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Domingo 17 de Febrero de 2008

Niños de la guerra

Tenía 4 años cuando dejó Arbo, el pequeño pueblo de la provincia gallega de Pontevedra donde había nacido, para subirse a un barco que lo traería a un destino incierto en la Argentina. Era uno de los niños expulsados de su hogar, de su pueblo y de su país por la guerra civil española.

Tenía 4 años cuando dejó Arbo, el pequeño pueblo de la provincia gallega de Pontevedra donde había nacido, para subirse a un barco que lo traería a un destino incierto en la Argentina. Era uno de los niños expulsados de su hogar, de su pueblo y de su país por la guerra civil española. Como él, miles de hijos de familias de republicanos fueron obligados a emigrar y la inmensa mayoría de ellos jamás pudo regresar a casa. Eran fugitivos: huían del hambre, porque habían quedado huérfanos o porque sus padres eran perseguidos y se enfrentaban a una muerte casi segura. Escapaban de una guerra que cambiaría la historia de España y modificaría sus vidas para siempre.

En Rosario los esperaban sus padres, que ya habían probado suerte en Cuba y luego vinieron a Argentina. Aquí se crió como pudo, creció y tuvo que trabajar cuando aún era un niño. Aunque estaba en un sitio extraño, al menos comía todos los días. En la España de la que su familia se había visto obligada a marcharse eso no ocurría.

Aquí también tuvo que enfrentarse a situaciones desgraciadas, aunque ninguna resultó comparable con el terror que infunde la guerra y las marcas imborrables que deja el hambre.

Trabajó, formó una familia y con los años fue abuelo. Pudo haber sido un profesional, pero la obligación de procurar un salario abortó una carrera universitaria que no pasó de ser incipiente. Aunque estaba lejos, había cosas que lo seguían uniendo al lugar donde nació: los recuerdos difusos de una infancia rodeada de tías, la bella campiña gallega, las cercanías del río Miño y de Portugal. Y aquí, en Rosario, su amistad inquebrantable con Manolo, el otro gallego, el  amigo de siempre, el compañero de toda la vida.

Un día lo llamaron de la Embajada de España en Buenos Aires. Le contaron que el gobierno de José Luis Zapatero impulsaba una ley de Reparación Histórica que lo incluía. Entonces supo que, 70 años después, el Estado español lo consideraría Niño de la Guerra. Le pagaría una pensión y le rendiría honores como una reparación por aquella guerra infame que lo desplazó para siempre.

El sábado 9 de febrero se encontró en Buenos Aires con muchos como él. Le contaron que la guerra civil expulsó a un millón y medio de españoles, entre ellos a 130.000 niños. Supo también que en el país todavía viven unos 700 de ellos y que en ningún otro lugar del mundo hay tantos Niños de la Guerra como en la Argentina. "Este es un homenaje para nuestros padres, que han muerto sin haberlo tenido", les dijo un funcionario de la Embajada de apellido gallego.

Carlos viajará pronto a España con la ayuda del gobierno ibérico. Será la segunda vez que lo haga. Volverá como un turista, aunque él se sienta tan gallego como siempre. En Arbo se encontrará con su madrina, que tiene más de 100 años. Ella es quien lo cuidó cuando sus padres se marcharon buscando mejor suerte lejos de la guerra. Y todavía lo está esperando.

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