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Domingo 07 de Junio de 2015

"Me preguntaron si el Papa me había mandado a Rosario castigado"

A nueve meses de asumir, cuenta que se encontró con una ciudad vital y con mucha gente solidaria. También ve el drama de los jóvenes que conviven con la droga. Un cura que intenta replicar en Rosario la misión de Francisco.

Eduardo Martín, obispo de Rosario, tiene una agenda apretada de audiencias y reuniones. Y en las últimas semanas estuvo más requerido que nunca desde que llegó a la ciudad, hace nueve meses. Al igual que lo que sucede con el Papa Francisco todos los candidatos políticos pasaron por su oficina en busca de apoyo para las próximas elecciones. No hubo allí cuestiones de creencias religiosas que pesaran porque todos quisieron la foto con el “nuevo” obispo. El sacerdote no lo dudó y aprovechó para pedirles un férreo compromiso en la lucha contra el narcotráfico, un tema que le quita el sueño, además de la generación de oportunidades laborales para más personas.
  El problema de la droga es su gran preocupación. Tiene claro que es una lucha que se da en equipo y que eso involucra a todos los actores sociales.
  Los efectos negativos del avance del narcotráfico están entre sus prioridades de atención, quiere saber cómo alejar a Rosario del flagelo y del estigma, cómo ayudar a los jóvenes, especialmente de zonas más vulnerables, que ante la falta de oportunidades laborales buscan en la droga un alivio que termina siendo un infierno para ellos y para otros.
  Cuenta que cuando lo enviaron acá muchos le preguntaban en Río Cuarto —desde donde vino— si el nombramiento era un castigo del Papa. “Un conocido dirigente gremial me preguntó si le había cantado un gol de Huracán a Francisco en la cara, si por eso me mandaban aquí”, cuenta el obispo, abierto, sencillo y directo.
  Martín habló con Más durante una charla relajada y profunda. De 61 años y con una gran contextura física se muestra sencillo y paciente, siempre calmo. Trae grabado el ritmo de Río Cuarto, Córdoba, y de sus orígenes en Venado Tuerto.
  Es la primera vez que debe enfrentarse a un cargo de tamaña responsabilidad como dirigir a la arquidiócesis de Rosario con 60 parroquias sólo en la ciudad y una grey dispersa por los departamentos de Belgrano, Iriondo, San Lorenzo y parte de Caseros y Constitución.
  Sin embargo, su tarea más ardua es, sin dudas, seguir el ejemplo arrasador del Papa Francisco, que desafía todas las reglas con el objetivo de estar cerca de la gente. Desde Roma lidera una fuerte batalla que es revitalizar a la Iglesia y mostrar una faceta más amable, la de la misericordia, y de una fe para todos. Martín tiene el mismo sello, aunque con estilo propio.
  Su principal objetivo es arrimarse a la gente, por eso recorre las parroquias cada semana. Pero no hace una visita “de médico”, protocolar, sino que se instala cuatro días en cada una para conocer de primera mano lo que allí sucede.
  En los nueve meses que lleva en el cargo ya visitó también las ciudades aledañas y esta semana comenzó su recorrida por la parroquia San Antonio de Padua, de barrio Belgrano. Es pastor, y quiere tener olor a oveja.
  En la sede del Arzobispado local, monseñor Martín recibe a Más. Cuenta que siempre favoreció la reunión con los periodistas. De hecho, acaba de inaugurar una casa para la comunicación y armó un equipo de prensa para que la información llegue a los medios locales de primera mano. “En Río Cuarto me reunía siempre con los comunicadores y espero poder hacerlo también en Rosario”, dijo. Ese acercamiento ya tiene su primera cita cara a cara. Martín organizó un ágape que por primera vez se ofrecerá a los comunicadores en la sede del Arzobispado, Córdoba 1677, este martes, a las 18, con motivo del Día del Periodista.

