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Viernes 24 de Diciembre de 2010

No sabían leer, pero un plan de alfabetización les cambió la vida

Hay un antes y después en las vidas de Antonio y de Luis, dos de los egresados del programa de alfabetización cubano “Yo, sí puedo”, que desde el año pasado se aplica en Rosario y que ya suma casi 400 alfabetizados.

Hay un antes y después en las vidas de Antonio y de Luis, dos de los egresados del programa de alfabetización cubano “Yo, sí puedo”, que desde el año pasado se aplica en Rosario y que ya suma casi 400 alfabetizados. Hasta hace tres meses no sabían leer ni escribir. Ahora hablan orgullosos de ese logro: “Aprender es una experiencia muy buena porque permite crecer”.

Antonio Torres tiene 66 años. Cuenta que fue a sacar el registro de conducir pero se lo negaron por ser analfabeto. “Me crié en el campo y nunca fui a la escuela”, recuerda. Pero el miércoles pasado, Antonio lucía diferente, estaba feliz de ir a retirar su diploma de egresado de un proyecto que le permitió en tres meses adquirir los conocimientos básicos de la lectoescritura.

“Me dijeron que me venga y fui. Y enseguida entendí lo de las letras. Yo no sabía nada y esto es una maravilla porque cuando aprendí me dí cuenta de que era algo grande lo que hacía”, repasa sobre cómo se contactó con el programa, que en este caso se ofrece en el Distrito Sudoeste del municipio (Francia y Acevedo).

Primeras palabras

A Luis Albarracín, de 47 años, le pasó lo mismo que a Antonio: no pudo sacar su registro. Y a él también lo une a su infancia el triste recuerdo de no haber pasado por un aula. “Mis padres se separaron cuando era chico, me crié en la calle y nunca fui a la escuela”, confiesa. Recuerda que lo primero que escribieron fue el nombre. Y de manera muy simpática expresa que le encantó descubrir entrelazando letras la palabra “Boca”, el cuadro de sus amores.

Por estos días se propuso la meta de seguir, “de practicar”, porque —agrega— hasta mejoró en lo laboral: “Trabajo en una empresa mayorista y antes no podía armar las cajas porque no sabía nada, ahora es distinto”. Y agrega que fue clave el apoyo de su esposa Isabel, que lo siguió “de cerca para que no afloje”. “Venía a las clases con nosotros y nos cebaba mates mientras practicábamos”, cuenta.

Antonio y Luis no pasan por alto el trabajo de la “facilitadora”, tal como se llama a quien media en los aprendizajes en este programa de alfabetización. En este caso se trata de Carina Herrera. Los dos nuevos egresados rescatan que Carina les haya enseñado “a no tener vergüenza”, y que les remarcara lo “importante de ayudarse entre todos”. Y así fue.

El programa de alfabetización cubano tiene un fuerte componente solidario, de inclusión y de valorización de las personas. Los testimonios de Luis y Antonio son una pequeña pero buena muestra, ya que no sólo aprendieron lo básico para contactarse con la cultura escrita sino que tienen otra actitud ante la vida cotidiana.

La estrategia es muy flexible, se implementa a través de videoclases, apoyadas en cartillas para los alumnos y una guía para los facilitadores. Al ser un programa intensivo se desarrolla en unos tres meses, con clases de una hora diaria al menos cinco veces a la semana. Hay que recordar que entre 2005 y 2007 Santa Fe fue la primera provincia en aplicar oficialmente esta experiencia.

“Cualquier espacio puede funcionar como un aula”, agrega a la descripción Juan Gencheff, el coordinador del “Yo, sí puedo” en Rosario. Y de la misma manera explica que “los facilitadores son aquellos que saben leer y escribir”. En otras palabras no hay que ser maestro para ser parte de esta tarea  multiplicadora.

¿Y cómo llega este proyecto a Rosario? “Por una propuesta de la Multisectorial de Solidaridad con Cuba”, dice Gencheff y agrega que como Centro de Estudios de Difusión y Formación en el Pensamiento de Unidad e Integración Latinoamericana y Caribeña (Cilca) no demoraron en empezar a trabajar con las organizaciones sociales en los barrios. Se trata de una herramienta elaborada por el Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño (Iplac) de Cuba y que actualmente se aplica en 28 países.

El año pasado alcanzaron a 79 egresados. El logro de corto plazo lo mostraron en el Concejo y les permitió concretar en 2010 un convenio con la Municipalidad de Rosario. Así en la primera parte del año —continúa Gencheff— fueron 120 los nuevos alfabetizados, y en la última unos 200.

Aprendizajes básicos

“Es un plan de impacto social, de integración, eleva la autoestima personal”, resalta el coordinador sobre los beneficios de la propuesta. Aclara que no se trata de una escuela primaria, sino de “algo básico”, inicial, y que en todo caso aspira a seguir creciendo.

Al programa llegan más mujeres que varones, de todas las edades, y en general —aclara— se trata que sean mayores de 18 años, “aunque también llegan chicos muy jovencitos”. La experiencia tuvo su mayor inserción hasta el momento en los distritos sudoeste y noroeste de la ciudad, así como en el barrio Santa Lucía.

“La idea es lograr un proceso de posalfabetización, es decir que estos egresados se incorporen a la escuela primaria. Pero aún no hemos conversado con el Ministerio de Educación”, dice Gencheff sobre un objetivo posterior de la iniciativa.

Para el año próximo la meta es hacer crecer el programa, “masificarlo”, por eso en las últimas jornadas de 2010 estaban ultimando detalles de un nuevo convenio con el municipio, para lograr una mayor participación del Estado, y desde ya que más personas tengan la oportunidad de crecer en ciudadanía.

 

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