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Martes 07 de Febrero de 2012

Música intimista lejos del legado pop

La belleza sonora, como si fuese una sirena romántica que nunca lo abandona, vuelve a acompañar las melodías de Paul McCartney.

La belleza sonora, como si fuese una sirena romántica que nunca lo abandona, vuelve a acompañar las melodías de Paul McCartney.

Cuando ya está a punto de cumplir siete décadas de vida, el ex Beatle vuelve a los orígenes. A la música que escuchaban sus padres o incluso, como él mismo confesó, a esas canciones que sonaban de fondo cuando junto a John Lennon garabateaban algún clásico de los Fabulosos Cuatro de Liverpool.

A lo largo de 14 temas jazzeros, Paul rescata algunas gemas de la música norteamericana de 1920 a 1940, que no necesariamente son standards. Y ahí está el hallazgo.

Porque no hizo como Rod Stewart con su interminable lista de "The Great American Songbook", que no por eso deja de ser interesante aunque es criticable su apetito comercial, y mucho menos como Michel Bubblé o Robbie Williams en "Swing When You're Winning", que utilizaron big bands para sonar modernos y potentes.

Paul seleccionó temas que lo conmovían más allá de las modas y del mercado discográfico, y los muestra con una interpretación sobria, madura, sensible, sin fuegos de artificio.

Desde la apertura con "I"m Gonna Sit Right Down and Write Myself a Letter", este trabajo exhibe una calidez conmovedora. Con sólo cerrar los ojos ante perlitas como "Home", es fácil imaginar a Paul casi susurrando al oído en una actitud de honestidad brutal.

Un detalle no menor es que en 13 de las 14 canciones, Paul estuvo acompañado por el piano de Diana Krall, quien tocó junto a su banda, suficiente para que el jazz que suena sea de un nivel superlativo.

Otro detalle fue el productor Tommy LiPuma, que supo encontrarle un sonido íntimo a este trabajo, pensando más en la esencia de las canciones que en la figura del ex Beatle. No es muy común escuchar a McCartney sobre un barrido de escobillas, o silbando y haciendo un contrapunto rítmico con el violinista Andy Stein, como en "It"s Only a Paper Moon", o con una voz de color atípico, como en "More".

En "Kisses On The Botton" no se encontrará un guiño beatle, excepto porque la Sinfónica de Londres grabó en Abbey Road, ni baladas pop del sello McCartney.

Pero es un placer comprobar que Paul puede sonar más jazzero que nunca en lo que fue la banda sonora de su vida, y darle esa impronta aún en los dos únicos temas propios: "My Valentine", con la guitarra impar de Eric Clapton, y "Only Your Hearts", que cierra el disco con un solo de armónica como sólo Stevie Wonder puede hacerlo. Paul se reinventa. Y, por si alguien lo dudó, sigue vivo.

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