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Sábado 31 de Mayo de 2014

Medianoche en París

El ministro de Economía, Axel Kicillof, cerró ayer a la madrugada en Francia y luego de 20 horas de negociaciones un digno acuerdo con el Club de París que es muy beneficioso para la Argentina.  

Lo insultaron los pasajeros de Buquebús cuando cruzaba a Uruguay, lo acusaron de ser un estudioso del marxismo (como si fuera un pecado leer a uno, no el único, de los filósofos y economistas más importantes de la historia). Lo descalificaron por ser hijo de un rabino (no lo es, pero tampoco sería un deshonor) y lo trataron de teórico universitario con escasa experiencia en la función pública. Sin embargo, el ministro de Economía, Axel Kicillof, cerró ayer a la madrugada en Francia y luego de 20 horas de negociaciones un digno acuerdo con el Club de París que es muy beneficioso para la Argentina.

Kicillof, con sus 42 años y formado en la universidad pública, se les plantó a los integrantes de uno de los foros económicos más poderosos del planeta y sacó un razonable convenio de pago de la deuda de 9.700 millones de dólares sin la intervención del Fondo Monetario Internacional, cuyas conocidas políticas ortodoxas de ajuste mantiene vigentes como enseñanza.

Por primera vez en años una acción del gobierno nacional tuvo unánime respaldo. El acuerdo fue avalado por amplios sectores de la oposición política y todo el arco industrial, empresarial y financiero del país.

No podía ser de otra manera. De una vez por todas la Argentina se encamina a terminar de arreglar sus cuentas en el frente externo, lo que le permitirá financiar a tasas razonables proyectos de infraestructura y atraer inversiones extranjeras.

Todavía tiene que luchar, en otro frente, contra los fondos buitre que, bajo el amparo de la legislación norteamericana, pretenden cobrar sus acreencias al contado y sin ninguna quita, como sí aceptó la mayoría de los tenedores de deuda argentina. En poco tiempo más se sabrá si la Corte de los Estados Unidos toma una decisión favorable al país y le da punto final a un intento de especulación financiera internacional que pone en riesgo no sólo a la Argentina sino a las reestructuraciones de deuda soberana de muchos países. Tanto Estados Unidos como el resto de los grandes jugadores de la economía mundial han manifestado su apoyo a la Argentina en su disputa con una minoría de acreedores que nunca quiso aceptar ingresar al canje de la deuda. Habrá que ver si prevalecen los intereses financieros internacionales de algunos pocos o las necesidades de las naciones que cayeron en insolvencia, como la Argentina en 2001.

Sumada a esta buena noticia para el país, la invitación del presidente ruso Vladimir Putin para que Argentina participe de una de las reuniones del Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) no es un tema menor. En conjunto, estas dos nuevas realidades en el sector económico internacional no sólo tendrán efecto en el corto plazo sino que sus beneficios se prolongarán a otras gestiones presidenciales. El acuerdo con el Club de París es a cinco o a siete años, de acuerdo al monto de inversiones que hagan en nuestro país los miembros de ese organismo.

¿Qué cambia? En el plano interno no parece que en lo inmediato el acuerdo con los acreedores extranjeros traiga rápidas soluciones a problemas cotidianos de los argentinos, como la alta inflación y la desaceleración de la economía. Tampoco tendrá un correlato directo con la situación de miles y miles de argentinos que viven en condiciones miserables en las villas y en muchos casos con una ayuda social como único ingreso. Está claro que el crecimiento económico de la Argentina durante los últimos diez años no impactó en esa franja de la población porque la solución no es sólo de ingresos (aunque al menos tienen algo) sino de políticas culturales que a largo plazo puedan generar un cambio sustentable. Políticas culturales destinadas no sólo a los sectores marginales sino también a los socialmente acomodados.

Una carga impositiva que aún no grava la renta financiera por completo pero sí al trabajador, que los jueces hayan decidido que ellos no tienen que pagar impuestos a las ganancias como el resto de la población y que la clase media-alta denueste al Estado pero envíe sus hijos gratis a la universidad pública, son síntomas de que algo anda mal.

Un cambio cultural paradigmático es necesario abajo y arriba de la escala social. Cuando el Estado requirió a la población hace un par de años renunciar voluntariamente a los subsidios al gas y a la electricidad para que el beneficio llegue sólo a quienes lo necesitan, en Rosario sólo lo hicieron 186 personas.

Miles de familias con hijos en las facultades gratuitas no quisieron hacer ni ese pequeño esfuerzo monetario. Es toda una señal que trasciende a políticas acertadas o equivocadas de un gobierno en particular porque son males que vienen acompañando a los argentinos desde hace décadas.

Ni todo está tan mal en este país como algunos lo quieren mostrar, ni todo está tan bien como sostienen otros. Pero al menos, esta vez, hubo consenso en que las políticas de Estado que condujeron al acuerdo con el Club de París son importantes para la Argentina. Ojalá sea una señal de futuras coincidencias en otros problemas medulares que afectan al país.

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