Edición Impresa
Domingo 30 de Agosto de 2015

Media memoria

De repente, porque sí, ella me habla del duelo y la memoria.

De repente, porque sí, ella me habla del duelo y la memoria. Me cuenta que un amigo perdió hace un tiempo a la que fuera su primera mujer, madre de dos de sus hijos. Aunque ya estaban separados y él había formado otra pareja, dice, el golpe fue duro. Una noche uno de los hijos le preguntó algo sobre sí mismo —qué frase graciosa solía repetir cuando era chico, o cómo le gustaba vestirse, o qué plato le gustaba comer— y él, por más que lo intentó, no consiguió recordarlo. La angustia fue tan grande que casi rompe a llorar. Recién en ese momento, diría después, comprendió que cuando los chicos perdieron a la madre él había perdido, también, la mitad de su memoria.

La anécdota, incluso a salvo de duelos —o precisamente porque soy incapaz de imaginar el duelo, porque nadie puede comprender desde afuera el dolor absoluto del duelo— me aterra de un modo particular, casi íntimo. Por algún motivo que no logro descifrar, tiendo a pensar mucho en la memoria. O, mejor dicho: en las limitaciones de mi memoria. En su fragilidad. Cuando trato de evocar algunos sucesos de mi propio pasado, siento que algo siempre queda en el camino, se diluye, se derrama: imagino el suceso original como una cantidad determinada de líquido, y el recuerdo a través del tiempo como si ese líquido se hubiera trasvasado en envases sucesivos cada vez más chicos. O como si en lugar de ver una fotografía de mi pasado estuviera viendo una fotocopia de esa fotografía. O peor: como si me estuvieran contando la fotocopia de esa fotografía.

En ocasiones siento que algunas cosas que hice o dije me vuelven en oleadas intermitentes: a veces todo es tan nítido que parece que estuviera volviendo a ocurrir; otras tengo que reconstruirlas como a juguetes rotos hallados en un desván, darles la forma que ahora, a la distancia, recuerdo o creo recordar que tenían, sin dejar nunca de preguntarme si en efecto eran así, se sentían así, funcionaban así.

Solemos hablar del ejercicio de la memoria, aunque a veces sería más apropiado hablar del oficio o, incluso, de los artificios de la memoria: eso que ronda una línea sutil, tenue, entre el recuerdo y la fabulación. Hechos que se recuerdan como si hubieran sido pero cubiertos de un levísimo manto de duda que nos lleva a suponer que, tal vez, al fin y al cabo no hacemos más que tergiversar los recuerdos. Que los evocamos no tal y como fueron, sino como creemos que fueron o pudieron haber sido.

El día en que ella y yo nos vimos por primera vez, por ejemplo, a través de la vidriera de un bar de Italia y San Lorenzo, y el tiempo —vaya uno a saber cuánto, cómo medirlo entonces y mucho menos ahora— que pasó entre café y café hasta que nuestras manos se buscaron y me preguntó si me daba cuenta de lo que nos estaba pasando y en lugar de salir corriendo dije que sí. O la noche en que salimos a buscarnos para casi embestirnos en un beso bajo la luz de un farol, a metros del observatorio astronómico de Funes, y el paso de un tren nocturno que más tarde capturé para siempre en una fotografía que aún conservo, y que nos parecía tan premonitorio, tan simbólico.

¿Habrá sido, todo cuanto guardo en la memoria, tal y como lo recuerdo? ¿O como lo recuerda ella? Aunque nos gusta pensar que hay una única verdad, que los hechos ocurrieron de una forma determinada y sólo así, lo cierto es que la verdad suele ser inasible. Ocurrió en un tiempo y espacio específico al que resulta imposible volver, y todo cuando de ella se transmite tiene necesariamente que transformarse en relato. Y está, por tanto, contaminada, modificada, transfigurada.

"Descendemos en sueños y descendemos en el recuerdo", señala Julian Barnes en Niveles de vida. "Y sin embargo es cierto, retorna el recuerdo de tiempos anteriores, pero entretanto nos hemos vuelto miedosos y no estoy seguro de que el recuerdo que retorna sea el mismo. ¿Cómo iba a serlo, puesto que ya no puede corroborarlo la persona que estaba allí en aquel momento? Lo que hicimos, adónde fuimos, con quién nos encontramos, cómo nos sentíamos. Cómo estábamos juntos. Todo eso. Ahora "nosotros" se ha diluido en "yo". La memoria binocular se ha vuelto monocular. Ya no existe la posibilidad de componer con dos recuerdos inciertos de un mismo suceso uno más fiable, único, por triangulación, por agrimensura aérea".

Algo de nuestros recuerdos se pierde siempre en cada muerte, en cada separación, en cada desencuentro irreversible que impide la triangulación, la agrimensura aérea para componer un único recuerdo a partir de los fragmentos de otros dos.

La misma noche referida por ella o por mí por separado tendría, seguramente, diferentes aristas o sutiles diferencias: la intensidad de la luz del farol, las palabras que dijimos o dejamos de decir, el momento en que escuchamos el tren que se acercaba. O incluso significativas discrepancias. Como si el tiempo estuviera conformado por imágenes de cristal quebradas por el peso de los nuevos momentos. Y tratar de reconstruir un momento preciso fuera como juntar esos pedazos para lograr el imposible de rearmar una imagen exacta, precisa, inequívoca. Pero, ¿cómo podríamos saber entonces, ante esos pedazos sueltos vistos por separado, si estamos frente una misma verdad partida en dos, o ante dos verdades distintas?

¿Cómo podríamos saber, al menos, si hablamos del mismo tren?

Comentarios