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Lunes 20 de Mayo de 2013

Miguel Russo, el amigo fiel

El técnico lo hizo de nuevo. Siempre volvió cuando Central más lo precisaba y ahora piloteó al equipo en el peor momento futbolístico de su historia y logró regresarlo a primera división.

Los amigos en serio, los verdaderos afectos, siempre se ven en las malas. No importa el daño que se asuma ayudar a reparar, no importa el riesgo de consecuencias indeseadas que ello implique. El hombro se pone en las circunstancias más terribles, sin pesar cuánto hay de culpa en el otro al que se apoya incondicionalmente. Eso ha sido siempre Miguel Angel Russo para Central. El amigo fiel, el que eligió serlo, porque no nació de sus entrañas y sin embargo optó por darle todo cuando más lo necesitaba. Lo hizo en cada retorno a Arroyito y en cada uno de ellos ese sentimiento que se traduce en actos de trabajo, de inteligencia para aplicar sus saberes y de energía positiva sirvieron para volver a poner de pie a toda la institución. Ahora, con regreso a primera incluido. Los hinchas se encargaron de ponderarlo y agradecerlo ayer en Jujuy, cuando el retorno comenzó a tomar forma. El "este es el equipo Miguel" retumbó como un acto de justicia en la Tacita de Plata.

¿Quién otro sino Russo hubiera sido capaz de cargarse semejante responsabilidad? Y su mérito es mucho mayor porque cada vuelta fue en un contexto peor cada vez. Cuando desembarcó en el 2002 tenía más tiempo para rescatar a un equipo que amenazaba con hundirse tras los espejitos de colores de Menotti, que había asumido con planes exitistas una realidad de bajo promedio por las malas campañas que derivaron de haber privilegiado la Copa Libertadores. Y entonces no sólo revirtió la situación sino que amalgamó un equipo inolvidable que hasta llegó a pelear el Clausura siguiente, zafando un par de fechas antes en un 0 a 0 en Banfield.

Cuando fue llamado en el 2009, acababa de dejar San Lorenzo hacía días y no dudó en arriesgar prestigio con un equipo en el que no eligió uno sólo de sus jugadores, para ir por la heroica. Y no anduvo con doble discurso cuando llegó, como hacen algunos entrenadores, que piensan que asumir la realidad es un petardo anímico. "Esto de entrada es promoción", dijo entonces. Y fue promoción nomás, la primera para el club. Y fue salvación ante Belgrano. Pero cuando todo el mundo pensaba que debía quedarse, no hubo acuerdo con el entonces presidente Horacio Usandizaga. El volvió a hacer su historia lejos de Arroyito. A Central se sabe cómo le fue.

Y ya luego de la segunda temporada en la B Nacional, cuando la dirigencia había quemado todos los papeles, elegido todos los técnicos que todo el mundo hubiera elegido y también muchos de los jugadores que vinieron, y la desazón fue la misma, regresó él por tercera vez. Aún debió sortear una prueba más: la fecha 14. Hasta allí ni su impronta había evitado que el equipo quedara 16° y que su gente ya se resignara a un dolor persistente. Y cuando muchos hubieran renunciado después de la derrota con Douglas Haig y el empate posterior con Ferro, ambos en el Gigante de Arroyito, Russo creyó y superó, no ya la pesada herencia de otros, sino la propia para llegar a este desahogo tan gigante como necesario.

Si su esfuerzo no hubiera servido, no hubiera cambiado el concepto. Porque lo que valen son las intenciones y ellas se vieron, una vez más, hace ya casi un año cuando no dudó en volver a ser un técnico en el ascenso para ayudar a Central en el peor momento futbolístico de toda su historia. Eso es cosa de los verdaderos afectos, es la entrega de los amigos en serio. Y Miguel Angel Russo es eso y a esta altura mucho más para Central. El amigo fiel.

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