La ciudad
Domingo 12 de Junio de 2016

Monchi, Lourdes y las ausencias que interrogan

Lourdes tenía 14 años, la madre había muerto y el padre la había abandonado. Vivía con sus hermanos en una casa de techos bajos del barrio de La Carne, en la zona sur.

Lourdes tenía 14 años, la madre había muerto y el padre la había abandonado. Vivía con sus hermanos en una casa de techos bajos del barrio de La Carne, en la zona sur. Su muerte podría condenar a prisión perpetua a uno de los delincuentes más buscados de los últimos años: Ramón Machuca, alias Monchi Cantero, quien fue detenido esta semana en Buenos Aires. Dos historias de ausencias que se cruzaron una noche de mayo de 2013 y dejaron al desnudo una red de connivencia, corrupción y violencia.

   Lourdes estaba a dos semanas de cumplir los 15. Sus días transcurrían como los de cualquier adolescente. Risas, salidas con amigas y largas y confidentes charlas camino a la Técnica de San Martín y Arijón, donde cursaba primer año.

   Ajeno a esto, desde la clandestinidad, un pibe que décadas atrás deambulaba sin rumbo por la zona de Circunvalación y Rivarola daba órdenes desde un Nextel y administraba un "negocio" familiar que se cimentó en muertes. El líder del clan Cantero lo había adoptado y Monchi se había criado en La Granada junto a los hijos de "El Viejo": Guille y El Pájaro.

   Monchi daba órdenes. Sicarios y soldaditos obedecían y, por esas circunstancias indescifrables que algunos achacan al destino, se cruzó con Lourdes; esa nena por cuya muerte ahora podría terminar con prisión perpetua.

   La vida no era fácil en la casa de Conscripto Bernarda 6374 donde la adolescente pasaba sus días junto a dos hermanas y un hermano. Sin presencia paterna y con la ausencia de la madre fallecida, las cosas empezaron a salirse de control y fue su hermano, al parecer, quien generó una "bronca" en el barrio que terminó con su vida.

   Una de las hermanas de Lourdes admitió en declaraciones a la prensa que su hermano "tal vez vendía drogas". El pibe habría cometido un error. Vendía en su casa, territorio de Los Monos, muy cerca de un búnker administrado por Monchi.

   Lo que siguió es historia conocida y hasta juzgada. Monchi consultó a un policía de la ex Drogas Peligrosas si esa casa estaba "protegida" por la repartición, el agente le dijo que sí, pero le dio vía libre para que actuara.

   Los sicarios llegaron la noche del 15 de mayo de 2013, rociaron el frente a balazos y uno de los proyectiles se llevó la vida de Lourdes.

   Tal vez ellos jamás se hayan visto, pero sus historias son el epílogo de un camino en el que se entrecruzan complicidades, corruptos... y ausencias múltiples: de valores, de afectos y del Estado.

   El okey de un funcionario policial que trabajaba para un delincuente terminó con la vida de una nena que vivía en el seno de una familia disgregada. Todo confluyó para terminar en tragedia. Como un cáncer que se expande sin que el médico lo detecte, a pesar de que esa enfermedad da síntomas cada vez más visibles.

   El poder del Monchi y los Cantero creció sin límites. Nadie lo advirtió, o no lo quiso advertir, o quizás miró para otro lado porque ese crecimiento daba jugosos dividendos. Y en el medio hubo muertes. Historias truncadas cuando apenas empezaban a garabatear los primeros trazos de la vida.

   Dos semanas después del ataque fatal a su casa, su hermana Georgina subió un video a YouTube en el que a Lourdes se la ve sonriente. "Recordémosla con esa sonrisa hermosa, esos gestos inconfundibles", escribió. También debería recordarse como la vida que se cortó de golpe producto del crecimiento de una banda delictiva que, tal como lo comprobó la justicia hace dos semanas con la condena al policía que trabajaba para Monchi, tenía aceitados contactos en esferas oficiales.

   ¿Cuántas vidas más se seguirán perdiendo mientras algunos funcionarios nacionales utilizan la detención de Monchi para hacer política y remarcar que ahora los rosarinos viven un poco más seguros?

   Esa frase dejó al desnudo lo peligroso que es tomar a la inseguridad como bastión político. Horas después de esa declaración, un barrabrava fue acribillado en la puerta de la cancha de Newell's a plena luz del día. Cuatro y media de la tarde.

   Una vez más la realidad eclipsa los discursos altisonantes y las historias como la de Lourdes siguen interpelando, desde sus múltiples ausencias. ¿Hasta cuándo?

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