y nos cagamos mucho de risa. Mirá, si se alinean los planetas, nosotros no tenemos problemas en juntarnos, los tres tenemos muchos compromisos, pero no hay ninguna traba para volver con Los Midachi.

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