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Sábado 19 de Octubre de 2013

Muerte de las civilizaciones

Este terrible cuadro es el que se ha visto recientemente por la televisión de todo el mundo cuando tres embarcaciones naufragaron cerca del canal de Sicilia, en el sur de Italia.

El mar Mediterráneo, que fue cuna de grandes civilizaciones de la humanidad, se ha convertido en las últimas semanas en el cementerio de centenares de personas que quieren alcanzar las costas del sur de Europa en busca de mejores condiciones de vida. Familias enteras de Etiopía, Somalia, Eritrea, Libia, Siria y otros países pobres o en guerra civil embarcan en el norte de África en naves precarias pagando mil euros o más a inescrupulosos traficantes que prometen un viaje seguro, pero que en muchos casos terminan en tragedia.

Este terrible cuadro es el que se ha visto recientemente por la televisión de todo el mundo cuando tres embarcaciones naufragaron cerca del canal de Sicilia, en el sur de Italia. El drama más impactante, con casi 370 muertos, fue el desastre ocurrido próximo a la isla de Lampedusa.

El tráfico humano, ya no esclavo como en los siglos XVI ó XVII hacia América, sino voluntario y con proa a Europa, viene ocurriendo sin pausa. Sólo que ahora ha tomado estado público, y se advierte su magnitud, por los accidentes y muertes causados por los precarios transportes que se utilizan.

Según el blog "Fortaleza Europa" del periodista italiano Gabriele del Grande, desde 1988 a la fecha unos 19 mil inmigrantes murieron intentando alcanzar la frontera europea. De esa cifra no se han recuperado todos los cuerpos y casi 9 mil han desaparecido en el mar. Del Grande pasó los últimos seis años recorriendo el Mediterráneo en buscas de historias de inmigrantes ilegales y recopila una a una las distintas tragedias de las barcazas que intentaron llegar a Italia. Desde Túnez para arribar a Lampedusa es necesario navegar 113 kilómetros y a Sicilia 205 kilómetros. El viaje, en malas condiciones de seguridad y sanitarias, puede demorar varios días, y el final es incierto.

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), también alertó que el fenómeno de transporte humano en pequeñas embarcaciones que cruzan el Mediterráneo no es novedoso, confirmando lo que todos sabían en Europa pero que ningún gobierno ha podido evitar hasta ahora.

Los inmigrantes que sí tienen la fortuna de llegar a Europa a través de las costas italianas del sur muchas veces son detenidos y enviados de regreso a sus países de origen y sólo una parte de ellos logra introducirse en el Viejo Mundo. Allí comienza otra batalla para escabullirse de las autoridades mientras permanecen ilegales, es decir, sin derechos civiles. Son tan vulnerables como cuando cruzan el mar, aunque ya en tierra firme.

En cada país que llegan, los nuevos refugiados sufren legislaciones cada vez más restrictivas y sustentadas en la presión de los grupos nacionalistas que, por si ellos fuera, volverían a arrojar al mar a los pobres miserables que no murieron ahogados. Ese sentimiento xenófobo va ganando terreno en una Europa en crisis, lábil para este tipo de conductas.

En Francia, por ejemplo, el Frente Nacional, una agrupación de ultraderecha, se encamina a convertirse en la primera minoría del país. Acaba de ganar en unas elecciones locales y su avance parece imparable. La líder del movimiento es Marine Le Pen, hija de Jean Marie Le Pen, ya fallecido, quien fue condenado varias veces por increíbles declaraciones. Había dicho que la ocupación nazi de Francia no había sido particularmente inhumana, que las cámaras de gas de los campos de concentración alemanes fueron un detalle de la historia y otras manifestaciones donde defendía la desigualdad de las razas. El eje de su campaña electoral presidencial en 2002, cuando perdió en segunda vuelta con Jacques Chirac, fue el total rechazo a la inmigración extranjera en Francia. En esas elecciones presidenciales Le Pen obtuvo en primera vuelta casi 5 millones de votos (17 por ciento del total del padrón) y hasta un poco más en el ballotage. La sociedad democrática francesa reaccionó a tiempo y Chirac aplastó a Le Pen en segunda vuelta. Su hija mantiene incólume los principios de su padre y hoy gana adherentes día a día. Si alguna vez es gobierno u obtiene decisiva influencia parlamentaria a través del número de bancas, ¿qué les sucedería a los millones de extranjeros, mayormente musulmanes, que viven en Francia? Ni qué hablar de los nuevos que quieran ingresar al país.

