Opinión
Miércoles 15 de Febrero de 2017

Merlí, pinceladas para el debate

Manipulación en el aula. La serie catalana que se puede ver en Netflix ensaya una mirada sobre el mundo de los adolescentes escolarizados de clase media y el desempeño de un profesor tan talentoso e irreverente como narcisista.

La serie catalana Merlí resulta un interesante producto televisivo que, como una bocanada de oxígeno entre tanta asfixiante basura mediática, nos invita a adentrarnos en el mundo de los adolescentes escolarizados de clase media y en el universo simbólico de los adultos, padres y docentes.

Ya nadie duda, creo, sobre la obsolescencia de la escuela secundaria tradicional y la necesidad de revisarla, repensarla, recrearla, en fin, transformarla. La serie ilustra de manera palmaria el aburrimiento, la burocratización, lo repetitivo en la vida escolar. Muestra una institución (1) conducida por adultos muy interesados en sostener y hacer respetar sus normas, transmitiendo la satisfacción que les produce su cumplimiento a rajatabla. De este modo queda expresada la lógica del disciplinamiento a través de formas variadas, en las que el autoritarismo aparece como la más observable y notoria, pero que no es la única.

Entre los distintos tópicos que ameritan análisis de la serie, elegí la modalidad de lazo social que se manifiesta, particularmente en la relación docente-alumno.

Merlí, nombre del profesor de filosofía protagonista de la serie es quien, desde su modalidad irreverente, disruptiva y provocadora viene a movilizar, a cuestionar y a generar acciones concretas, allí donde todo cierra, donde todo funciona como si fuera en "piloto automático" cumpliendo, de este modo, la ficción escolar de enseñar y aprender.

El docente propone de forma muy creativa aproximaciones a distintos autores en la historia de la filosofía. Van desfilando, entre otros, Platón, Maquiavelo, Schopenhauer, Foucault, Nietzsche. Con evidente astucia cautiva a los estudiantes y los invita a implicarse desde sus propias subjetividades.

Lo interesante y, al mismo tiempo lamentable -al menos para mí- es que deja del lado de este docente la alternativa superadora y la búsqueda de cambios que permitan el pasaje de una ficción a una función pedagógica ciertamente significativa.

Su oposición a las reglas, a las normas institucionales, lo lleva a erigirse él mismo en la ley. Su ubicación en las relaciones interpersonales y en el ejercicio de la autoridad se sintetizaría en la expresión "Yo soy la Ley", operatoria —perversa— que intenta —y en muchos casos cumple— producir movimientos en un ámbito donde reina la apatía y el desinterés.

La posición narcisista del profesor hace que la relación con el otro (los distintos alumnos con quienes interactúa) termine siendo una negación del otro, en tanto otro. Se muestra más interesado en pelearse con otros docentes y en exponer a los alumnos (al igual que a su propio hijo que integra el grupo-clase) que en generar propuestas colectivas de cambio. Como en toda posición narcisista, lo central, es verse y sentirse distinto y superior, al costo que sea.

En una de sus intervenciones, dice por ejemplo "yo te sacaré de la caverna", "tienes que confiar en mí" frente a un estudiante (Iván) quien padece trastornos de agorafobia que le impiden concurrir a la escuela y vivir su vida subjetiva y social como los demás. "Yo puedo, tú puedes" es la maniobra —supuestamente— emancipadora, siempre y cuando reproduzcan sus propias expectativas. Es la versión simpática, divertida y osada que encubre su posición de discurso "amo" pero con "onda". Del mismo modo cuando le dice a la madre del estudiante: "Te preguntas lo que le pasa a tu hijo?" … "yo sé lo que le pasa…". Es allí cuando sus cualidades personales le permiten acercarse y empatizar con el otro transformando al otro en su prolongación.

