Escenario
Sábado 22 de Octubre de 2016

"Me hubiese gustado ser una estrella de rock"

El cantante regresó con su segundo cd, "El futuro", un disco que resume los valores del glam. Hoy lo presenta en la Lavardén.

Pablo Jubany entra en La Capital con los ojos maquillados y el pelo producido. Algunos periodistas curiosos lo miran de reojo. Desde los años 90 Jubany es una especie de militante del glam, la corriente del rock que sorprendió a principios de los 70. Nunca ocultó sus influencias (David Bowie, Scott Walker, Suede, The Smiths, The Divine Comedy), y esas referencias lo convirtieron en un músico rosarino diferente, alejado tanto del mainstream como de los circuitos independientes. Después de muchos años de marchas y contramarchas, recién en 2014 editó su primer disco, "La espera", una colección de canciones sensibles y profundas que resultaron toda una prueba de su singularidad y su talento. Y ahora regresa por más con su segundo álbum, "El futuro", con canciones más arrogantes y urgentes, que resumen de alguna manera los valores del glam: el artificio, el hedonismo, las melodías épicas y la sensualidad.

   Hoy, a las 21.30, Jubany se presentará en el teatro de la Plataforma Lavardén (Sarmiento y Mendoza) para mostrar en vivo junto a su banda a su nueva criatura. En una extensa charla con Escenario, el cantante y compositor habló de la "calentura" que le provocan los artistas que admira, de su formación alejada del rock argentino y de su relación con Rosario. "Nunca me sentí un paria", aseguró.

   — ¿Qué diferencias hay entre "La espera", tu álbum debut, y tu nuevo disco, "El futuro"?

   — "La espera" se compuso mientras se grababa, en un proceso que duró dos años. Algunos de los temas de "El futuro", en cambio, son anteriores a "La espera", como "Traidores", "Ella no entiende nada" y "En mi habitación", que incluso los tocábamos en vivo. Esas son canciones de fines de la década pasada. En ese momento no me animé a editarlas porque me parecían demasiado arrogantes. Y yo consideraba que mi banda y yo no estábamos en condiciones de defender un repertorio de esas características por la humildad del contexto de nuestro proyecto. Era algo demasiado disímil. Mediando el 2011, cuando la banda que tengo ahora se estaba solidificando, se me ocurrió que íbamos a necesitar como instancia intermedia un disco que genere más respeto que adhesión popular, que nos diera una reputación. Y así surgió "La espera". La versión definitiva de "El futuro" se grabó en un mes, pero los temas ya estaban preproducidos, y el disco tiene un audio mucho más profesional que "La espera", que era más amateur. En realidad los dos discos están muy pensados. Por suerte "La espera" fue muy bien recibido, y entonces nos sentimos más seguros para dar ahora este paso, que es mucho más ambicioso y prepotente, y tiene una mayor vocación comercial, más allá de lo que vaya a pasar con el disco.

   — Hay músicos que esconden sus influencias, que hablan vagamente de ellas. Vos en cambio las enunciás, sos un estudioso de tus referencias y las celebrás. ¿Por qué elegiste ese camino?

   — Hay música que a mí me gusta mucho, con la cual tengo una relación muy hedonista. Escuché mucho más lo que a mí me gusta —lo escuché millones de veces— que otras cosas por descubrir. Yo me castigo mucho con la música que me gusta porque me genera una calentura. No lo digo en un sentido erótico. Pero me da como un shot de vitalidad el hecho de escuchar la obra de los artistas que admiro. No puedo disimular que eso es lo que a mí me impulsó a hacer lo que hago. Lo que yo busco cuando hago mi propia música es cómo crear algo que a mí me genere la misma calentura que me genera un disco de Divine Comedy, por ejemplo. Si fuera por mí yo cantaría sólo temas de los artistas que admiro en lugar de los míos. Pero me di cuenta que mi propia vanidad no me permitía ser toda la vida un intérprete, un reproductor.

   — ¿Tenés alguna influencia del rock argentino?

   — No, porque yo primero me encuentro con Bowie, y partir de ahí voy investigando todo lo demás. Con el rock argentino hice como un bypass, lo esquivé. Lo conocí a través de mis amigos, a los 18 ó 19 años, pero no me genera nada. Con los años uno se vuelve un poco más sabio y obviamente empecé a valorar a Daniel Melero, Soda Stereo o Fricción, pero no logro que me generen un impacto. Lo que me distancia de ellos es lo incompletos que me resultan. No son tan como deberían ser (risas). Yo me encuentro en una situación particular, porque al haber esquivado el rock nacional en mi formación, y al querer hacer un rock genuinamente hecho en la Argentina, es como que tengo una perspectiva distinta, y eso tal vez le da cierta singularidad a mi música.

   — En la canción "Gran momento" vos decís: "Yo sé lo que es ser extraño en tu propia ciudad". Ese es un tema recurrente en tus discos: la ciudad que refugia y que rechaza al mismo tiempo. ¿Cual es tu relación con Rosario?

