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Domingo 19 de Febrero de 2017

Un viaje alucinante al interior del circo más grande de Latinoamérica

La bailarina Petra, el acróbata Eduardo y el payaso Emiliano cuentan cómo llegaron al Tihany y por qué son felices en la carpa morada. Un universo poco conocido que emociona y seduce tanto como en escena.

El calor de diciembre calienta el asfalto rosarino y dificulta la respiración de los transeúntes. Falta una hora para que empiece la función. Los operarios caminan de un extremo al otro del predio ultimando detalles para abrir las puertas del circo fundado en 1951 en Brasil, por un inmigrante húngaro. Algunos barren, otros ordenan las vallas y otros arreglan sus uniformes. La gente ya hace cola para comprar entradas.

Enrique está parado junto al pasillo de ingreso, detrás de los molinetes. Mientras habla por handy, da indicaciones al personal de seguridad. Es mexicano, trabajó como periodista en diversos medios del DF y conoció al Tihany realizando una cobertura. Su desempeño dejó una buena impresión a las autoridades del circo y lo convocaron para que se hiciera cargo del departamento de relaciones públicas. Desde entonces, es nómade.

Tiene una oficina: un trailer con sistema de aire acondicionado, barra de bebidas, alfombra y coquetos arreglos florales al mejor estilo Las Vegas. Sentado sobre sus isquiones en un sillón, con la espalda erguida, gesticulando con los brazos extendidos, explica que lejos de la visión romántica, los artistas ya no viven en casas rodantes estacionadas alrededor de la carpa. Allí sólo se hospedan los 60 empleados que no salen a escena y se ocupan de que el espectáculo funcione sin inconvenientes. "Por contrato, la gente que participa del show duerme en hoteles de cuatro y cinco estrellas", señala.

Muchas cosas diferencian al Tihany del clásico circo criollo. En vez de manzanas con caramelo y pororó, se pueden comer papas fritas con mayonesa, churros y donas recién cocinadas. En lugar de globos de colores y caretas de cartón, los nenes pueden llorar a gritos para que sus mayores les compren espadas con luces y matracas que dibujan frases en el aire con focos led. No cuenta con gradas de madera ni escalones irregulares; el circo más grande de Latinoamérica tiene butacas acolchonadas, forradas en telas suaves con colores vivos, que no pierden sus tonos con el desgaste de las funciones. Pero el Tihany no escatima en gastos y deja boquiabiertos a sus espectadores con la perla de las ostentaciones: un impresionante sistema de tubos plásticos que tiran aire frío en toda la carpa. "Es como estar en un circo de las películas", dice Laura, una espectadora que quedó maravillada.


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Petra en su salsa, entornada por la sensualidad de las pieles.
Petra en su salsa, entornada por la sensualidad de las pieles.


En escena realizan un espectáculo sofisticado, orientado a una estética estadounidense; puntilloso hasta en el detalle más pequeño. Los artistas, que fueron seleccionados en los concursos internacionales más prestigiosos, portan trajes confeccionados por el equipo de costureras del circo, con materiales importados desde los puntos más recónditos del planeta: plumas de Madagascar, telas francesas y lentejuelas asiáticas.

El escenario tiene un compartimento móvil desde donde emerge una fuente con aguas danzantes para un show de música. Incluso el mago se da el lujo de entrar en un viejo Rolls Royce modelo 1950 y hacer desaparecer un helicóptero ante la vista de los espectadores. En el Tihany reinan el lujo y el glamour.

Todos estos detalles pudieron ser apreciados por miles de rosarinos que pudieron ver el show durante su temporada en la ciudad. La convocatoria fue impresionante: 138 mil espectadores en once semanas. Pero detrás del telón plateado del escenario, donde las luces no iluminan, donde los espectadores tienen prohibido el paso, hay otro mundo, diferente, que esconde la riqueza desconocida del circo.


