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Jueves 03 de Septiembre de 2015

Montañas de silencio

Su madre le cuenta que les ponía nombres a los sapos y comadrejas, que los animalitos silvestres eran los únicos juguetes de la infancia.

El departamento quedaba por la calle Mitre, adentro todo estaba revuelto y arriba del colchón el cuerpo de un hombre se había desangrado por efecto de una decena de puñaladas. La víctima era un profesional de 47 años que había sido funcionario en un cargo político en una municipalidad del Gran Rosario y muy conocido directivo docente de una universidad privada. El teatro criminal ponía clara la evidencia de un robo. Pero galgueaban varias preguntas. ¿Por qué ese hombre estaba desnudo? ¿Qué hacía ese solitario zapato de mujer plantado en el medio del living? ¿A qué se debía que la mayoría de los cortes fueran superficiales?

Las respuestas empezaron a anudarse con los dichos de un amigo. Este refirió que el profesional le había contado que al día siguiente era su cumpleaños. “Me encierro a festejar por las mías con una morocha divina con la que hice contacto”, le había dicho. Para el amigo era claro que iba a tener sexo pago y ese fue el dato que le dio a la policía.

Ahí cada pieza empezó a encajar. Los porqués del cuerpo desnudo, del zapato de mujer perdido en una huida a las apuradas, la idea de que, como se vio muchas veces, una cita por placer ocasional hubiera habilitado el ingreso a otros para cometer un robo. Las heridas no profundas sugerían el propósito de los agresores de atormentar a la víctima para arrancarle una confesión sobre dónde guardaba el dinero.

Tal vez no querían matarlo pero el filo del puñal tocó una arteria y provocó una hemorragia sin freno.

No fue que se aludiera a la presencia de una prostituta en la escena del crimen por un propósito especulativo, morboso o moralista. Enunciarlo era la necesaria explicación para un asesinato que fue el más establecido caso policial en aquel verano de 2007. Sin embargo arreciaron indignadas réplicas, sobre todo de amigos y compañeros de trabajo del profesional, muchas en forma de cartas de lectores, cuestionando la falta de delicadeza del medio por exponer una intimidad y por desmerecer la impecable estatura humana de la víctima.

Con los actos de violencia extrema suele florecer la incomodidad de lo no dicho. Y eso nunca suele ser suave. La verdad de ciertos aspectos del mundo, las fragilidades, las manías, las obsesiones y las expectativas de nuestra clase media no se presentan en oleadas calmas sino que estallan y arrasan lo visible como un río de montaña.

Cuando hace nueve días desapareció Diego Sarjanovic, el gerente financiero de la empresa gastronómica Mc Catering, imperó entre sus íntimos una incertidumbre aterrada. Muy rápidamente en su círculo sabían que esa ausencia no era el escape de una persona por un arrebato de agobio. Lo suponían en graves problemas. En los más irreversibles.

Pero sin embargo en ese momento de duda apremiante desde el entorno del ausente se destacaban otros rasgos: una persona tranquila, a la que le gustaba la vida al aire libre, que jugaba los fines de semana al fútbol en el Jockey Club, muy amoroso padre de sus hijos. “Un tipo normal, sin ninguna cosa extraña”, decía Jorge Cura, titular de la empresa que empleaba a Diego hacía veinte años.

En la superficie de un imprevisto súbito que quiebra una rutina de vida y la expone públicamente hay de ordinario un rasgo repetido: el enaltecimiento de los hábitos de la víctima como un modo de desacoplar su responsabilidad de un eventual destino desafortunado.

En el periodismo de tipo policial es notorio cómo frente a casos de esta clase se despliega la insistencia con ese molde. Y eso provoca en quienes cuentan las historias, también entre quienes las reciben, una mirada a la vez escéptica y desesperanzada por cómo se recurre a las idénticas explicaciones cada vez que la evidencia se emperra en demostrar que las cosas son de otro modo.

Con el avance agónico de las agujas del reloj también corría el fin de semana pasado la desesperación por el destino de Diego. Y con eso iban apareciendo otras cosas desde su mismo entorno, cada vez más interesado en encontrarlo que en la hegemonía de las apariencias. Así surgió que hacía manejos de dinero en cuevas financieras, que tenía una amante hacía tiempo que hoy está presa por su asesinato, que llevaba una vida sofocada por sus ahogos con plata, que lo hacían recurrir a psicotrópicos y otras sustancias para sobrellevar ese agobio.

