Turismo
Domingo 21 de Agosto de 2016

New Orleans, la ciudad del jazz, la comida cajún, el río Mississippi y los misterios del vudú

La reina del estado del estado sureño de Louisiana, que se enfrentó a la furia del huracán Katrina, hoy celebra la vida con una alegría que nace en su profunda raíz multicultural.

Hace rato que se fue el último cliente, un hombre mayor, canoso y de lentes con marco de metal que, a pesar del peso de los años, se empeñaba en mantener la espalda recta. Estaba sentado en la barra, con la mirada perdida y un vaso de cristal grande y pesado adonde el barman, cada vez que era necesario, dejaba caer una medida generosa de Jack Daniels. Del bolsillo de la camisa asomaba la punta de un habano que no había llegado a fumar y acaso no lo haría jamás.

Sobre su cabeza las aspas del ventilador de techo daban vueltas morosamente, resignadas a su suerte. En New Orleans, todos parecen resignados a su suerte, el taxista que en medio de la noche cruza la ciudad sin saber por qué, las chicas que bostezan mientras esperan a los clientes que no llegan, esos chiquilines que bailan tap en la vereda por monedas, el cantante de jazz que entre tema y tema apura un trago de bourbon barato, la stripper, el mozo, la enfermera, el policía.

Pero no es así, nadie baja los brazos en New Orleans, no después de Katrina. Esa es una lección que se aprendió a fuerza de sangre, sudor y lágrimas. Por eso, en las calles, sobre todo en Bourbon St., la alegría que se vive, que se siente, que asombra, es genuina, los collares de cuentas de colores, la música, los balcones repletos de chicas y chicos que ríen a carcajadas y gritan cuando ven pasar a otros chicos y chicas que ríen a carcajadas y gritan todavía más fuerte que ellos.

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Es ahí, en el corazón del French Quarter, donde la ciudad arde, no importa si es verano o invierno, si llueve o hay sol, al caer la noche, cada día, el barrio se enciende y el calor, la fiesta, las guirnaldas de luces de colores brillan en un carnaval incesante. En una esquina una trompeta asordinada evoca los tiempos en que el gran rey del jazz, Louis Armstrong, era el hijo pródigo de la ciudad y se deja llevar por el ritmo acompasado de una guitarra que repite un hit de la radio.

Corazón de ángel

En los bares, y hay uno al lado del otro a lo largo de la calle, pasa de todo, un grupo ronronea desganado la melodía triste de "Chega de Saudade", dos motoqueros de campera de cuero, barba y bandana en la cabeza se besan entre shot y shot de whisky, una desnudista rubia, flaca y sin gracia, baila en el caño con movimientos torpes, un puñado de "woo girls", pasadas de copas, intentan montar un toro mecánico mientras suena fuerte "I Was Made for Lovin You" de Kiss.

En el Bourbon House, que está justo enfrente de Hard Rock Café, donde la calle más famosa de la ciudad se hace peatonal, hay algo misterioso. El último cliente hace rato que partió, dejó una botella de Jack Daniels agonizante y los ventiladores de techo encendidos sin ningún sentido. Como en "Corazón de ángel", la película de Alan Parker que enfrentó a Michael Rourke, en su primer gran papel después de "9 semanas y media", y a Robert De Niro, un diablo hambriento de almas inocentes.

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Nueva Orleans estuvo ocupada por los franceses hasta que en 1803 Napoleón Bonaparte le vendió Luisiana a los Estados Unidos. Está en el sur profundo del país, donde la esclavitud resistió a sangre y fuego hasta que el Norte doblegó a los Confederados en la Guerra de Secesión. Pese a la prohibición, las costumbres que llegaron en los barcos de Africa o las Antillas sobrevivieron, entre ellas, el vudú, con sus ritos, sacrificios de animales y sus muñecos de trapo atravesados por alfileres.

La mujerona de pelo ensortijado que fuma y espera sentada ante una mesa cubierta con un paño verde musgo en la entrada del Musical Legends Park lo sabe bien. Acaso lo leyó en el tarot, esas cartas enormes de figuras siniestras en las que, dicen, está escrito el destino de todos y todas, aunque lo más seguro es que lo haya aprendido con los años, cuando se dio cuenta de que era mejor inventar una historia y contarla como si fuera cierta que desnudarse y fingir amor.

El club del jazz

A su espalda, las estatuas de bronce de Fats Domino, Al "Jumbo" Hirt y Pete Foutain improvisan una jam session eterna. Ese ambiente, enigmático, nocturno, indescifrable, se respira en cada rincón del casco histórico. Su estilo colonial, inconfundible, está marcado por casas de dos plantas con largos balcones desbordantes de plantas y patios inesperados. Perderse entre sus calles es un desafío tan inquietante como irresistible, porque hay mucho por descubrir y ocultar.

