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Domingo 02 de Octubre de 2016

Mi lugar

¿A cuántos habrá matado el afán de trascendencia? Te lo digo yo, que fui uno de aquellos que se mortificaba por vivir en ese rincón perdido de la pampa gringa. Me doy cuenta de que estoy viejo cuando pienso que el tiempo ha pasado demasiado rápido, pero es la sensación cabal que se siente.

¿A cuántos habrá matado el afán de trascendencia? Te lo digo yo, que fui uno de aquellos que se mortificaba por vivir en ese rincón perdido de la pampa gringa. Me doy cuenta de que estoy viejo cuando pienso que el tiempo ha pasado demasiado rápido, pero es la sensación cabal que se siente.

Me acuerdo de las noches frescas de otoño, cuando la tardecita se acortaba abruptamente y la noche se nos venía encima sin los prolegómenos de los largos ocasos veraniegos. Con los muchachos tratábamos de estirar el día juntándonos un rato después de la cena. Podía ser en la vereda de una casa o en cualquier esquina que nos permitiera prender un cigarrillo sin correr el riesgo de que algún "grande" nos provocara la humillación de un reto. Eran devaneos de sueños en los que cada uno creía anticipar lo que vendría y desnudaba sus más urgentes deseos para "cuando terminara la secundaria".

Yo tenía metido, entre ceja y ceja, que el mundo quedaba afuera, más allá de los maizales que rodeaban al pueblo. El futuro estaba al fondo de la ruta negra y extensa que se internaba en los soñados mundos del porvenir. La vida estaba en otra parte porque ahí, seguramente, no estaba. El pueblo era una cosa llana, accesible, sin mayores secretos, con vecinos viejos ocupados en sus quintas con gallinero al fondo y calles polvorientas y anchas, que pedían a gritos el paso del camión regador por las tardes.

Creíamos que la verdad estaba lejos y la teníamos enfrente de los ojos.

Hoy, después de haber andado por más de cuarenta años esos caminos sin fin, de haber conocido algunos de los "otros lugares" con los que soñábamos en la juventud, tengo como meta conseguirme un lugarcito para vivir que tenga las calles anchas y polvorientas por donde pase un camión regador a la tardecita. Quiero encontrar una casa en algún pueblo donde, todavía, los vecinos tengan quinta en los patios de sus casas y, al fondo, un gallinero.

Me gustaría pasar el tiempo que me reste en un lugar así, donde el sonido se pierda en la lejanía y se escuche hablar a la gente desde cierta distancia. Desearía salir a la vereda a la tardecita para ver el horizonte y emitir un parte meteorológico familiar.

Quisiera volver a charlar con esos hombres que tienen en sus frentes marcado el nivel de la gorra que los protege de los soles del campo. Esos hombres que tienen amigos humanos y también comparten secretos con sus perros y sus caballos.

Me gustaría hablar más del tiempo que de los sucesos políticos. Y aún más: me gustaría que la gente volviera a hablar de sus familias, de los destinos de sus hijos y sus hermanos. Hablar de la vida.

En aquellos años viejos, los relojes eran los que pintaba Dalí. Y así de relajados marcaban el tiempo. Todo era más claro y corría más lento, como si el agua fuera más espesa y el aire más diáfano (quizás fueran nuestros pulmones más limpios o nuestra vista más aguda).

Por entonces también soñaba con otro mundo para el futuro. Creía que, alguna vez, se podría compartir más y que la inteligencia iba a demostrarnos que es mejor saber que tener, gozar que juntar, brindar que pelear.

Sé que no es buena la nostalgia por la nostalgia misma. Pero también sé que mucho de lo pasado nos puede enseñar a mirar para adelante. Quizá lo que más extrañe sea aquella inagotable capacidad de amasar sueños.

MARCELO MENICHETTI

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