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Domingo 24 de Julio de 2016

Metiendo la nariz en la diferencia

Desconfiado de las certezas e interesado en los matices, Alejandro Grimson dice que para entender la cultura política es crucial examinar sin prejuicio aquello con lo que uno disiente.

Una forma de analizar la coyuntura es pensarla como resultado de un repertorio de hábitos de la cultura política. Alejandro Grimson es un antropólogo social que le escapa a los dogmatismos. Hace ocho meses discutió con aquellos que pensaban el triunfo del PRO como equivalente a la derechización del electorado. Hoy lo hace con los que ven a la corrupción como un distintivo excluyente del kirchnerismo sin reparar en el programa de reivindicaciones populares legítimas que distinguió a ese espacio hoy en crisis. Zafar de las rigidices y los binarismos no presupone equidistancia o tibieza. "No soy neutral. Pero en democracia es crucial entender aquello con lo que uno disiente. Sobre todo si eso es el 50 por ciento de la población".

—Los sectores progresistas aún procesan la ajustada derrota de la última elección. Dijiste en un artículo que era falso que haya habido un giro a la derecha y que subestimar a los adversarios o al electorado son pecados graves en política. ¿Por qué esa advertencia?

—Una pregunta política pero también antropológica es por qué en determinados contextos sectores sociales se movilizan o votan opciones que, a mi juicio, pueden ser dramáticas para esos mismos sectores sociales. ¿Por qué lo hacen? Obviamente porque no consideran eso. Escuché muchas acusaciones sobre lo desastroso que es el pueblo argentino que eligió esta alternativa electoral. Es público que no fue la mía. Pero si el pueblo hizo esta opción en un 51 % la pregunta pertinente es qué había en el menú de ofertas. En el supermercado uno compra lo que está expuesto y no lo que no hay. ¿Qué había disponible para votar? ¿Cuán atractivo era lo que ofrecía el FPV y las demás alternativas? Entiendo que el 51% no votó por lo que hoy está haciendo Macri. Pero en los últimos cuatro años el gobierno anterior estuvo hablando de la década ganada, de un pasado de realizaciones más que de un proyecto de futuro, sin construir una sucesión y negando lo ocurrido en las elecciones primarias. Los adversarios políticos de Macri cometieron errores y de ellos Macri supo beneficiarse.

—No haber podido construir una opción atractiva para esas franjas no convencidas que acompañaron antes.

—El kirchnerismo fue consolidando su espacio de apoyo en un tercio de los votos. Macri en las Paso obtuvo el 25 por ciento y sus aliados lo hicieron llegar a un 30 por ciento. Pero había otro tercio por disputar. El kirchnerismo construyó su campaña con un relato épico hablándole a su tercio y no al resto de la población. Y la mayoría del electorado, creo yo, comenzó a sentirse distante de ese relato, más allá de cuánto tuviera de verdad. El 37 por ciento que votó a Scioli en la primera vuelta tampoco era kirchnerista puro. En ese sentido se fue perdiendo mucho la sintonía con la sociedad. Si uno piensa en por qué vastos sectores de trabajadores apoyaron a Macri, como ahora recibe apoyo un empresario como Donald Trump en Estados Unidos, la pregunta es dialogar y meditar para lograr definir qué los lleva a eso. Decir simplemente "son la derecha" no ayuda mucho.

—Eso lleva a la cuestión de la alteridad en política. Macristas y no macristas consideran una anomalía todo lo que proviene del otro. El diálogo, más que imposible, se vuelve no deseable. ¿Qué efectos tiene esto en el proceso político?

—Lo que describís es un defecto de nuestra cultura política y de nuestras formas de convivencia democrática. Tengo en mente una frase del antropólogo Clifford Geertz: "Tenemos que intentar comprender aquello que no podamos compartir". Lo traduzco a la cultura política diciendo que es crucial en la democracia entender eso con lo que disiento. Sobre todo si se trata del 25 o el 50 por ciento de la población. Viviríamos en una cultura política mejor si pudiéramos debatir las disidencias profundas que separan a proyectos de país muy distintos, por ejemplo, criterios sobre la distribución social de los recursos. Es muy dañina para la Argentina la dinámica que adquiere la polarización con estigmatizaciones simplistas y muy brutales. En esta coyuntura si vos defendés ideas que no son las del gobierno actual te acusan de ser kirchnerista, y si sos K sos automáticamente corrupto. Es una completa locura.

—Y al revés también pasa. Parece improbable que cada elector de Macri sea derechista o antiobrero.

—Pero claro. Cuando decimos que el que vota a Macri es un facho no entendemos nada de lo que está pasando. En los votos masivos siempre hay motivaciones múltiples. No se llega al 50 por ciento de los votos sin diversidad de votantes.

—En algún momento vos decías que el problema del kircherismo es haberse embriagado con aquel 54 por ciento de 2011 como si fueran todos votos propios.

