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Domingo 21 de Agosto de 2016

"No creo que la ciencia en sí misma detone demonios"

El autor, que en su libro habla de las potencias explosivas, afirma que la energía nuclear no produce gases de invernadero pero tiene el potencial para generar desastres equivalentes o mucho mayores

En 2012, durante la Feria del Libro de Buenos Aires, se entregó el primer premio Ciencia que Ladra-La Nación al mejor ensayo de divulgación científica. La ganadora resultó la química Valeria Edelsztein por Científicas. Cocinan, limpian y ganan el premio Nobel. Pero la primera mención fue para un autor inédito que venía de La Plata, cuya emoción contagió a los presentes. Ciencia en el aire, la obra de Diego Manuel Ruiz, había sido reconocida y sería publicada ese mismo año en la colección que dirige Diego Golombek.

   Y a partir de ahí, Ruiz —también doctor en química y profesor de la Universidad de La Plata— dio rienda suelta a su pluma atada y desembuchó otros dos libros de gran factura: Viaje al centro de la Tierra (motivo por el cual lo han confundido con el mismo Julio Verne) y el recientísimo Ciencia nuclear. Ya cubrió tres de los cuatro clásicos elementos de la naturaleza (aire, tierra, fuego) y sólo le falta el agua. Pero tiene en mente una innovación. "Para completar la idea original me estaría faltando explicar un poco el origen de la vida, por lo que, si las cosas se dan, quizás sea una pentalogía", dijo en esta entrevista con Más, donde también se animó a temas complejos acerca de la energía atómica.

—Decís que "los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki representan el límite abismal que los humanos podemos alcanzar, un límite que conjuga simultáneamente la genialidad y la estupidez en un nivel". ¿Hay otros demonios que la ciencia pueda detonar? ¿Qué límites hay que ponerle o no?

—Hiroshima y Nagasaki han sido un límite en lo que refiere a muertes y destrucción en muy pocos minutos; pero si lo analizamos desde la potencia explosiva —y por lo tanto la capacidad de destrucción— fueron solo el comienzo de una escalada de armas de potencia cada vez mayor. Allí el límite (al menos por el momento) serían las bombas termonucleares como la bomba Tsar, detonada en una prueba rusa en 1961, cuya potencia fue equivalente a 2.500 veces la de Hiroshima. No creo que la ciencia en sí misma detone demonios. La ciencia es ciencia, un conjunto de herramientas, un lenguaje, una serie de formalidades que nos permiten entender lo que sucede en la naturaleza y a partir de ese conocimiento tener un criterio común para tomar decisiones. Pero el hecho de tomar esas decisiones ya es algo inherentemente humano, independientemente de que se trate de científicos o no. Ahí pueden aparecer esos "demonios", en las decisiones humanas. En cuanto a si hay que ponerle límites, me parece que el límite está en la ética y eso es tan humano como individual. En el libro menciono una entrevista a Einstein en la que le preguntan por qué si los humanos llegamos tan lejos como para dilucidar la estructura de los átomos, aún no fuimos capaces de idear los medios políticos como para impedir que el átomo nos destruya; su respuesta fue clara y explícita: porque la política es más difícil que la física.

—Al hacer un balance de lo positivo y negativo de lo nuclear y si pudieras ir atrás en el tiempo, ¿hubiera sido mejor no descubrir esas potencialidades?

—Si pudiera ir atrás en el tiempo trataría (aclaro que no sé cómo) de evitar llegar a situaciones en las que a alguien se le ocurre construir un arma con ello. Las reacciones nucleares están presentes en el interior de las estrellas y son precisamente las que producen que emitan la radiación que llega a los planetas y en alguno de ellos ha permitido el desarrollo de la vida. La datación más precisa de la edad de objetos, y hasta la del planeta, recién pudo conocerse con mayor precisión gracias a los radioisótopos. Hoy usamos elementos radiactivos para la salud, ya sea en el diagnóstico (radiografías, medicina nuclear), como en el tratamiento (radioterapia). Todo ese conocimiento no me lo perdería.

—Los defensores de la energía nuclear dicen que puede ser un arma efectiva contra el cambio climático porque no produce emisiones de gases de efecto invernadero, aunque sí deja residuos que tardarán miles de años en desintegrarse. ¿Cuál es tu posición?

