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Domingo 28 de Septiembre de 2008

Nada como la vida real

La tecnología (y la web en particular) nos ayuda a vivir más rápido y, en algunos casos, mejor. Tenemos mil veces más información que la mejor enciclopedia, muchísima más música de la que vamos a poder escuchar en toda la vida y herramientas que simplifican el trabajo cotidiano. La lista de beneficios es interminable pero, al final, bien en el fondo, sobrevive un sentimiento de nostalgia y, quizás, hasta culpa.

La tecnología (y la web en particular) nos ayuda a vivir más rápido y, en algunos casos, mejor. Tenemos mil veces más información que la mejor enciclopedia, muchísima más música de la que vamos a poder escuchar en toda la vida y herramientas que simplifican el trabajo cotidiano. La lista de beneficios es interminable pero, al final, bien en el fondo, sobrevive un sentimiento de nostalgia y, quizás, hasta culpa.

Tal vez sea solamente una cuestión generacional, probablemente para los nativos digitales leer el diario en papel sea un estorbo, comprar música en la disquería sea una antigüedad y pagar los impuestos por internet sea lo más seguro del mundo. Pero aquellos que hace quince años no teníamos nada, absolutamente nada parecido a la web, hoy convivimos con una múltiple sensación de deslumbramiento, desconfianza y, sobre todo, melancolía.

Ahora podemos bajar de internet en un par de minutos "El perseguidor" y leerlo al ritmo de un mp3 de Charlie Parker haciendo el solo de "Yardbird suite". Pero no, no es así como se lee a Cortázar. Se lee sosteniendo el lomo del libro con ambas manos, pasando las hojas de a una y marcando la página con un señalador. Un señalador de cartón, no el bookmark del navegador.

Incluso las compras del supermercado se pueden hacer sin moverse de la compu. Se ahorra mucho tiempo. Pero ese carrito virtual no reemplaza ni por asomo al otro, al carrito de verdad, el que se empuja entre las góndolas y que se va llenando de cosas que ni soñábamos comprar. Me encanta ir de compras al súper (aun con poca plata para gastar), no puedo resistir la tentación de visitar un local que no conocía.

Tengo una colección de un suplemento de computación que se publica todas las semanas, desde hace más de diez años, con la edición de un diario. Tengo casi todos, deben faltar cuatro o cinco, no más. Los tengo indexados en Excel, de manera de poder consultarlos sin tener que encomendarme a la tarea ciclópea de revisarlos uno por uno. Bueno, en rigor, tenía: por cuestiones de espacio y tras largas meditaciones me ví obligado a deshacerme de todos esos kilos de papel prácticamente obsoleto (diez años en computación son bastante más de una eternidad). Es verdad, está todo en internet, es muy simple y práctico buscar cada tema, pero hubiese preferido conservar ese papel añoso, ajado, amarillento. Insisto: nada como el papel, aun con el daño ambiental que provoca la tala de árboles.

Mi círculo en Facebook se acrecienta día a día. Puedo mirar las fotos de familiares y amigos de carne y hueso, saber en qué lugar del mundo está cada uno y en qué anda, y también encontré amigos perdidos y fui encontrado por compañeros de secundaria y hasta de la primaria. Pero nada reemplaza a una buena reunión en vivo y en directo, de esas que incluyen bebida, comida, música de fondo, anécdotas, humo de cigarrillo y risas.

Los sitios de mapas satelitales son, para mí, el mayor invento desde la rueda. ¡Qué inmenso placer sobrevolar las calles por las que alguna vez caminé! Ver desde el cielo aquella plaza, la costanera, la cabaña donde pasé esas vacaciones, el patio donde jugaba cuando internet todavía estaba en los planes de unos pocos iluminados. Pero, ¿de qué sirve navegar virtualmente por Rio de Janeiro sin tener la ilusión de volver a pisar el calçadão de Copacabana, de oler nuevamente ese aroma dulzón de Ipanema, de descubrir entre las nubes al Cristo con sus brazos abiertos sobre Guanabara, de sentir el viento en la cara trepado al bondinho de Santa Teresa?

Quien me grite por la calle va a ser completamente ignorado. Casi nunca salgo sin el reproductor de mp3. Mi colección de  música portátil es casi infinita. Pero más de una vez esos temas bajados de internet me hicieron caminar hasta la disquería a comprar el CD: hay canciones que sólo merecen escucharse en un disco. No debe existir música más deliciosa que el sonido del celofán de un compact nuevo.

Es absolutamente lógico y comprensible sentirse emocionado al recibir por correo el primer libro comprado en Amazon. Pero casi tenía olvidado el sentimiento de perder el tiempo en una librería hasta que encontré una "de las viejas" en Rioja y Dorrego, que no sólo tiene verdaderas joyas sino que también ponen a todo volumen a Milt Jackson con Ray Charles tocando el saxo.

La tecnología está para ayudar a hacer la vida más fácil, más rápida, más grande. Pero el día que la tecnología reemplace la vida real, el cara a cara, la cerveza con amigos, las caminatas por el parque, el olor de un libro nuevo, la emoción de viajar, los recitales... entonces, ese día, vamos a estar en problemas.

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