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Domingo 13 de Abril de 2008

Mi mundo pasa por el baño

Para algunos será el jardín, para otros el dormitorio o la cocina. Para mí, no hay ambiente como el baño. No hablo de “mí” baño, sino de los públicos y privados que he conocido y seguiré conociendo mientras viva. No exagero: los baños han sido y son parte de mi mundo. Amo los baños.

Para algunos será el jardín, para otros el dormitorio o la cocina. Para mí, no hay ambiente como el baño. No hablo de “mí” baño, sino de los públicos y privados que he conocido y seguiré conociendo mientras viva. No exagero: los baños han sido y son parte de mi mundo. Amo los baños.

Mis padres me cuentan que era muy pequeña cuando comencé a poner en práctica la manía de ir a ver los baños de cada restaurante donde nos sentábamos a comer. Abría la puerta, los miraba, volvía a la mesa, me sentaba y daba el parte: “El baño está limpio”. O, en su defecto, comunicaba sin que nadie me lo hubiera preguntado: “Está asqueroso”.

Creo que la obsesión la heredé de mi abuela Enriqueta y de su hija, mi madre. Mi abuela era una mujer muy humilde y enfermantemente limpia. Vivía en un pueblo y en su casa conocí el escusado. Traspasar el jardín, ir al fondo, abrir la desvencijada puerta y encerrarme en ese oscuro cuarto de ladrillo enmohecido era toda una aventura. Juro que iba más de curiosa que a cualquier otra cosa. Nunca supo mi abuela que yo tiraba el maíz para sus gallinas en ese negrísimo hoyo y me quedaba a escuchar lo lejos que caían los granos.

De mi mamá heredé el mandato “no te apoyes nunca en el inodoro de un baño público”. Lo internalicé como un mandamiento, aún lo pongo en práctica y ya se lo traspasé a mis sobrinos. Porque lamentablemente una se acostumbró que en estos templos escatológicos el piso estará casi siempre meado, nunca se encontrará papel higiénico, carecerán de picaporte y también de gancho donde colgar abrigos y carteras (lo que obligará a quedar en puntas de pie, suspendida sobre el inodoro, con una mano en la puerta y con la camperita en la boca). Y ante el patético trance, algo parecido al exasperante Peter Sellers de “La fiesta inolvidable”, no faltará encima quien dé unos desubicados golpecitos y pregunte: “¿Esta ocupado?”.

Claro que a veces no se la pasa tan mal en los baños. ¿Quién no se ha entretenido leyendo lo que se escribe allí? Entre números telefónicos de supuestas prostitutas, frases adolescentes (“Nati, Lore y Cami. Bariloche 06” ) y caricaturas de miembros masculinos, yo me quedo con un ocurrente “en caso de incendio salir cagando”. O uno más que registré hace años en el baño de la facultad: “Dios ha muerto. Nietzsche”. Y debajo: “Nietzsche ha muerto. Dios”.

Cuando días atrás vi en Angel-A, la última película de Luc Besson, a la bella Rie Rasmussen secándose el pelo en un secador de manos de un baño público de Paris me acordé de haber hecho lo mismo en tantos lugares remotos. Los baños (incluso de los Mc Donald´s y los shoppings) a veces son una salvación, hacen que uno recobre la dignidad. No importa si hay que compartirlos en hostels u hoteluchos, para mí basta con que tengan los olores baratos de la lavandina o la creolina; entro allí y recupero el alma.

Fue en el baño de un bar donde vi por primera vez a alguien aspirar cocaína, y en el de un boliche donde entendí que las mujeres vamos en patota a maquillarnos y arreglarnos el pelo pero sobre todo a comentarnos cómo pinta la noche. En Pompeya entendí el sentido de socialización del baño público romano y en la plaza Sarmiento de calle San Luis, lo esencial que es ese espacio para una erótica y casual cita gay. Creo haber comprendido una mínima y vital parte del mundo islámico a través de un baño público de Marruecos, donde la higiene, la ablución, es una manifestación de fe.

¿El miedo? También lo viví en el baño. Viendo hace más de veinte años y por primera vez “Psicosis”, de Alfred Hitchcock. Hasta ahora sigo desconfiando de lo que hay detrás de una cortina de baño por culpa de esas cuchilladas que le propinó en la ducha el enfermo de Norman Bates a Marion Crane. También hasta hoy sigo espiando bajo las puertas para ver si los pies de alguien delatan que el baño está ocupado. A veces creo que el nene de la comunidad amish del film “Testigo en peligro” está espiándome desde el otro lado de la puerta, con sus piecitos levantados.

En tiempos en que son cada vez más minimals y tienen sensores en los lugares más impensados, yo sueño con tener alguna vez un baño con una gran bañera, equipo de música y biblioteca, como la que vi en una foto que tenía Hemingway en su casa de Cuba. Una vez coloqué un revistero entre el bidet y el inodoro pero se me humedeció todo con el vapor. Por ahora, eso sólo resulta en las revistas de decoración,  no en el baño de mi casa. Seguiré soñando, visitando baños y tratando de entender sus misterios. Porque tienen, y muchos. ¿O alguien me puede decir por qué si hace años existe el botón se sigue pidiendo que “por favor” se tire la cadena del baño?

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