Bailar, viajar y brillar

En la puerta el público ya hace cola. Mientras, en el interior de la carpa, Enrique cruza el escenario y antes de meterse en la zona de camarines da media vuelta y mira las dos mil butacas vacías. Con un gesto da una indicación a los iluminadores y se sumerge tras bambalinas. Los artistas caminan de un lado a otro. En un rincón, los acróbatas están estirando los músculos. Abre una puerta y saluda a las vestuaristas. Cinco mujeres refuerzan con aguja e hilo trajes que serán usados en pocos minutos. "¿No la vieron a Petra?", pregunta. "Está con el resto de las chicas", señala una de las costureras, con acento mexicano.

Apurado, camina unos metros y golpea una puerta. "Permiso, ¿están vestidas?", pregunta, y recibe una respuesta positiva por parte de un coro de voces femeninas. Busca con la mirada a una de ellas y le dice: "¿Salís?, te están esperando para una nota". Unos segundos después, acomodándose un traje de payaso que, según ella, no la beneficia, aparece la bailarina.

Rubia, de piernas largas y ojos grandes, con el mentón erguido como un miembro de la realeza inglesa, Petra habla y se impone. Sus párpados, delineados por un grueso trazo negro, sólo se cierran cuando hace una pausa entre frase y frase. Habla claro y corta para respirar cuando termina de desarrollar una idea. "Desde que era una nena supe que quería bailar y viajar por el mundo", explica, y resume la historia de su vida.

Parada dentro del cuarto donde se guardan los trajes que se utilizan durante las funciones del Tihany, se muestra suelta y segura para salir a escena. Mientras charla con Más, uno de los encargados del espectáculo le avisa que tiene que estar lista en cinco minutos; ella suspira y sigue hablando. Parece que Petra lleva toda una vida concentrada.

Es rosarina y bailó desde muy chica, de la mano de su mamá, que es profesora. Con la danza clásica aprendió a realizar sus movimientos con sutileza, a dominar las cadencias y a desenvolverse en un escenario. Pero las medias color hueso, los tutús y las zapatillas de punta no colmaban sus sueños de glamour y lentejuelas.


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Richard Massone, el "capo di tutti capi" en el Tihany.
Richard Massone, el "capo di tutti capi" en el Tihany.


A los 19 años dio su primer gran salto profesional, cuando fue aceptada en una compañía de baile porteña y se instaló en la ciudad de Buenos Aires, con el único objetivo de que su nombre brillara en las carteleras de calle Corrientes. Se pasó dos años entre plumas, concheros y gibré, hasta que una charla con una compañera de trabajo despertó su espíritu aventurero. "Ella había trabajado en el circo durante una gira por México. Me contó un montón de cosas y me dijo que mandara un mail con videos y fotos", cuenta mientras sonríe, rememorando. Petra le hizo caso y envió su currículum artístico, sin depositar muchas expectativas.

A los pocos días el sonido del celular la tomó por sorpresa. Atendió y escuchó cómo del otro lado de la línea un hombre con tonada rara —esa que tienen las personas acostumbradas a hablar en varios idiomas— se le presentaba: era el mago Richard Massone, el capo del Tihany. Le dijo que estaba interesado en sumarla al cuerpo de baile estable del circo; le contó cómo se manejaba su espectáculo, cuáles eran sus criterios estéticos y cómo eran las lógicas de trabajo: "Pensalo y mañana me das una respuesta. Yo te estaría mandando lo pasajes a Venezuela la semana que viene", cerró la conversación. Ella no tenía nada que pensar.

Pocos días después, con 21 años, Petra llegó sola al aeropuerto de Caracas, acompañada de una pequeña valija, lista para su nueva vida de artista nómade. “En el Tihany descubrí un mundo increíble. Diferente a todo lo que esperaba. A mi abuela le dije que era un contrato de tres meses, para que no se asuste. Sólo mi mamá y mi papá sabían que me iba a quedar, por lo menos, un año”, explica.

Con el circo recorrió Venezuela y gran parte de Brasil. Expandió sus horizontes y se acostumbró a estar muy lejos de su familia. No le costó el desarraigo, porque era el costo que debía pagar para poder bailar, viajar y brillar.