—¿Qué visión tiene ahora de Rosario, luego de estos meses de vivirla?
—Rosario es muy vital, con una gran movida cultural y artística y donde la gente disfruta del espacio público. Pero también hay otra ciudad, la de los barrios pobres donde me da mucha pena ver a tantos jóvenes perder sus vidas entre el alcohol y la droga. Me cuestiono cómo se podría integrar a esta gran metrópoli. Creo que es un desafío.
—¿Qué le pidió el Papa que haga en esta ciudad?
—El mismo día que asumí me sonó el celular. Era un número desconocido y cuando pregunté quién era, escuché una voz familiar que me respondió: “Bergoglio”. “¡Santo Padre!”, exclamé y me tuve que sentar. El me contestó: “Sí, soy Jorge, me dijeron que querías hablar conmigo”. Y ahí le pedí una palabra para mi nueva tarea pastoral. Él me dijo dos cosas que son mis referencias para la acción: que hiciera lo mismo que había hecho en Río Cuarto, que era visitar las parroquias y estar cerca de la gente, y que propicie un clima de paz y confianza dentro de la Iglesia.
—¿Cómo encontró a las iglesias rosarinas?
—También con mucha vida. Me llamó la atención la movilización de fieles que se produce cada Viernes Santo. Cientos de miles participan del Vía Crucis del padre Ignacio, otros tantos van al Monumento a la Bandera, al Vía Crucis representado, y a su vez hay otros que asisten a las actividades de la parroquia cercana. También me impresionó positivamente que muchos católicos estén muy comprometidos con acciones solidarias. Por ejemplo, los que salen a la noche a dar algo de comer y a compartir una palabra con personas que están en la calle, y que si son adictos los acompañan a un centro para intentar su recuperación. Además, los talleres de oficios con cientos de personas aprendiendo y jóvenes que van a misionar en el verano. Y las tareas increíbles que realizan el padre Joaquín Núñez o la hermana María Jordán con los que más sufren.
—¿Se puso alguna meta para la Iglesia rosarina?
—Quiero implementar una tarea más incisiva en las periferias, que estemos más presentes en los barrios pobres, porque si bien hay sacerdotes y laicos trabajando tenemos que hacer más. Es la forma de estar más cerca de la gente que sufre. En eso estoy trabajando junto con más de 30 sacerdotes de aquí que están interesados en abordar esta tarea en las villas. Esto es lo que nos pide el Papa, y lo queremos hacer.
—¿Puede la Iglesia arrimar soluciones al problema de la inseguridad?
—La problemática de inseguridad no compete directamente a la Iglesia. Nuestra misión es que las personas puedan encontrar a Dios. Dar esa buena noticia para que llegue al corazón de todos. Sabemos que si dejamos que Dios toque el corazón, Él sana y esa persona se aparta de la violencia. Yo veo a la violencia como un malestar interior a veces generado por situaciones injustas de inequidad y rebeldía. Este es un problema del Estado. Las autoridades tienen que buscar caminos y trabajar en esto. Pero sobre todo, apuntar al problema de fondo, la falta de oportunidades. Por eso pido a los dirigentes que generen trabajo para que mejoren las condiciones de vida dignas.
—¿Qué opina de la despenalización de la droga?
—La droga es uno de los temas que personalmente más me preocupan. En esto hay tres frentes para abordar: la prevención, la curación y el combate del narcotráfico. En la prevención, la Iglesia está haciendo todo lo que puede a través de las escuelas y la catequesis en las parroquias. Estoy convencido de que si nuestra “buena noticia” llega más al corazón del joven será difícil que adhiera a la droga porque si encuentran un interés más grande no van a hipotecar su vida de ese modo. Es real que vivimos en una sociedad hedonista que propicia el placer, y la droga da placer, y si no hay un ideal trascendente, si después de esta vida no hay nada más, se produce un vacío existencial tan grande que algunos prueban de todo y también la droga.
  Me parece que tenemos que preguntarnos todos qué tipo de sociedad estamos estructurando para que muchos de nuestros jóvenes y adultos necesiten de estas cosas para vivir.
  Por otra parte, desde la iglesia se trabaja en la curación. En ese punto nos damos cuenta de los estragos que hace la droga. En la arquidiócesis hay dos iniciativas concretas: los Hogares Nazareth y el Hogar Padre Misericordioso, que trabajan tanto con internación como con centros de día. El objetivo ahora es abrir más centros en otros barrios, como Ludueña, Las Flores y Tablada.
  Eso sí, las parroquias y muchísimos voluntarios pueden trabajar en todos estos ámbitos pero el Estado se debe comprometer a luchar contra el narcotráfico.

