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Lunes 17 de Marzo de 2008

No moriré en París

Llueve sin piedad y el viento huracanado convierte a las gotas en puñales que se meten en el cuerpo. El cielo está virtualmente negro sobre el Sena. Y claro, casi es lugar común acordarse de Vallejo: “Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo”. Pero la muerte no figura en ninguno de mis planes.

Llueve sin piedad y el viento huracanado convierte a las gotas en puñales que se meten en el cuerpo. El cielo está virtualmente negro sobre el Sena. Y claro, casi es lugar común acordarse de Vallejo: “Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo”. Pero la muerte no figura en ninguno de mis planes. La ciudad, cálida como una mujer hermosa que sonríe, se abre igual que una mano generosa a la incesante exploración de las caminatas.

Aunque la libertad es escasa. He desembarcado aquí justo cuando el euro toca su techo por razones estrictamente profesionales que, claro, no dejan de tener su encanto. Sin embargo, después del cuarto encuentro en un solo día con algún sesudo intelectual francés, uno aguarda llegar al hotel con la misma ansiedad de un hincha cuyo equipo gana espera el final del partido.

Todo llega, dicen. Y después de la ducha caliente, y a pesar del cansancio que se siente en los huesos, se arranca hacia el crepúsculo con apetito de milagros. Ya se sabe (dicen también) que los milagros le ocurren a quien no los espera. Mentira.
Sentarse a comer es simplemente una utopía. Una cena puede costar medio sueldo de un argentino medio. Entonces, los tercermundistas optan por una hamburguesa con papas fritas o entran con resignación a una pizzería. Yo creo haber descubierto la solución al dilema: me siento en un café y pido la copa de vino de rigor y una porción de queso. Puede ser bordeaux, merlot o algún tinto de regiones ignotas cuya calidad es dudosa pero el precio amigable. Y junto a él, acompañado por verdes y jóvenes hojas de lechuga, vienen el brie -suave y cremoso-, el camembert -aromático y firme- o el chantal -de regusto misterioso-.

Tras el primer bocado y los dos tragos iniciales uno es otro hombre o se vuelve de nuevo un hombre, mejor dicho. El espíritu es una cuestión absolutamente concreta y si no que lo cuenten quienes han logrado acostarse con la mujer que aman. El tinto obra como un bálsamo inefable y los ojos, entonces, parecen desprenderse del velo que los cubría y descubrir otra vez la realidad. Cuando la realidad es París, vale la pena.

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