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Domingo 10 de Agosto de 2008

Mi patio

-Qué liiiindo árbol, plantas, sol; este patio en medio del centro es un paraíso... -Sí, lindo. Lástima que no es mío... Desde que alquilo el departamento donde vivo y hasta hoy en que me despertó el ruido de una masa desde el terreno lindero, el diálogo ha sido casi siempre el mismo con quienes me visitan. Eso sí, la palabra "paraíso" a veces ha sido reemplazada por "una gloria", "una maravilla" o por un "esto en pleno centro ya no existe".

-Qué liiiindo árbol, plantas, sol; este patio en medio del centro es un paraíso...

-Sí, lindo. Lástima que no es mío...

Desde que alquilo el departamento donde vivo y hasta hoy en que me despertó el ruido de una masa desde el terreno lindero, el diálogo ha sido casi siempre el mismo con quienes me visitan. Eso sí, la palabra "paraíso" a veces ha sido reemplazada por "una gloria", "una maravilla" o por un "esto en pleno centro ya no existe".

Sí, señor. Este espacio de mi casa, mitad jardín y mitad patio y de apenas 6x3, genera comentarios de fascinación y recomendaciones diversas. "¿Por qué no hacés una parrilla ahí?", "¡te falta una Pelopincho y no te movés más de acá en todo el verano!" o "con este verde yo pondría plantitas acá, y también allá".

Escucho todo con suma consideración, pero lejos estoy de esos planes. Ni loca pasaría los tres meses de 40 pegajosos grados rosarinos en mi casa. Además, no tengo mano verde (sólo me gusta regar y en general a las pobres plantas las pudro o seco), el asado cuando es para muy pocos no me parece el mejor de los banquetes y finalmente odio las piletas de lona: me deprimen. El agua siempre está helada o hecha un caldo y aborrezco limpiarlas.

Mis expectativas con mi patio durante todo este tiempo han sido mucho menos ambiciosas. Para una que trabaja puertas adentro mañana y tarde es ya un contento el sólo hecho de abrir la ventana al despertar y ver algo más que una pared. Ni hablar de la ventaja de colgar la ropa allí nomás, sin tener que subir una decena de pisos por ascensor, hasta la terraza, haciendo equilibrio con baldes y fuentones cual desequilibrada. Y del placer que me genera tomar algo de sol y leer al aire libre en el gran silencio que ofrece el centro de manzana.

Sólo eso.

Y ojo que mi patio está en la planta baja de un edificio y alguno de los vecinos me ha regalado puchos que se apagan irremediablemente en mi sillón, pelusas recién barridas, migas de manteles sacudidos al viento y hasta profilácticos usados. No importa, quiero a mi patio.

Pero lo bueno es breve, dice el dicho. Cuando hoy escuché los masazos golpear dentro de mi cráneo y luego a los dos obreros que las tenían en alto decir que allí mismo se levantará en breve un edificio, me di cuenta de que los ratos felices en mi patio habían llegado a su fin.

En la manzana donde vivo y en las que la rodean, en los últimos tres años han construido casi una decena de edificios. Algo menor si se tiene en cuenta, como publicó La Capital, que en los primeros seis meses del año se levantaron en la ciudad cien nuevas torres de 500 metros cuadrados (el 81% en el centro). Oscuridad, ambientes fríos y húmedos y hacinamiento comenzaron a ser moneda corriente, y aún así hay constructores y arquitectos que rechazan el Código Urbano. Una normativa que no le pudo ganar de mano a los ruidos infernales que soportan miles de vecinos desde que comenzó el boom constructor, que no paró las rajaduras de las paredes que provocaron obras linderas, ni verdaderos destrozos. ¿O cómo llamaría usted a la "ventana" que compulsivamente le dejó una empresa de demolición hace pocos días en la cocina de una mujer que vive en Catamarca al 1800?

Cierto que, frente a semejante problema, que no pueda ver plantas, colgar la ropa o tomar sol en mi patio es una verdadera pavada. Y además, ¿por qué no iba a pasarme a mí?

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