Opinión
Sábado 04 de Junio de 2016

Morir en el Mediterráneo

En foco. Aviones con turistas se desploman. Refugiados escapan de la guerra y la miseria con barcazas precarias, pero naufragan y mueren. Movimientos xenófobos rechazan a los inmigrantes. Es un escenario dramático que tiende a tornarse habitual y plantea un desafío a Europa y al mundo.

Por mar o por aire, el mar Mediterráneo se ha convertido en los últimos tiempos en el cementerio de centenares de personas que, por distintos motivos, intentan atravesar sus aguas. Lejos de los poemas de Antonio Machado, de las canciones que inspiró o de su historia como cuna de la civilización, el Mediterráneo se ha convertido en sinónimo de muerte en un mundo globalizado que no encuentra la forma de terminar con el desprecio por la vida humana.

El probable atentado contra el vuelo de la compañía egipcia EgiptAir que volaba el 19 de mayo pasado de París a El Cairo con 66 personas a bordo es un nuevo ingrediente de una sucesión de ataques contra objetivos civiles que no tienen otra finalidad que matar a la mayor cantidad de personas posibles. La máquina cayó a unos 321 kilómetros al sureste de la isla griega de Creta.

Es llamativo que esta vez el avión derribado haya partido de Francia y no de una zona de menor control de seguridad en África. Precisamente el gobierno de aquel país viene promoviendo una conferencia internacional para relanzar el proceso de paz en Medio Oriente, que comenzó ayer en París. "Estamos en una situación de crisis particularmente inquietante. La situación en el terreno se degrada cada día", dijo el canciller galo Jean-Marc Ayrault, quien es el anfitrión de una reunión de la que participarán los miembros del Cuarteto de Paz para Medio Oriente (ONU, la UE, Rusia y Estados Unidos) y varios países europeos y árabes.

Casualidad o no, el presidente francés François Hollande impulsa desde hace tiempo el proceso de paz y Francia ha sido víctima de dos grandes atentados el año pasado, el de la revista Charlie Hebdo y el de los ataques al Teatro Bataclan y varios restaurantes parisinos.

Tampoco parece ser producto del azar que en octubre del año pasado un avión comercial ruso de la compañía Metrojet estallara, por una bomba colocada en la bodega, en el norte de la península del Sinaí a los pocos minutos de haber despegado del aeropuerto egipcio de Sharm El Sheij. La nave, repleta de turistas rusos y bielorrusos iba a San Petersburgo y en su ruta tenía previsto atravesar parte del Mediterráneo. El presidente ruso Vladimir Putin tiene cada vez más injerencia en la guerra civil siria, donde apoya al dictador Bashar Al Assad con armas y tropas. Es probable que esa haya sido la respuesta de los grupos terroristas que luchan por derrocar a Al Assad dentro de Siria pero que tienen poder de fuego, como Al Qaeda o Estado Islámico, para atacar objetivos en otras regiones.

También un avión inglés de la empresa Thomson Airlines que estaba por aterrizar en Sharm El Sheij se vio involucrado el año pasado en un incidente no del todo aclarado. Tras cruzar el Mediterráneo para llegar al aeropuerto egipcio, los pilotos lograron esquivar un misil que pasó a 300 metros del avión. La investigación se archivó cuando la inteligencia británica informó que probablemente se haya tratado de un misil del ejército egipcio que hacía prácticas en el Sinaí. Todo quedó ahí, pero las dudas no se disiparon, tal vez para no introducir más temor en uno de los lugares preferidos de los turistas europeos, como son las paradisíacas playas egipcias de arena blanca y agua transparente del mar Rojo.

Los refugiados. En una situación distinta radicalmente a los que mueren en el aire sobre el Mediterráneo se encuentran los miles y miles de refugiados que intentan dejar el hambre y la guerra en países acosados por la peor miseria del ser humano, donde vivir o morir es una condición azarosa.

Todos los días las costas del sur de Europa, principalmente Grecia e Italia, se ven inundadas de precarias embarcaciones que trasladan a familias enteras que buscan un poco de dignidad en la rica Europa. Decenas mueren ahogados en el intento porque los "traficantes humanos" que los llevan desde las costas africanas del norte los amontonan en barcazas que no cuentan con las mínimas condiciones de seguridad y a menudo terminan hundidas en el fondo del mar. Hace diez días unas 500 personas naufragaron cerca de Sicilia cuando la embarcación con la que pretendían llegar a Europa se dio vuelta. La Marina italiana rescató a casi todos, menos a cinco que murieron. Y en las últimas 96 horas hubo más naufragios y centenares de muertos. Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) en lo que va del año se han ahogado cerca de 2.500 personas en las aguas del Mediterráneo. En ese mismo período de cinco meses las muertes fueron 1.855 en 2015 y 57 en 2014.