—Eso es un aspecto que se conjugó con la ilusión reeleccionista de muchos, lo que fue postergando la discusión sobre la sucesión de la ex presidenta. Al mismo tiempo se oscurece la evidencia de que cualquier porcentaje —el de Cristina en 2011 o el de Macri en 2015— son recortes momentáneos. La sociedad es muy dinámica. Si querés mantener un porcentaje alto tenés que seguir convenciendo al electorado. Para eso hay que aceptar sus divisiones, estudiar las diferencias, entender sobre qué bases se da la aprobación o el alejamiento de los que te votaron.

La cresta de la ola

En Mitomanías argentinas, un libro que en 2014 se convirtió en best seller, Grimson analizó las representaciones ideológicas que afectan el debate público, exagerando algunos rasgos y omitiendo otros, o presentando como naturales conceptos que derivan de una interesada formación histórica. Hoy un tema que organiza la agenda, unifica y divide es la corrupción. El episodio circense de un ex secretario de Obras Públicas arrojando bolsones repletos de dinero en un convento aparece como demoledor al dar una idea de corrupción sistémica en el gobierno del FPV. Al mismo tiempo ni la Justicia ni los medios ofrecen atención comparable a las cuentas off shore del actual presidente, que se hacen para evadir impuestos, ni se pondera el papel lamentable ante eso de la funcionaria a cargo de la Oficina Anticorrupción, o que se haya designado en la Unidad de Investigación Financiera (UFI) a ex abogados litigantes contra Argentina por temas de deuda pública o de bancos lavadores de dinero.

"Lo primero a decir es que los dineros públicos son sagrados", afirma Grimson. "Ese debería ser el principio rector de toda la vida democrática. Hoy vemos situaciones de corrupción en distintas fuerzas políticas aunque las investigaciones judiciales recaigan más en una sola. Si el Poder Judicial segmenta así eso no se llama transparencia, ni justicia ciega ni ecuanimidad. Uno desea que se investigue a todos, que los culpables tengan la condena que merecen y que se sepa toda la verdad. Esas verdades que seguramente van a afectar a sectores políticos no deberían modificar el debate argentino sobre distintos proyectos de país. Y espero que la corrupción no despolitice las otras discusiones que el país tiene que dar. El menemismo había sido obsceno con la riqueza acumulada, las Ferraris y el lujo de los funcionarios. Para mi ahora José López en el convento expone esa misma obscenidad en los bolsos con millones, en el arma, en los relojes, en la plata de Qatar. Pero si alguien apilara los 18 millones de pesos que tiene en Bahamas el presidente actual y le sacara una foto eso también sería obsceno. Pasa que ese dinero es de homebanking, no se le puede sacar una foto y no sale en la tapa de los diarios más importantes. Por eso el desafío enorme es que haya ecuanimidad en todas las investigaciones. Que todos los que tienen que responder en la Justicia respondan.

—Un fiscal económico nos contaba esta semana que en la universidad pública un profesor suyo de Derecho Tributario enseñaba a evadir impuestos. ¿Hay modos de corrupción que toleramos mejor?

—Investigué las opiniones que tienen los argentinos sobre los impuestos. Tener institucionalizados mecanismos para enseñar a evadir impuestos es una corrosión muy fuerte de la sociedad. Tenemos pendiente una reforma tributaria porque nuestro sistema es regresivo. Ahora ya Juan B. Justo decía: Sin impuestos no hay democracia. Hay un gran libro que se llama El costo de los derechos cuyos autores, Stephen Holmes y Cass Sunstein, señalan que garantizar bienestar no es gratis, las libertades privadas tienen costos públicos. Si vos vivís en un country cuando hay un incendio querés que vengan los bomberos. Sin impuestos no hay democracia. Un punto de consenso entre los argentinos es querer un Estado más presente. La disidencia pasa por cómo sostener a ese Estado cuya presencia queremos. Ese Estado tiene que estar más presente con más transparencia y eficiencia pero con un pago de impuestos justos. Y es verdad que no vemos como un hecho de corrupción especializarse en evadir impuestos o en dejar de pagarlos si podemos. Lo del docente es ejemplar porque él cobra el sueldo de los recursos públicos, es decir, de los impuestos que enseña a evadir. El problema es que no se controle a quienes incurren en evasión sistemática que convierten a esta sociedad en mucho más injusta e insegura.

—Ante la corrupción circuló cierto planteo de que para hacer política hay que tener recursos y que los partidos populares parten en desventaja ante los más ricos. Tiene de interesante que hace foco en el financiamiento proselitista, pero daría la idea de que no está mal envilecerse un poco...

—Si uno quiere vivir en una sociedad democrática tiene que haber igualdad de oportunidades para hacer conocer propuestas e ideas. Eso está aceptado en las leyes con la publicidad electoral sostenida por el Estado. Obviamente eso no alcanza. Está bien discutir el financiamiento de la política donde hay que considerar incluso la capacidad de nombramiento de asesores que tiene cada legislador o funcionario. Debe haber financiamiento ecuánime para que sea una competencia entre iguales y no definida por los millones que tenga un candidato sobre otro. Ahora es una calamidad pensar que ese desnivel se puede resolver a través de la corrupción. Primero porque si violas tus principios éticos no tenés vuelta atrás. Segundo porque la política termina condicionada por las exigencias de ese financiamiento lo que termina siendo un búmeran. El caso José López claramente beneficia a la antipolítica. Lo que necesitamos en Argentina es que la política sea transparente y recobre prestigio social. Hoy gran parte de ciudadanos dotados para hacer cosas valiosas en este país veces antes de implicarse en un terreno tan delicado como la política lo piensan diez veces. Sin esa gente es muy difícil prosperar.