La misma observación podría hacerse para Italia, España o países del norte del continente con gran presencia nacionalista que es producto, en parte, de la crisis social y económica del último lustro. A lo largo de la historia europea del siglo XX, por citar la más reciente, ha quedado demostrado que cuando el Viejo Continente sufre crisis económicas con líderes de ultraderecha en el gobierno, los postulados democráticos son avasallados. Lo de Francia es sólo un alerta del giro hacia la derecha que experimentan las sociedades de distintos países europeos.

Indiferencia. La reacción en Europa ante la repetición de tragedias con los inmigrantes se reduce a tratar de socorrerlos en el mar para que no mueran en los naufragios o al aumento de los controles para que no logren su cometido de llegar a la costa. Sobre cómo intentar mejorar la vida en esos "Estados fallidos" africanos o asiáticos que no garantizan a su población lo mínimo indispensable para una vida digna es un tema que no aparece en los análisis de alto nivel político gubernamental.

Europa viene tratando de sobrellevar su propia crisis a través de rescates financieros millonarios, como el de Grecia, para evitar el colapso generalizado de los países más pobres del continente. Lejos está de atender, entonces, lo que ocurre más allá del Mediterráneo cuando sus intereses políticos y económicos no están en riesgo. El subdesarrollo, la pobreza estructural y las luchas internas de las naciones que expulsan a sus ciudadanos no son materia de gran preocupación.

Lo mismo ocurre del otro lado de Atlántico, en Estados Unidos. Cuando después de casi cinco años comenzaba a repuntar su economía tras la debacle financiera de 2008 con la crisis de las hipotecas "subprime", un grupo de fundamentalistas de la extrema derecha republicana le quitó financiamiento al gobierno y lo puso al borde del default, situación que hubiera repercutido en todo el mundo.

No es que el presidente norteamericano Barack Obama tenga el perfil de un presidente latinoamericano considerado populista, pero impulsar un plan de salud universal para la población, intentar cobrarles más impuestos a los ricos, pretender —sin éxito— limitar la venta de armas de fuego en un país con cotidianas matanzas y ser más tolerante con millones de inmigrantes, fue demasiado. De su color de piel no se habla porque sería políticamente incorrecto, pero el racismo está implícito en la más recalcitrante podredumbre ultraconservadora norteamericana. Y eso que Obama no pretende modificar la política exterior de su país ni producir un giro en la política de mercado. Nada de eso. Una simple desviación que no favorece al "establishment", el verdadero factor de poder, tuvo sus consecuencias peligrosas.

Desigualdades. Es natural que los ciudadanos norteamericanos o europeos vean la catástrofe de los países pobres como algo lejano y que no les pertenece. Pero el mundo global organizado, a través de sus instituciones políticas y económicas internacionales, comienza a observar un fenómeno imparable en todo el mundo: olas migratorias en masa que surgen desde las profundidades de la miseria en busca de un mundo con más oportunidades, al menos de supervivencia. Ese abismo de disparidad entre los marginados del planeta y los más beneficiados no ha podido ser resuelta nunca y va camino a empeorar.

A la experiencia socialista le faltó democracia y libertad y el capitalismo endiosa al mercado como factor de desarrollo. ¿Cuál es entonces la fórmula correcta? ¿Cómo abordar este fenómeno y posibilitar que las naciones subdesarrolladas dejen de expulsar a sus ciudadanos y comiencen el camino del crecimiento? ¿Qué grado de responsabilidades tienen los dirigentes de cada país y el sistema económico mundial en este cuadro? Interrogantes muy amplios y que no parecen tener urgencia de ser abordados en un planeta que, para millones y millones, se torna cada vez más inhóspito. Donde nació buena parte de la civilización, en el Mediterráneo, se está produciendo su lenta muerte.

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