Los refugiados, que también se animan a travesías terrestres, vienen de Siria, Libia, Afganistán, Irak y naciones africanas que aunque no estén en conflicto armado son considerados Estados fallidos, es decir, que no pueden garantizar a sus habitantes esenciales condiciones de vida mínimas. Falta de agua potable, saneamiento sanitario, electricidad, vivienda e inexistencia de un trabajo digno es lo más usual en poblaciones con grados de subdesarrollo absoluto.

Si bien no en el Mediterráneo, pero muy cerca de allí, en el mar Egeo, la terrible imagen del niño sirio ahogado el año pasado en las costas turcas de Bodrum retrata todo el drama. El chico se llamaba Aylan, tenía tres años, y su bote naufragó. Apareció muerto flotando junto a su madre y un hermano menor. Sólo el padre sobrevivió. La familia venía de Kobane, en Siria, donde la banda criminal Estado Islámico aniquila a quienes no se someten a su estricta interpretación del islam. Desde esa imagen del niño boca abajo y ahogado hasta hoy, ¿hubo algún cambio?

Un caso especial. Hace unos días, la televisión alemana emitió un impactante informe sobre cómo la población africana intenta llegar a las costas europeas. Para eso, siguió el caso de un joven de Eritrea que pudo juntar algunos ahorros para poder financiar su travesía. El muchacho pagó todo el dinero que tenía, unos 500 euros, (el ingreso de todo un año) a un contrabandista para que lo acerque al norte de África y desde allí intentar cruzar el Mediterráneo. Antes, debía atravesar Sudán, tierra de nadie y plagada de grupos criminales y bandas fundamentalistas islámicas. El contrabandista lo estafó porque lo abandonó a poco de salir y su intento de cruzar el desierto sudanés fue en vano. Regresó a Asmara, la capital eritrea, y salvó seguramente su vida. Si sorteaba el peligroso Sudán y luego Egipto o Libia, en su camino hacia el norte del continente, era muy probable que el cruce del Mediterráneo resultaría fatal, ya sin dinero ni comida y sólo con lo puesto.

Los televidentes alemanes se conmovieron con la crudeza de la historia y comenzaron a enviar dinero para que el muchacho pudiera pagarse sus estudios y tenga una vida medianamente normal en su país de origen. Pero sólo se trata de un caso particular con final feliz. ¿Y los miles y miles de africanos en la misma situación de desesperación?

Este año ya han llegado a Europa, por distintas vías marítimas o terrestres, unas 169 mil personas provenientes de Medio Oriente y África. Varios países europeos, como Austria, vienen tomando medidas restrictivas contra los refugiados e incluso la Unión Europea (UE) y Turquía han celebrado un acuerdo para contener y deportar a los migrantes. Mientras la gente sigue muriendo en el Mediterráneo y otras zonas de desplazamiento, los movimientos xenófobos crecen en Europa a la par de la llegada de los refugiados quienes, además de la travesía riesgosa, enfrentan el rechazo de parte de la población.

Para José Antonio Bastos, presidente de Médicos Sin Fronteras de España, "estamos ante el mayor desplazamiento de población al que ha asistido la humanidad en décadas: más de 60 millones de personas se han visto obligadas a huir desesperadas, a abandonar sus hogares debido a la guerra, la pobreza y la opresión y sólo un pequeñísimo porcentaje de estos hombres, mujeres y niños han arriesgado sus vidas emprendiendo un peligroso viaje en embarcaciones abarrotadas para llamar a las puertas de Europa". En un nota que escribió para "Europa Press", el médico fue terminante: "Ante esta crisis, los líderes europeos tenían elección: podían optar por trabajar conjuntamente para brindar protección y ayudar a quienes lo necesitaban, o podían rechazarlos y escoger por enviar a estas personas a otros países donde los europeos no pudieran ver su sufrimiento y los líderes de la UE pudieran ocultar más fácilmente su vergüenza. Por desgracia, han optado por esta segunda opción".

La pregunta, sin una respuesta clara ni absoluta, es qué hacer para detener esta verdadera catástrofe humanitaria.

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