Con su sueño siempre vigente, luego de cumplir contrato con Tihany, consiguió trabajo como bailarina en un crucero y luego formó parte de una compañía de espectáculos de San Pablo, con la que viajó a China para hacer shows en un parque de diversiones. “Fue duro, en el parque trabajábamos todo el día. Hacíamos muchísimas funciones, trabajábamos como chinos”, bromea. De allí volvió a Brasil, para reincorporarse al staff del mago Richard durante otra temporada.

Las vueltas de la vida la trajeron de regreso a Rosario y un amor despertó sus ganas de establecerse de nuevo en su ciudad natal. Pero los caminos se cruzan y esta vez fue el Tihany el que se acercó hasta la bailarina y le propuso que pusiera todo su glamour en la arena de circo. Petra está orgullosa de su carrera y, antes de cerrar su entrevista, pestañea dos veces, toma aire y asegura que “lo mejor todavía no llegó”.


Humilde karateca

Mientras Petra posa para el fotógrafo reaparece Enrique en escena. Está nervioso porque en menos de media hora se van a apagar las luces y va a empezar a sonar la música del show. Habla por teléfono y camina con pasos largos unos metros hasta un camarín que tiene las puertas abiertas, donde un montón de hombres charlan mientras se maquillan. “Edu, por favor, habla con él unos minutos y luego llévalo con Emi, por favor. ¿Puede ser?”, pregunta el periodista mexicano a un muchacho que sonríe y asiente con la cabeza.

Eduardo es acróbata del Tihany; uno de los que se destacan en escena. Alto, de espaldas anchas y brazos fornidos, habla despacio y relajado como si, al margen de su enorme exposición escénica, aún guardara un poco de timidez para sus adentros.

En el espectáculo se lo puede ver volar a metros del piso luego de ser catapultado desde una hamaca gigante en la que se columpian media docena de muchachos atléticos y caer de espaldas sobre una tela, con la tranquilidad y la soltura de un nene que se tira a una pileta. También participa de un número de bungee, en el cual un grupo de artistas se arroja de cabeza desde las alturas de la carpa del circo —sostenidos desde la cintura por dos cuerdas elásticas—; queda suspendido un segundo en el aire a pocos metros del piso y retorna a su lugar de partida, como una araña colgando de su tela.

Eduardo hace cosas imposibles para un humano promedio. Pero, a su parecer, el trabajo más difícil del circo lo tiene el payaso. “Nosotros somos 14 acróbatas. Ensayamos mucho y presentamos un acto cuando consideramos que sale bien. En cambio el payaso tiene su estructura establecida, pero está obligado a hacer reír a la gente. Depende del público y la única manera real de ensayar que tiene es con espectadores. Cuando eres payaso estás tú solito con gente mirándote”, dice.

Cuando el cuerpo no le permita seguir desafiando la gravedad, él piensa seguir su carrera como clown. “De a poco las lesiones se hacen sentir, uno no se recupera con la misma velocidad que antes, y yo quiero seguir mucho tiempo más en el circo”, señala. Lleva mucho tiempo estudiando shows de diferentes payasos, eligiendo gestos, movimientos, recursos y trucos para armar algo propio.

Mientras se venda las manos para colgarse de un trapecio a más de diez metros del suelo, se toma su tiempo para responder las preguntas. Está relajado, pero se nota que está pensando en lo que va a pasar en breves instantes, cuando salte a la arena y haga que la gente grite de pavor al verlo surcar el aire.

Ya tiene 30 años y hace ocho que es acróbata del Tihany. Lo contrataron mientras el circo hacía funciones en Honduras, cuando se presentó a una selección de talentos. “Estaba viajando con un circo mexicano y me enteré de que el Tihany estaba en el país. Nosotros estábamos en San Pedro Sula y ellos en Tegucigalpa, a unas tres o cuatro horas de distancia en micro. Así que cuando tuve un día libre me fui hasta allí, hice mi prueba y me eligieron”.

Soñó desde muy chico con convertirse en un artista nómade. Los primos de sus primos eran malabaristas de un circo y cuando hacían temporada en el Distrito Federal —donde él nació y vivió hasta que comenzó su carrera— Eduardo se pasaba todo el día encerrado en la carpa, mirando ensayos, estudiando todos los movimientos. Sin embargo, cuando tuvo que elegir, optó por las piruetas. “Siempre estuve entrenado. Soy cinturón negro de karate y antes de unirme al circo hice gimnasia artística durante un año y medio o dos. Me gustaba lo que hacían ellos, pero para ser malabarista hay que entrenar las 24 horas y es una vida muy sacrificada”, señala el muchacho, que arriesga su vida dos veces por día, de martes a domingo, desde hace 12 años.


