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Domingo 03 de Abril de 2011

No hay que dejarse engañar

No hay que dejarse engañar. Ni en Disney y mucho menos acá, donde no hay castillos, ni hadas ni princesas con ojos de niña, vestidos vaporosos y príncipes azules. No hay que dejarse engañar ni siquiera aunque el engaño sea encantador, mejor, mucho mejor que la realidad.

No hay que dejarse engañar. Ni en Disney y mucho menos acá, donde no hay castillos, ni hadas ni princesas con ojos de niña, vestidos vaporosos y príncipes azules. No hay que dejarse engañar ni siquiera aunque el engaño sea encantador, mejor, mucho mejor que la realidad.

Hay que decirlo: cuando el viernes Luisana Lopilato salió del Registro Civil, radiante, feliz, de la mano de Michel Bublé, quién no sintió, ahí, entre el pecho y la espalda, que el corazón latía con más ganas. Y no es para menos. El cuento de la Cenicienta, al menos en la imaginación de los que llenos de esperanza veían el final de la historia con la nariz pegada en la pantalla del televisor, se había hecho realidad. Sí, ése en el que la más desgraciada de las desgaciadas del reino, por arte de magia, o mejor, por obra y gracia de la casualidad y de un zapato de cristal perdido afortunadamente, encuentra el amor. Que es, quién lo duda, la piedra preciosa más difícil de encontrar de todas.

Sólo faltaba la fiesta, que según adelantaban los chismógrafos del reino, iba a ser de película. Con invitados ricos y famosos, baile de gala, canciones románticas, y lo más importante de todo, la promesa de un desenlace dorado, con la pareja escapando de madrugada, embriagada de alegría, en un coche lujoso, con un enorme cartel en baúl con la leyenda: "Recién casados".

Destino: ser felices y comer perdices. Pero no fue así, y no lo fue sencillamente porque la vida no es así. Ni allá, donde los sueños se hacen realidad, ni acá, donde lo que se hacen realidad son las pesadillas. Y quizás fue mejor así, no sea cosa que los pobres mortales, los que no venden millones de discos, los que aparecen en la tapa de las revistas del corazón, los que sonríen ante las cámaras de televisión, se quedaran con el engaño. Con la peregrina idea de que un golpe de suerte los puede sacar de pobres.

Y no hablo de monedas, ni de gruesos billetes, hablo de esa pobreza que se vive cuando no se puede vivir tranquilo. Confiado, seguro. Sin temer que, cuando tu hijo vuelve de la práctica, a la noche, en el cole, le pueden poner un puntazo para robarle las zapatillas. Sin pensar que si te vas de tu casa, a laburar, a comer un asado a lo de los viejos, al club, cuando vuelvas podés encontrar la casa vacía. Qué es lo que pasó a Luisana, mientras bailaba el vals con el amor de su vida.

Le desvalijaron la casa, en Parque Chas, el barrio porteño de las historias de hadas que, de un tiempo a esta parte, vive enrejado, vigilado con cámaras y alarmas. Como si más que de hadas sus historias fueran de brujas. Ni una cosa ni la otra. Esa es la realidad, que es la única verdad. Los finales felices, los cuentos, los cuentan los políticos, que al final son los únicos que comen perdices.

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