   — Mi relación con Rosario cambió mucho desde que estuve un tiempo en Buenos Aires. Yo viví tres años en Capital, en una muy mala época: llegué en el 2004, poco antes de Cromañón. Yo me fui de Rosario a las puteadas, con esa cosa de pendejo de decir "en esta ciudad no pasa nada". Pero en Buenos Aires las cosas no eran muy diferentes. Con el tiempo me di cuenta de que Rosario es perfecta como para hacer una escena rockera de laboratorio, una especie de playground en el cual se vive una fantasía donde uno puede ir de la sala de ensayo a grabar y de ahí a que te hagan una entrevista y después a tocar. En Buenos Aires esa fantasía es muy difícil de vivir. Acá es más sencillo, uno puede generar esa especie de parque de diversiones que se acerca mucho más a la vida que a uno le hubiese gustado tener. Con respecto a esa frase de la canción que mencionás, creo que hay mucho de pretensión, en tanto el uso anglo de la palabra, de fingir. Eso del aislamiento lo pude haber sentido más de pibe, pero es algo que tiene más que ver con el personaje, con darle una entidad dramática a las canciones. No tendría mucho sentido que yo hablara de que estoy con mis amigos y está todo bien.

   — Pero desde tu imagen y tu música siempre se te vio como un personaje, como un bicho raro...

   — Sí, hay cosas que hacen que yo, como otros tantos, no seamos iguales a la media de las personas. Y de hecho nadie lo es. Pero por ahí, los que tenemos aficiones más singulares, quedamos como un poco apartados del resto del devenir social. Igual no deja de ser algo que uno aprovecha para darle una cierta entidad dramática a las canciones que no es del todo real. No sé si soy una persona feliz, pero para nada me siento ni renegado ni rechazado. Nunca me sentí un paria. Yo quiero ser lo más feliz posible, para nada persigo la cosa del artista torturado. Es cierto, sí, que al principio no fue fácil para mí en el ambiente musical y de colegas. Hoy yo tengo una relación óptima con la escena, pero no fue sencillo para mí llegar a esa instancia, un poco por la propia naturaleza de lo que yo hago y otro poco porque yo renegué bastante de mis pares —no como seres humanos— sino como colegas. Ahora yo puedo decir que gozo de una buena onda mutua con el contexto de la música en la ciudad.

   — En el tema "Designio" cantás: "Esta necesidad de ser estrellas de rock". ¿Eso es un juego o es real?

   — Eso es real (risas). Eso de querer vivir muy bien sin laburar es real. Lo que pasa es que el rotundo cambio de paradigma que hubo en los últimos años en torno a la industria del rock hizo que uno tenga que replantearse todo. Nuestra generación creció con la idea del póster en la pared, de los consensos que generaba la industria. Ahora, cuando cada persona tiene su propia banda preferida, es muy complicado ser una estrella de rock. Está bueno porque todos le podemos gustar a alguien, eso es democratizante, es saludable. Pero el rock también es un fenómeno claramente mercantil, y frente a la ausencia de la industria se empieza a marear. Al quedarse sin industria el rock se queda huérfano. A mí me hubiese gustado ser una estrella de rock. Ahora, lo único que uno ha hecho para poder arrimarse a esa instancia es la constancia, es no abandonar. Es la única fórmula que me ha dado resultado.

   — Tu voz es grave y teatral, es muy particular. ¿Tuviste algún entrenamiento vocal?

   — No. Me acuerdo que hace mucho fui a tres ó cuatro clases con Graciela Mozzoni, pero no creo que cuenten. Ella quería transportar un tema de Suede a otro tono porque decía que quedaba muy bajo para mí, pero yo me negué porque en el rock el tema está en el tono que está y se canta así. No es como en el tango o el jazz. Lo que sí tuve fue una formación musical durante bastante tiempo. Estudié piano diez años y en la Facultad empecé a estudiar composición, armonía y contrapunto. Pero recuerdo que cuando escuché el tema "Trash" de Suede me di cuenta de que toda esa teoría no me servía para reproducir eso. Entonces ahí dejé de estudiar (risas).

   — ¿Por qué pensás que David Bowie tiene tanta influencia en tu vida y en tus discos?

   — Yo lo descubrí a Bowie cuando era muy chico, en la película "Laberinto". Si hubiese descubierto a Phil Collins ahora sería otra persona (risas). Con el tiempo me di cuenta que sólo Bowie podía tener ese impacto en mí, y ningún otro músico. No fue tan casual. Conectó con algo que yo tenía internalizado, aunque era muy chico. Recuerdo que un día vi una sucesión de videos de él en la tele y era como un ácido para la niñez. Me fascina esa vocación de Bowie de hacer un arte interdisciplinario, multimediático, cargado de referencias extramusicales. Y tenía esa impronta tan magnética, tan extravagante. También me impactó la cuestión sexual. Yo nunca tuve una inclinación hormonal hacia lo ambiguo, sin embargo me resultaba algo muy subversivo, muy fascinante.

   — ¿Cómo impactó en vos la muerte de Bowie, que fue tan sorpresiva?

   —Fue muy loco. Yo pensé mucho tiempo en la muerte de Bowie, como uno a veces piensa en la muerte de los padres. Es algo que tenía ahí, en la parte trasera del cerebro, porque pensar en un mundo sin Bowie era todo un asunto. Me resultó muy emocionante escuchar los testimonios de gente de todas partes hablando de Bowie. Y también me emocionó que todo el mundo me escribió ese día: compañeros de la secundaria, de la primaria, parientes. Había mucha carga de tristeza pero también fue muy conmovedor. Ese día lloré en un par de oportunidades. Fue muy fuerte. Como corolario además estuvo "Blackstar" (el último álbum de Bowie, editado dos días antes de su muerte). Si uno piensa en cómo se hizo ese disco la valoración sobre Bowie se eleva a la estratósfera. El manipuló para bien el escenario de su propio deceso. Que Bowie fuera más de lo que uno pensaba realmente no lo esperaba.

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