En cuanto a la despenalización no creo que sea bueno. Los sacerdotes estamos muy cerca del dolor y vemos mucho sufrimiento en la gente, en consumidores que no pueden despegarse de este flagelo. Una cosa es criminalizar al consumidor, con lo que no estoy de acuerdo, y otra es presentar a la droga como algo hasta “saludable”, cuando no es así.
—Otro tema sensible, el aborto. ¿Qué piensa de la campaña para despenalizarlo?
—La Iglesia antes que luchar contra el aborto tiene un anuncio que dar y es la buena noticia de Jesús. Cuando una persona se descubre amada tal como es, abrazada, más allá de que se haya drogado, abortado o lo que haya hecho, su vida cambia. La Iglesia no aprueba el aborto porque sabemos por experiencia lo que sufren muchas mujeres que han pasado por esta situación tan traumática. Es más, en lo personal no conozco madres arrepentidas de tener hijos pero sí mujeres arrepentidas de haber abortado.
Jesús tiene un mensaje positivo por la vida. Por eso la Iglesia nunca estará contra la vida, ni va a favorecer la muerte. Creo que lo importante es buscar soluciones para la mujer que sufre cuando cursa un embarazo no deseado, a veces cargando con fuertes presiones.
Esta no es una cuestión dogmática sino humana. Todos los seres humanos tenemos los mismos derechos, aun en el vientre materno. Es una falacia decir que la mujer tiene derechos sobre su cuerpo, porque un dedo es parte del cuerpo, la oreja también pero un niño no. Ese bebé está conectado pero es un ser diferente.
—El matrimonio igualitario es otra cuestión que genera debates. Ahora lo aprobó Irlanda, ¿cuál es su mirada?
—Soy hijo de la Iglesia y entiendo que el matrimonio es la unión de un hombre y de una mujer para formar una familia. Respeto las decisiones que tomen las personas, pero el matrimonio es otra cosa.
—Habló de su necesidad de estar más cerca de los comunicadores, ¿qué quiere transmitirles?
—Que tengan pasión por la verdad, que no se dejen llevar por intereses particulares o económicos y que tengan el deseo de hacer el bien, no de destruir o deshonrar a la gente. Que conserven un sano espíritu crítico y que se animen a conocer a la Iglesia, pero también desde el lado de adentro. Y que rezo por todos.

Monseñor puertas adentro

—Le hago algunas preguntas más personales en relación a sus gustos y su tiempo libre. ¿Qué lugares de la ciudad le gustan especialmente?
—Me encanta el Pasaje Juramento: llegar a la Catedral y desde ese lugar mirar el Monumento a la Bandera y el río. ¡Esa vista es magnífica!. También me gustan mucho el parque Independencia y el parque España.
—¿Qué actividad lo descansa?
—Escuchar música, sobre todo clásica, religiosa, o algo de folklore.
—¿Sale a pasear
por algún lugar?
—Poco, tendría que salir más, pero a veces las actividades me absorben. Mis paseos son ir a las parroquias y compartir con la gente.
—¿Mira televisión?
—Suelo mirar algo. En general algún programa de análisis político.
—¿Le gusta leer el diario?
—Si, desayuno todos los días con La Capital. Y miro los otros diarios por internet.
—¿Va al cine?
—No soy un cinéfilo. La película que más me gustó fue La fiesta de Babette.
—¿Y le gusta leer más allá de los textos vinculados con su tarea específica?
—Sí, me gusta. En cuanto a autores, de teología prefiero a Romano Guardini. En literatura argentina a Ernesto Sabato, y en literatura extranjera admiro a Gilbert Keith Chesterton.
—¿Deportes,
practica alguno?
—No. Antes practicaba algo de natación, pero ahora, la verdad, tengo que empezar a hacer algo.

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