El bisnieto de Lele

“Bueno, te voy a llevar con el Emi. Es un genio”, dice Eduardo y camina cinco metros hasta una pequeña puerta donde golpea y me hace pasar.

En el espacio que el Tihany reserva para su único payaso —un cuartito de tres metros de largo por uno y medio de ancho— hay objetos de todos los colores: plumas, pelotas y narices cuelgan de las paredes.

En un espejo que está frente a la puerta de ingreso, debajo de cuatro bombitas esféricas de luz blancas, tiene pegadas fotos de familiares y amigos que fueron a verlo a sus funciones. Un poco más abajo, en una repisa que está ubicada a un metro y medio del piso, hay una horrible cabeza de telgopor sobre la que reposa, despeinada, su arma más preciada: la peluca que, con la ayuda de un poco de maquillaje, lo convierte en el rey bufón del circo más importante de Latinoamérica.

Emiliano no concentra. Mientras sus compañeros se preparan para salir a escena escondidos en algún rincón oscuro de los pasillos traseros al escenario, expectantes de la función que está por empezar, él está relajado en su camarín. Hoy tiene jaqueca, pero charla tranquilo y se ríe sin importarle que detrás de los telones lo esperan dos mil personas para ver un show que depende, en gran medida, de sus monerías. Sentado en una silla, con una de sus piernas cruzada debajo de la otra, sigue inmutable. No acusa recibo del griterío del público.

Pasó un año de la última vez que se puso nervioso. Fue el día de su debut en el Tihany. Cuando saltó a la arena del circo, lo encandilaron las luces y se dio cuenta de que su carrera había superado sus expectativas; que había reemplazado las gradas de madera que acompañaron su infancia por un enorme auditorio con butacas forradas en elegantes telas color púrpura. Aquella noche, con un escalofrío, se le pasó la vida frente a su nariz colorada, justo antes de provocar la primera ola de carcajadas. “No soy muy de planear. A mí las cosas se me fueron dando. Todo fue muy rápido, sin que me diera cuenta”...

Él es quinta generación circense. Su abuelo manejaba el viejo circo Panamericano, que supo girar por toda la Argentina. Hace más o menos tres décadas, el negocio ambulante de su familia hizo base en un descampado de Pergamino y, como es costumbre, convocó a los pibes de la zona para que ayudaran con el armado de la carpa. Entre los changarines que aceptaron el trabajo estaba Fabio, un vecino de la cuadra que jugaba al fútbol en la primera de Douglas Haig, el club más importante de la ciudad. El joven deportista no sabía que su afán de hacer unos pesos extras iba a provocar un vuelco rotundo a su vida: en medio del enorme esfuerzo físico, mientras montaba los parantes de las estructuras y tendía las lonas de colores que cubrían el perímetro del circo, cruzó miradas con Cintia, la equilibrista del Panamericano, la hija del patrón.

El pibe que corría por el césped detrás de la pelota quedó flechado por la chica que desafiaba las alturas en un alambre tenso. Tuvieron un romance mientras el Panamericano hizo temporada en la ciudad y cuando hubo que decidir, fue Fabio el que desafió al vértigo de lo desconocido. “Mi viejo se reenamoró. Así que habló con mi abuelo, largó todo y se fue de gira con el circo; una gira que sigue hasta el día de hoy”.


Las enseñanzas del circo criollo

La gente del circo es nómade. Como los caracoles, cargan sus casas en los hombros y deambulan por el mundo ofreciendo espectáculos. “Nosotros vivimos viajando. Yo nací en San Luís, porque me tocó nacer ahí. Uno de mis hermanos nació en Río Cuarto y otro en Mendoza; son cuestiones circunstanciales”, explica el payaso del Tihany, que se considera un pergaminense por adopción.

