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Martes 12 de Noviembre de 2013

No se educa dejando a los chicos “libres” de la escuela

Siempre me maravilló entrevistar a los chicos del Poli, escucharlos hablar de su pasión por los números, por las ciencias. 

Siempre me maravilló entrevistar a los chicos del Poli, escucharlos hablar de su pasión por los números, por las ciencias. Sobre todo descubrir que ganar una olimpíada de matemática o física es casi parte de lo cotidiano. No hay soberbias, más bien un disfrute del logro que además entienden compartido.

Algo interesante: participan por elección, por decisión propia. Claro que nada es casual, siempre hay unprofe motivando, empujando detrás para que les dediquen algo de sus ratos libres para "entrenarse" y ejercitar para estas pruebas. Un vínculo afectivo indispensable para que conocer sea posible. 
 
Hace poquito fue la última de esas entrevistas. Y donde un adolescente de tan solo 14 años contaba cómo se prepara para competir en la India, en diciembre próximo, en la Olimpíada Internacional de Física. Un orgullo para la educación local.
 
El Poli tiene esas cosas de las cuales sus alumnos se enamoran. Que hacen quererlo y mirarlo con admiración también desde afuera. Y cada tanto regala estas muy buenas noticias, de esas a las que todos los periodistas nos gustan escribir y compartir.
 
Esta semana la novedad fue otra: la sanción a un grupo de alumnos por tirar bombas de estruendo dentro de la escuela. Está mal lo que hicieron, se corren riesgos, es peligroso. Sin embargo, igual de preocupante es la decisión de las autoridades de este colegio de la UNR: la sanción no repara ni educa por sí misma. Sólo castiga. Nada más. En todo caso, hará que de la escuela partan con un recuerdo amargo.
 
Y algo más grave: contradice el discurso permanente de los adultos de pedirles a los chicos que estudien y hace poco creíble eso de repetirles hasta el hartazgo que "el mejor lugar para estar es la escuela". Es inexplicable que para educar y corregir algo que esté mal se deje a los estudiantes fuera de las aulas. Dejarlos “libres” es eso.
 
No se es más fuerte por sostener una absurda "firmeza", sino por la capacidad de abrirse a un diálogo posible. Después de todo, educar es un acto de amor. No para el momento, sino para alcanzar una formación más íntegra, donde si bien es cierto que la primera tarea la tienen los padres, la escuela no es ajena.
 
Ahora bien, hay otro debate más profundo, que no es de la coyuntura o de ayudar a pensar cómo se puede ofrecer otra mirada que no sea sólo el castigo como método de enseñanza (el triste dicho "la letra con sangre entra" ya quedó altamente superado). Un debate sobre el concepto de inclusión educativa, de aprendizajes, que sostienen estas escuelas universitarias.
 
Desde el vamos, los chicos y padres que aceptan enviar a sus hijos a colegios como el Poli saben que hay reglas de juego que aceptar: sólo ingresan los que aprueban un "examen de selección de alumnos" (así se llama) y sólo hay lugar para los que pueden mantenerse en determinado nivel de exigencia académico.
 
Los que repiten o a los que no les va tan bien, con todo lo que le puede pasar a un pibe en la adolescencia, quedan afuera.
 
Si se parte de la idea que el aprendizaje es un constante desafío a resolver problemas, está claro que en escuelas como el Poli no hay lugar para todos. En otras palabras, no es una escuela inclusiva.
 
Quizás por eso las medidas que toma hoy la institución (dejar libres a sus estudiantes) no deberían sorprender: castiga a los que no se encuadran, no se enmarcan en las expectativas de logros a las que, por lo menos las autoridades, aspiran. Y por qué no, con las que muchas familias acuerdan. 
 
Una vez más: el único sinónimo de sancionar no puede ser castigar. En todo caso, lo ocurrido puede ser también una invitación a mirar qué escuela secundaria es la que sostiene la Universidad pública.

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