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Domingo 08 de Diciembre de 2013

Momento de incompetencia y mezquindad

La pregunta sobre si el gobierno nacional cambió después de las elecciones de octubre quedó licuada en las horas en que Córdoba se incendiaba con robos y saqueos.

La pregunta sobre si el gobierno nacional cambió después de las elecciones de octubre quedó licuada en las horas en que Córdoba se incendiaba con robos y saqueos. El propio Jorge Capitanich arriesgó en esa coyuntura el prestigio personal de “administrador que hace y se aboca a las cosas”. El gobernador José Manuel de la Sota no tiene modo de explicar su impericia y negligencia a la hora de prevenir y evitar los desastres que se produjeron en su ciudad capital. La Casa Rosada, tampoco encuentra forma de justificar su inacción.

Hace poco menos de dos meses, cuando se vio obligado a descabezar la policía mediterránea embarrada con el negocio del narcotráfico, de la Sota fue advertido explícita e implícitamente. Le iban a pasar factura. Si a eso se suma el inadmisible sistema de remuneración y consideración que tienen los policías, el caldo de cultivo era el perfecto. Un uniformado que debería salir a defender la vida de sus conciudadanos no sólo tiene un sueldo básico con cargas sociales de 2500 pesos. El resto es, un poco más del doble, en negro. Nada de eufemismos como “no remunerativos o no bonificables”. A un vigilante callejero se lo pertrecha con 10 balas por turno, sobre las que debe rendir cuentas en cada regreso a su oficina haciendo una planilla por proyectil utilizado con consigna específica de hora, lugar y motivo de la detonación o faltante. Las ropas y calzados para prestar servicio no se renuevan en un año a menos que le policía las compre de su bolsillo. Y muchas denigraciones más que, acá sí, son bien federales. Con matices esto pasa en Córdoba, Buenos Aires y por supuesto Santa Fe.

De la Sota sostuvo a su ministra de seguridad que no advirtió el acuartelamiento policial ni supo cómo reaccionar frente a él. No obligó a renunciar a su secretario que le aconsejó mandar un fax (en el siglo XXI, un fax) a la jefatura de gabinete ni removió al asesor que le aconsejó decir que tenía el número del celular viejo para comunicarse con Casa Rosada. Incompetencia flagrante y pura.

Cuando el martes pasado traía la noche y los robos en banda, tres ministros nacionales conversaban por teléfono mirando los noticieros porteños que mostraban las primeras imágenes. El siempre atento secretario Sergio Berni llamó desde su celular a Capitanich para pedirle que le autorizaran enviar gendarmes. Fue antes de la medianoche en un diálogo que promovió el titular de seguridad desde el barrio de Palermo a donde se encontraba brindando una nota periodística. Sólo le dijeron que esperar instrucciones.

El ministro coordinador estaba de acuerdo con enviar efectivos para pacificar Córdoba. Sin embargo, recibió la orden concreta de un todopoderoso secretario de estado que frecuenta diariamente a la presidente: “esperemos”, le dijeron. ¿Quién lo ordenó? Quien conduce unipersonalmente la administración nacional con acuerdo de quien vela por la legalidad de los actos del poder ejecutivo. ¿Esperar qué? “Que sepa hacer este traidor que sacó los pies del plato”, se enteró más tarde todo el gabinete nacional que se inquietaba por lo que ocurría. ¿Por qué? Porque la política del gobierno central fue combatir la ineficiencia cordobesa con inacción mezquina. Los platos rotos, claro, los pagaron un joven de 20 años muerto y miles y miles de comerciantes y ciudadanos de a pie que no entienden estas reglas del juego político.

Tal accionar quedó demostrado con las inexplicables excusas que dio el jefe de gabinete ateniéndose como un exégeta a la palabra fría de la ley de intervención federal. Claro que esa norma prevé el pedido previo de un gobernador de ayuda ante una conmoción interna y la aplicación de un procedimiento ordinario de la constitución. Pero también se sabe que es pacífica la doctrina constitucional que obliga al gobierno nacional a actuar, sin más, en caso de delitos en flagrancia y evidente pérdida de la seguridad física de un grupo de argentinos. Ante un hecho extraordinario, respuesta extraordinaria. Desde el preámbulo que exige asegurar la paz interior hasta las leyes que delegan en el gobierno central el mantenimiento del orden interno, todos esos preceptos son directamente operativos. Daba cierto apuro basado en el mero sentido común verlo a Jorge Capitanich reclamar un papel previo firmado por de la Sota para ir a detener a los vándalos que arrasaban con la ciudad de Córdoba. El gobierno nacional tiene un Ministerio de Salud sin hospitales, un ministerio de educación sin escuelas ni universidades y ¿ahora también fuerzas de seguridad que no garantiza esa misma seguridad?

El chaqueño, con los suyos, también sintió el mismo apuro y hasta un relativo cargo de conciencia. Lo propio el ministro Florencio Randazzo (el más eficiente del gabinete) cuando recibió un llamado de Olivos pidiéndole que públicamente condenara a de la Sota como el único responsable de todo. Claro que entre adultos, nadie puede alegar su propia torpeza ni la política supone obediencia debida ante la mezquindad que arrebata vidas y bienes. Cada uno elige y se hace cargo de sus actos.

Rosario: nuestra ciudad era ayer un hervidero de rumores y consagraba un panorama de mucha tensión. El que haya circulado por la zona sur de Rosario sabe físicamente de qué se habla. Hubo pequeños comerciantes que vaciaron de manera “preventiva” sus locales para evitar saqueos. Muchos herreros aumentaron su producción de chapones y puertas ciegas para blindar negocios linderos a la zona del Casino. Las grandes cadenas están “on line” para comparar informaciones. Hay que desactivar esta malsana cadena que se ha instalado en nuestra zona que promueve y alienta desmanes. En los lugares de más necesidad, siguen apareciendo motos y autos que incitan a los vecinos. Este cronista, sin ojo entrenado, se sorprendió por los comentarios de los vecinos ante las reiteradas apariciones de un Duna Blanco que recorrió Avenida del Rosario 3 veces en una hora, estacionándose a la altura de Oroño. Las redes sociales intranquilizan con mensajes que deberíamos no reproducir.

Antonio Bonfatti consiguió un compromiso moderado de ayuda del jefe de gabinete en su encuentro en casa de gobierno. Jorge Capitanich hizo prevalecer su condición de colega de jefe provincial y le brindó un trato amable y cordial. Ante la primera sospecha de reclamo de los policías de Apropol, se garantizó desde Buenos Aires la presencia de uniformados que patrullaran las calles. Sin embargo, las autoridades locales no pueden evitar la presión que implica completar este mes de diciembre, tan poco grato en el recuerdo a la hora de tensiones sociales. Mucha mezquindad y malicia que no admite inacción mezquina de ninguno de los inquilinos del poder.

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