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Miércoles 02 de Enero de 2008

No seamos ingenuos

Noventa y cinco controles de alcoholemia y sólo tres positivos. ¿Quién se la cree? Es decir, no se pone en duda aquí que los controles se hayan hecho y que ciertamente detectaran apenas tres infractores. Lo que en todo caso se plantea como una duda razonable es que la inmensa mayoría de quienes condujeron durante el fin de año no bebieron más allá de lo permitido, como aconseja la campaña del municipio, de las ONGs que intentan bajar las escalofriantes estadísticas de muertes al volante y sobre todo el sentido común, que con eso ya sería suficiente para evitar tantas tragedias...

Noventa y cinco controles de alcoholemia y sólo tres positivos. ¿Quién se la cree? Es decir, no se pone en duda aquí que los controles se hayan hecho y que ciertamente detectaran apenas tres infractores. Lo que en todo caso se plantea como una duda razonable es que la inmensa mayoría de quienes condujeron durante el fin de año no bebieron más allá de lo permitido, como aconseja la campaña del municipio, de las ONGs que intentan bajar las escalofriantes estadísticas de muertes al volante y sobre todo el sentido común, que con eso ya sería suficiente para evitar tantas tragedias.

   Habría que preguntarle a los gerentes de los supermercados cuántas botellas de vino, champán, cerveza, fernet y aledaños vendieron para estas fiestas. Seguro que hubo cifra récord. Bastaba con ver los carritos de los súper los días previos, o los contenedores de basura la mañana siguiente, la de año nuevo, cuando muchos ya se preparaban para seguir bebiendo. ¿Quién se tomó todas esas botellas? ¿Nadie que saliera luego a manejar durante la madrugada? Parece difícil, por más que los retenes de la Dirección de Tránsito hayan detectado sólo a tres beodos zigzagueando por las calles.

   Por empezar, 95 controles parecen una insignificancia para una ciudad donde deben haber, ¿cuántos?, ¿300.000, 200.000, 100.000 personas con carné de conducir? Tal vez sirvan para montar la ilusión de que se controla, pero no para mucho más. Para persuadir a los irresponsables, seguro que no.

   Los controles deben hacerse, son una obligación del Estado, del mismo modo que es un deber de cada individuo controlarse, ser responsable, proteger su vida y cuidar la de los demás. Pero suponer que un muestro tan insignificante (¡95 automovilistas que soplaron la pipeta y sólo tres tenían más de 0,50 gramos de alcohol por litro en sangre!) es suficiente para inferir que de pronto se entendió que beber y luego conducir representa un peligro para nuestras vidas es, cuanto menos, una ingenuidad.

   Y lo peor que podría pasarnos en un asunto tan serio es que seamos ingenuos.

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