En ese ir y venir sin rumbo es inevitable cruzar Jackson Square, la plaza de armas de la ciudad, flanqueada por la Catedral de Saint Louis, la más antigua del país, y el Museo del Estado que, en una de las galerías que dan a Charles St., atesora una de las lanchas usadas para el rescate de las víctimas del huracán Katrina. A una cuadra del parque está el famoso Café du Monde, donde desde 1862 sirven un exquisito "café au lait con beignet", un buñuelo dulce típico de Nueva Orleans.

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Si se camina por Decatur St., la calle paralela al río Mississippi, que se presiente pero no se ve, se llega hasta el French Market, un mercado donde se pueden comprar artesanías, fetiches vudú, discos de vinilo y todos y cada uno de los ingredientes de la cocina cajún, verduras aromáticas, especias y arroz, y así preparar étouffé, gumbo y jamablaya, los platos que trajeron a América los exiliados franco-canadienses expulsados de Arcadia por los ingleses en el siglo XVIII.

Esa mixtura de culturas, historias y sentimientos es la esencia de Nueva Orleans. La fiesta pagana del carnaval, que aquí se llama Mardi Gras, le dio a la ciudad una fisonomía única, aún cuando febrero no sea más que una cruz en un calendario. En cada cuadra hay una casa de disfraces, hasta en los quioscos se pueden comprar pelucas, máscaras y antifaces y, claro está, collares de cuentas de colores, el sello de identidad de la máxima celebración de la ciudad, donde cada uno es cada cual.

La especialidad de la casa

En la vereda de enfrente, un cartel rojo con letras blancas anuncia que ese pequeño local casi escondido en la galería que forman el techo de los balcones y la línea de edificación no es un almacén más sino la Central Grocery. La especialidad de la casa es la "muffuletta", que solo quien no la probó puede decir que no es más que un sandwich, aunque lo es: pan siciliano, redondo, 25 centímetros de diámetro, jamón, queso y una ensalada de aceitunas y aceite de oliva. Una leyenda.

La puerta se abre y del interior del local sale el hombre mayor que la noche anterior había estado sentado a la barra del Bourbon House en compañía de Jack Daniels que, por el tiempo que pasaron juntos, se ve que es un viejo amigo. Apoyados en la punta de la nariz lleva los mismos lentes de marco de metal y del bolsillo de la camisa, que no es la misma pero luce igual de desprolija, asoma la punta del mismo habano que vaya a saber cuánto hace que espera "el gran acontecimiento".

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Tiene un aire a Sean Connery, pero está claro que lo suyo no son los Martinis ni la intriga internacional. Con la cámara colgada del cuello, da turista mal. Camina como si andar por el mundo le costara más que ser simpático y eso, no caben dudas, le exige un esfuerzo titánico. Al llegar a Canal St., la avenida de los grandes hoteles, las palmeras y el Harra's Casino, sube de un salto a un tranvía verde oscuro, saca tres billetes arrugados de un dólar, paga y se deja llevar mansamente.

La línea St. Charles, la de los coches verde oscuro, es "El tranvía llamado deseo", el de Tennessee Williams, pero también el de Vivian Leigh y Marlon Brando. Llega hasta el Garden District, la elegante zona residencial donde se alzan las grandes mansiones construidas en los tiempos de oro de las plantaciones de algodón. Paredes blancas, galerías espaciosas, verjas de hierro; robles añosos y jardines amplios y verdes que ponen distancia entre los curiosos y la aristocracia local.

El gran momento

A lo largo del recorrido, que el tranvía hace desganado, casi a paso de hombre, asoma una nostalgia de las casas embrujadas, los cementerios misteriosos y las aguas insondables de ese otro río marrón que es el Mississippi de Tom Sawyer, Huckleberry Finn y Mark Twain y que corre pesadamente, huele mal e invita a la aventura como el Paraná, pero con unos majestuosos barcos a vapor empujados por enormes ruedas de madera. Parada obligada, el cementerio Lafayette Nº 1.

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Está a una cuadra de la parada del tranvía, fue fundado en 1833 y no es grande, apenas poco más de una manzana de extensión, donde la historia de la ciudad se apiña en nichos, criptas y monumentos funerarios. El arco de la entrada evoca al del Arkahm Asylum del Batman de Frank Miller, hay algo oscuro, tenebroso, en la forma como se retuercen los hierros de la puerta, que inquieta. La melodía de una banda que acompaña a un cortejo fúnebre se confunde con el silbido del viento.

El hombre camina sin rumbo hasta que se detiene ante un mausoleo sombrío pero familiar. Es lo que estaba buscando, ahí se rodó la escena en la que Lestat (Tom Cruise) muerde a Louis (Brad Pitt), en "Entrevista con un vampiro". Se sienta con un gesto de dolor en el banco que está justo ante la cripta, saca el habano del bolsillo de la camisa, lo enciende con un Zippo plateado, le da una calada profunda y saborea el humo gustosamente. Sabe que no va a vivir para siempre y lo celebra.



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