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Martes 26 de Agosto de 2008

No, no tengo celular

Por estos días todos hablan del iPhone 3G. El elegante equipo de Apple que combina celular, cámara de fotos, navegador web y reproductor MP3 y de videos, acaba de llegar al mercado argentino y es el objeto de deseo de aquellos que entraron en la desenfrenada carrera por tener el celular más moderno. No es mi caso; ni siquiera tengo celular. Ni uno que solamente sirva para hablar por teléfono.

Por estos días todos hablan del iPhone 3G. El elegante equipo de Apple que combina celular, cámara de fotos, navegador web y reproductor MP3 y de videos, acaba de llegar al mercado argentino y es el objeto de deseo de aquellos que entraron en la desenfrenada carrera por tener el celular más moderno. No es mi caso; ni siquiera tengo celular. Ni uno que solamente sirva para hablar por teléfono.

Sí, me encantas los juguetes tecnológicos. Y, sí, el iPhone es un chiche. Se puede navegar por internet y ver videos de YouTube. Las fotos se agrandan con un movimiento sobre la pantalla y se pueden retocar las imágenes sólo empujando con los dedos. Las carpetas se navegan como en las viejas bateas de vinilos. Tiene una cámara fotográfica de 2 megapíxeles. Incluye un GPS que interactúa con Google Maps. Se puede descargar música, videos y programas con el iTunes. Con sólo inclinar el iPhone la pantalla vertical se transforma en horizontal. Y hasta sirve para hablar por teléfono.

Pero no uso celular. Me resisto a cargar con un nuevo objeto cada vez que salgo de casa. Ya llegué al punto en que se me hace difícil dejar el reproductor MP3 y la cámara de fotos, lo que no deja de ser un argumento fácilmente rebatible: el iPhone reemplaza a ambos (pese a que la cámara no es de lo mejorcito). Entonces que sea una cuestión de principios: no quiero usar celular. No quiero cambiar tres, cuatro, cinco veces de teléfono sólo porque el nuevo modelo "es Touch Screen, está buenísimo". No quiero ir caminando por la calle mientras escribo un mensaje de texto, obligando a los demás transeúntes a esquivarme (me extraña que no haya más choques frontales entre peatones celularizados). No quiero recibir llamados mientras estoy pagando en la verdulería, o en medio de una película, o cuando estoy en el baño, como si fuese de lo más natural del mundo. No quiero que la gente pueda localizarme en cualquier momento y en cualquier lugar para preguntarme "cómo se llama la canción esa que dice la moneda cayó por el lado de la soledad". No quiero llevarme la mano a la cintura y palpar mis bolsillos cada vez que suena el ringtone del tipo de al lado. No quiero tener que tratar de ser original tratando de elegir el ringtone que nadie tiene. No, no quiero sumar otra adicción tecnológica a mi vida.

Incluso el celular cambió la forma en que atendemos el teléfono. Antes se decía "hola", ahora se dice directamente "¿qué pasa?", porque la pantallita ya avisó quién está del otro lado de la línea.

Tiene sus ventajas, es cierto. Ya quisiera poder mandar un mensaje de texto frente a la góndola de la limpieza, porque no sé si será mejor el limpiador líquido de lavanda o el tropical. Y también es muy útil para el trabajo de todos los días en el diario: antes era una tarea insufrible intentar comunicarse con un político, hoy prácticamente no tiene escapatoria.

Supongo que en algún momento no tendré más remedio y tendré meterme todos los argumentos en el bolsillo. Será el día en que suene algún tema de Miles Davis, y yo saque orgulloso mi iPhone del estuche y diga: "¿Qué pasa?".

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