Edición Impresa
Miércoles 30 de Marzo de 2011

No hay que generalizar

La muerte siempre conmueve. Y cuando se trata de una muerte prematura, y además evitable, nos deja impotentes, preocupados, temerosos.

La muerte siempre conmueve. Y cuando se trata de una muerte prematura, y además evitable, nos deja impotentes, preocupados, temerosos.

Que se apague la vida de una joven de 18 años con un bebé todavía prendido a sus pechos porque no recibió la asistencia médica adecuada, es sencillamente estremecedor. Entonces las voces se alzan, y se multiplican: “Los médicos no saben nada; pasa todos los días; a estos tipos no les importa el paciente; para ellos es un número más..."

El desahogo, inevitable, nos expone a caer en situaciones arbitrarias, que aún en momentos de dolor es preciso revisar. Porque le toca a la Justicia, con los medios adecuados, condenar a quienes cometieron este gravísimo error. Porque nada podrá reparar jamás la pérdida infinita, para ese hijo, esa familia y esos amigos. Porque nosotros, humanos, vulnerables y dependientes del saber médico, tenemos derecho a enojarnos y a opinar, pero jamás a generalizar.

Comentarios