Vale recordar lo que sostiene Emmanuel Lévinas: "El otro en cuanto otro, no es aquí un objeto que se torna nuestro o que se convierte en nosotros; al contrario, se retira en su misterio (…). La relación con el otro no es una relación idílica y armoniosa de comunión ni de empatía; lo reconocemos como semejante a nosotros y al mismo tiempo exterior: la relación con el otro es una relación con un misterio." (2)

Entre tanto el director, preocupado por las resonancias institucionales de la actitud del profesor, le expresa en algún momento: "Merlí sabés motivar a los alumnos mejor que nadie", "procura que tu talento sea más discreto". De este modo, pareciera que el problema fuera la indiscreción y su incesante búsqueda de "hacerse amigos de los alumnos" y de "hacer divertida su asignatura" como fórmula para oponerse a los métodos tradicionales, autoritarios de ejercer el rol docente.

La modalidad del profesor protagonista de la serie produce fascinación en el espectador (del mismo modo que les ocurre a los adolescentes estudiantes), generando la encerrona propia de una lógica binaria entre seguir haciendo más de lo mismo y el narcisismo de la distinción.

La posición narcisista se expresa en la refinada manipulación que llega al límite de exponer a los alumnos frente a sus compañeros como forma de asegurarse la posesión de la verdad. El caso de la calificación en un examen a uno de sus alumnos (hijo de la mujer a quien está seduciendo) es uno, entre tantos movimientos en los que derrapa y reafirma su lugar: "Yo soy la ley".

Jacques Rancière en su exquisita obra "El maestro ignorante", dice en un pasaje: "Explicar alguna cosa a alguien, es primero demostrarle que no puede comprenderla por sí mismo. La trampa del explicador consiste en este doble gesto inaugural. Por un lado, es él quien decreta el comienzo absoluto: sólo ahora va a comenzar el acto de aprender. Por otro lado, sobre todas las cosas que deben aprenderse, es él quien lanza ese velo de la ignorancia que luego se encargará de levantar.(3)

En este sentido, se trata de una cuestión de posición más que de estilos y recursos pedagógicos. Una educación emancipadora tendrá como horizonte el respeto por las subjetividades en juego en las búsquedas personales y colectivas de sus destinos, desenmascarando las maniobras biopolíticas de dominación.

Pareciera que la serie televisiva restringiera la problemática escolar a la tensión entre lo aburrido y lo divertido. A propósito de ello, el director manifiesta nostálgicamente al susodicho profesor: "Antes era como tú … más próximo a los alumnos, los motivaba …con el tiempo perdí la energía …" permitiendo el despliegue narcisista de Merlí: "Te has convertido en un aburrido". Podríamos afirmar que si lográramos enseñar, aprender, divertirnos, y "pasarla bien" en una escuela, sería muy satisfactorio para todos los actores implicados. Pero sería desviar el meollo de la problemática educativa que, desde mi perspectiva, está centrada en promover experiencias de enseñanza-aprendizajes subjetivantes, significativas como construcción colectiva de lo social.

No se trata de hacerle el juego a quienes pretender normalizar a este díscolo profesor. No es la transgresión lo que se cuestiona, sino las formas de manipulación que, cuando proviene justamente de este tipo de sujetos que promueven procesos de transformación, resultan mucho más delicadas y censurables.

Vale el intento de esta serie de TV para visibilizar los conflictos y las formas de sometimiento en las instituciones y las vías para enfrentarlas y encauzarlas. Vale como recurso para ser pensada, cuestionada en las comunidades escolares.

El debate está en juego, la urgencia de transformación vigente. La implicación del conjunto ayudará a hacernos cargo de nuestras respectivas responsabilidades para insistir en los desafíos instituyentes pendientes.

(*) Autor del libro "La orientación vocacional como experiencia subjetivante", Paidós, 2016.

(1) Bastante alejada de las realidades de las escuelas públicas argentinas.

(2) Emmanuel Lévinas. "El tiempo y el otro", 1993.

(3) Jacques Rancière, "El maestro ignorante", 2002.

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