—La energía nuclear no genera gases que potencian el calentamiento, por lo que esa tecnología no contribuye al cambio climático. Pero en lo que respecta a la generación de energía es virtualmente imposible reemplazar por completo a los hidrocarburos o el carbón. Lo que se busca es diversificar la matriz energética, bajar el uso de combustibles fósiles y aumentar un poco las otras alternativas. Los reactores nucleares son una tecnología humana y, por ende, no son eternos. La seguridad absoluta nunca existe, sucedió Chernóbil en 1986, por errores humanos y, aunque en la actualidad la seguridad de las plantas nucleares no permitiría llegar a esa situación, sucedió otro accidente, diferente, en 2001 en Fukushima. Allí no hubo muchos gases de invernadero involucrados, pero lanzaron una contaminación por radiación que perdurará por miles de años. En resumen, la energía nuclear no produce gases de invernadero, pero tiene el potencial para generar desastres equivalentes o mucho mayores.

—De todas las jugosas historias científicas y anécdotas que contás en este último libro, ¿cuál es la que más te gusta y por qué?

—Hay muchas, pero la que más me llamó la atención es la de Tsutomu Yamaguchi, un hombre que sobrevivió al desastre de Hiroshima y también al de Nagasaki. La anécdota tiene más que ver con la casualidad o la (mala) suerte, pero a su vez te muestra el contexto y todo lo que tuvo que pasar esa gente que probablemente poco tuviera que ver con la guerra.

—¿Cómo es que todos tenemos estroncio 90 en los huesos y qué implica eso?

—El estroncio es un elemento que se porta muy parecido al calcio, por lo que si ingresa en nuestro organismo las reacciones bioquímicas lo irán llevando a los mismos sitios en donde va a parar el calcio, mayoritariamente a los huesos. Uno de los varios isótopos del estroncio es el estroncio 90; dicho isótopo no existía en la naturaleza hasta el momento en que comenzaron a realizarse explosiones nucleares. Es uno de los tantos isótopos que produce la fisión nuclear de las bombas de uranio o plutonio. El asunto es que se trata átomos de estroncio como cualquier otro y, una vez liberados por la explosión, comenzaron a formar parte de los ciclos biológicos y geológicos de todo el planeta, por aire y por agua. Al día de hoy, 71 años después, todos los seres que poseemos calcio en nuestro organismo, tenemos algunos pocos átomos de estroncio 90. En general es muy poco y no es peligroso, pero aquellos que fueron expuestos a la contaminación por radiación desarrollaron problemas óseos a los pocos años.

—¿Cómo se dio esta secuencia de libros tuyos? ¿Qué balance hacés de estos tres y cómo pensás planear el cuarto para cerrar la tetralogía?

—La idea general es mostrar cómo puede explicarse el comportamiento de nuestro mundo en función de principios generales de la física y la química, para ver luego de qué manera algunas actividades humanas pueden (o no) interferir en esa dinámica entre los componentes del medio y los seres vivos. Originalmente no lo planteé como una serie de libros, pero al poco de organizar las ideas me di cuenta de que la tarea y la información era demasiada para un solo libro. Entonces decidí escribir solamente sobre la atmósfera y, llegado el caso, continuar después con lo demás. Así surgió Ciencia en el aire, que tuvo la suerte de obtener una mención en el concurso de divulgación de "Ciencia que Ladra-La Nación", y gracias a eso salió publicado en la colección. Fue entonces cuando vi que la posibilidad de escribir un libro y de que la gente lo leyera ya era una realidad, que decidí continuar con el resto, organizado en varios libros, así un par de años después salió Viaje al centro de la Tierra que hablaba del interior del planeta, y ahora Ciencia nuclear, que si bien habla de muchas cosas, es la que explica la fuente de energía del Sol, que a fin de cuentas es el que permitió que nuestro planeta existiera y subsistiera y que en él se desarrolle la vida y además que un científico hincha de Gimnasia escriba libros. Si seguimos la estructura de los elementos aristotélicos, como ya hablamos más o menos de "aire", "tierra", y "fuego", el próximo libro, dentro de esa idea debería ser del "agua". Pero para completar la idea original me estaría faltando explicar un poco el origen de la "vida", por lo que quizás, si las cosas se dan, quizás sea una pentalogía. Pero hay que ir paso por paso, los libros no solo hay que escribirlos, también tienen que ser interesantes para el público que los lee y, además, para quien los edita (ríe).

—¿Cómo ves a la ciencia argentina y a la divulgación que se hace en el país?

—En general las veo muy bien a ambas. Obviamente, siempre las cosas podrían estar mejor, pero hay avances en muchísimas áreas de las ciencia en nuestro país y de científicos argentinos en otras partes del mundo. En cuanto a la divulgación me parece que estamos en un nivel muy bueno, hay muchísima oferta, ya sea libros, documentales, programas de TV, exposiciones. En 2014 el premio Leelavati al mejor divulgador de la matemática fue para Adrián Paenza, y en 2015 el premio de la Unesco-Kalinga a la Popularización de la Ciencia lo obtuvo Diego Golombek.

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