Lo significativo es que esto no anula lo otro. Diego era efectivamente una persona apreciada por sus miles de conocidos, hombre de club, buen padre, responsable empleado, generoso con sus amigos. Pero se supone, porque lo admitieron sus íntimos, que era todo lo otro.

En estos contrastes sólo aparentes los estatutos de normalidad estallan como cañonazos. ¿Qué es la normalidad? En términos de regularidad de conductas habrá que aceptar que lo normal está de los dos lados. Del lado de la persona que adora a su familia pero se apasiona con su amante, del que tiene un trabajo legal pero bicicletea con dinero en el circuito negro, del que persigue los sueños de prosperidad de cualquiera al costo de sostenerlos a base de ansiolíticos.

Normal o anormal son nociones que se construyen según la norma que pongamos en juego. Pero hay una vasta clase social, la nuestra, que se niega a revisar un idealismo basado en mitos variados: los de la autosuficiencia económica, la intimidad monogámica y la familia perfecta, la consecución de lo que hay que tener para poder existir socialmente ante los demás con una reputación sin fisuras.
Cada tanto un crimen tremendo irrumpe con la fuerza necesaria para demostrar la cantidad de cosas normales que se hacen diariamente pero que no pueden decirse. Tapamos la fragilidad y el infortunio de nuestros sueños con deudas en la timba, con amantes, con drogas, con alcohol, con putas. El costo de ese silencio ficcional suele ser una pila de Rivotril o el despliegue de una vida a una velocidad suicida que impide ponernos a considerar qué cosas tenemos, por cuáles vamos, qué somos.

Como la violencia es el sinceramiento desbocado de esa montaña de silencio, porque la violencia está en el lugar de aquello que no alcanzó a ser representado de otro modo, los periodistas de Policiales estamos habituados a considerar estos eventos presentados como atípicos como harto normales.

Un síntoma de negación y quiebre es que sigan presentándose como anómalas conductas que reconocemos tan usuales, un producto genuino de nuestras relaciones sociales, lo que invita a seguir echando tierra bajo la alfombra y a que la sangre siga corriendo.

En Policiales se ve a diario el efecto de esas cosas que no pudieron hablarse en nombre del buen nombre merecido por la víctima. Hace unos meses un hombre adorado por su familia apareció en un camino secundario aledaño a Rosario dentro de bolsas de consorcio. Por el crimen fue atrapado un comerciante del macrocentro querido por sus vecinos. Se ignoraba que ambos tenían una relación íntima. Cuando la muerte ya era la evidencia de lo más grave eso dejaba explicado lo ocurrido, pero la familia de la víctima imploraba que nada se dijera. Un mutismo enturbiado y forzoso recubre las desapariciones de los financistas Mariano Benedit, Damián Stefanini y aquí la del asesinado Walter Serra. Lo significativo es que ese silencio se alimenta desde los reductos más cercanos a las víctimas. La obsesión de preservar el buen nombre cuando de la vida no quedó nada es una marca de todas las épocas.

En la conciencia de nuestra debilidad puede haber un valor que nos aleje del peligro, pero eso nos obliga a rechazar el magnetismo despótico que tiene la mentira que, al final, nos hace trizas. El asunto es una cantera inagotable para el arte. Francis Scott Fitzgerald lo pinta en El gran Gatsby, sobre los formidables costos que tiene para un nuevo rico, Jay Gatsby, sostener su cuento de hadas. O se ve en Belleza americana, el filme de Sam Mendes, sobre el desquicio de una familia arrinconada de aflicción, cuyos miembros se convierten en esclavos de sí mismos tratando de buscar ideales de éxito.

Lo perturbador de estos crímenes en las franjas medias de relativo buen pasar nadie desea oírlo de tan conocido. Y es que es esa parte celebrada como la normalidad —las rutinas familiares y las laborales, los mandatos sobre lo que debemos poseer— lo que nos esclaviza. Es ahí donde irrumpe como un torbellino esta otra normalidad, una normalidad deforme, que explota con una ráfaga de disparos o con un montón de puñaladas, de una manera que sólo a primera vista es asombrosa. Estas muertes desnudan la fantasmagoría de nuestros sectores medios. Lo que parece irreconocible suele estar muy próximo.

 

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