—¿Cómo analizás la etapa macrista?

—Por un lado hay un problema económico con una recesión profunda que choca con la afirmación de que el problema de la Argentina era la liberalización del dólar y el pago a los fondos buitres. Eso se hizo en diciembre y en marzo y la prometida lluvia de inversiones no llega nunca. La mayoría de la oposición acompañó las medidas pedidas por el gobierno y la economía no está funcionando. Aumentan las tarifas, aumenta el desempleo, decaen la actividad y el consumo, la inflación es galopante. Esto ocurre y se mantiene un apoyo al presidente de un electorado que no tiene certeza sobre lo que va a pasar en la economía pero que se distingue por la distancia con lo peor de la gestión anterior, que son los casos de corrupción y la polarización exacerbada. De todos modos a mi juicio el gobierno que dijo que venía a cerrar la grieta la profundizó. Las polarizaciones típicas de la Argentina siguen vigentes. Pero la sociedad se va cansando porque en esas dualidades no resuelve sus problemas. Es base a esos binarismos es difícil pedirle a alguien que intente comprender al otro. Y la polarización sigue marcada. Así como ganó Macri con el 51% mañana puede pasar lo contrario. La pregunta es si podemos salir de esas dicotomías para pensar los proyectos democráticos.

Bio

Porteño de Palermo Viejo, antropólogo social, investigador del Conicet y docente de la Universidad Nacional de San Martín, Alejandro Grimson es a los 47 años un académico requerido en los medios por sus análisis que enlazan cultura y comunicación. Ha publicado varios libros como Relatos de la diferencia e igualdad, ganador del premio FELAFACS a la mejor tesis en comunicación de América Latina. Su texto más conocido y vendido es Mitomanías argentinas, un ejercicio introspectivo de cómo los argentinos nos miramos a nosotros mismos.

Dos lados ilusorios bajo una guerra de palabras

Los medios son un campo de batalla de las refriegas del sistema político. El kirchnerismo, que manejó discrecionalmente la pauta de avisos, tuvo de aliado a empresarios como Sergio Spolzsky que hoy aborrecen los trabajadores de medios que fueron cerrados por él. Al mismo tiempo el editor político de Clarín, Julio Blank, acaba de admitir en una entrevista que a la gestión Kirchner el mayor diario argentino le hizo una guerra. "No fuimos buenos haciendo periodismo. Fuimos buenos haciendo la guerra", dijo.

Para Grimson es un serio déficit que a 33 años de vida democrática no existan espacios públicos reales con polifonía de voces. "La sociedad vuelve a sufrir las dinámicas de la polarización. Radio Nacional y la Televisión Pública deberían ser plurales. Era algo en lo que estaban todos de acuerdo en la Ley de Medios. Pero no pasó ni antes ni ahora. El que tiene un rol crucial en garantizar esa pluralidad de voces es el Estado.

—¿Y cómo observas el momento de los medios?

—La Argentina atravesó recientemente una guerra de palabras. Lo planteo con total conciencia del peso de lo que digo. Colombia vivió 50 años de guerra civil y hubo miles de muertos. Argentina vivió el terrorismo de Estado con miles de muertos y desaparecidos. Pero lo que vive Argentina hoy es un tipo de violencia simbólica sorprendente para los que no son argentinos. Cuando un extranjero llega acá y lee no puede creer el modo en que se discute. Y creo que estamos entrando en capítulos nuevos. Estos episodios del diario Tiempo Argentino son increíbles: entra una patota violentamente y el presidente de la Nación equipara a los trabajadores que son víctimas de Spolszky y de la patota con la misma patota. Cuando escribí Mitomanías Argentinas defendía a los trabajadores de todos los medios planteando que las redacciones son heterogéneas y que la responsabilidad por la política editorial, que es empresaria, no se le puede achacar a un periodista. Algunas voces fuertes del kirchnerismo se enojaron mucho con eso. Pero es inaceptable etiquetar a un empleado por la posición del medio para el que trabaja. Yo he colaborado en Clarín, La Nación, Página/12, Perfil sin dejar de ofrecer lo que pienso. Pero se ha puesto muy difícil poder hacer un aporte en un medio sin ser juzgado con esa vara binaria que clasifica como una cosa homogénea todo lo que se diga en un medio. No me siento nada neutral, quiero un país con ampliación de derechos para las mayorías, pero me creo con posiciones más matizadas. Y conozco a decenas de intelectuales, científicos y periodistas con miradas que se alejan de esa guerra verbal pero les resulta arduo poder intervenir sin ser catalogados como de un lado u otro.

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