En la ruta Emiliano aprendió el oficio jugando, imitando lo que hacían los mayores en escena. Sus padres participaban en números de acrobacia y eran asistentes del mago; pero a él le encantaba mirar al Lele, su bisabuelo, el payaso principal del Panamericano. Se paraba a su lado en el camarín y lo ayudaba a maquillarse. Estudiaba sus movimientos, imitaba sus morisquetas; era su preferencia en el negocio familiar. Como un juego, de a poco, casi sin darse cuenta, Emiliano se pintó la nariz de rojo y comenzó el camino que transita hasta hoy. “La primera vez que entré a la pista fue con él, en un número musical donde los payasos tocaban instrumentos. Mi bisabuelo tenía una trompeta y yo un bombo legüero chiquito. Tenía tres o cuatro años”. De la mano de Lele, el aprendiz dio sus primeros pasos para convertirse en Friguglietti, su alter ego, el dueño de las risas del Tihany.

Con los años, la sección humorística del Panamericano quedó a cargo de los tíos de Emiliano, los hermanos de su mamá. Él participaba de todos los shows y se esforzaba por tener mayor protagonismo en el espectáculo. Como todo pibe curioso, el joven payaso se dio cuenta de que no coincidía en algunas de las decisiones tomadas por sus mayores. El de su familia era un típico circo criollo, con una búsqueda estética marcada y reglas rígidas sobre cómo debían hacerse las cosas. “Cuando empecé con mis tíos hacíamos rutinas habladas y yo me sentía más cómodo haciendo cosas mudas, mucho más clownescas. Ellos eran payasos clásicos y yo la reflasheaba con Chaplin o veía cosas del Cirque Du Soleil. A los 10 u 11 años empecé a hacer pequeñas rutinas propias”, cuenta Emiliano.

Como Cintia, los nietos de Lele se fueron poniendo de novios y subieron a sus parejas a la caravana. Así los remolques se llenaron de bisnietos y el emprendimiento familiar ya no les pudo dar de comer a todos. El Panamericano se tuvo que desarmar. “Cada hermano creó su circo. Hoy hay seis o siete dando vueltas.”, explica el muchacho.

Él —o su alter ego, Friguglietti— quedó a cargo del espectáculo humorístico principal del desprendimiento que comandaron sus viejos. Allí el payaso pudo explorar nuevos horizontes y proponer una nueva estética, diferente a la tradición de su familia; más aggiornada. Viajó con ellos hasta que cumplió los 16 años y le llegó la oportunidad de dar un salto. “En el ambiente nos conocemos todos, siempre estamos en contacto. Como yo estaba haciendo esa onda de payaso, me recomendaron en el circo Servian que estaba encarando una nueva etapa, dirigida por (el coreógrafo) Flavio Mendoza, dejando de lado la idea del espectáculo criollo, y agarré viaje”, explica.

El desarraigo le resultó raro. Si bien estaba acostumbrado a deambular por las rutas sin un rumbo claro, siempre lo había hecho acompañado por abuelos, padres, tíos y primos. Cuando dio el salto al Servian se encontró solo, en un carromato diferente, en una carpa con otros colores, con otros olores, con otra dinámica. Mantuvo su espíritu nómade, pero a bordo de otra caravana. “Fue muy raro. De un día para el otro me independicé y me tuve que acomodar a una lógica nueva. A diferencia de otros pibes que llevan una vida sedentaria, yo laburé desde muy chico. Pero a la vez, hacía muy pocas cosas sin mi familia”.

En su nuevo trabajo cumplió un par de temporadas y cuando venció su contrato se mudó a Buenos Aires, para trabajar nuevamente con Flavio Mendoza en el espectáculo Stravaganza Tango, en el que interpretó uno de los papeles principales. Allí estuvo otros dos años.


La llamada del mago

Una tarde, mientras disfrutaba de su novedosa vida sedentaria en la Capital, sonó su teléfono. Atendió y se enteró de que su interlocutor era nada más y nada menos que Richard Massone, el ilusionista rosarino que tiene a su cargo la producción artística del Tihany. El mago le ofreció trabajo y Emiliano aceptó sin preámbulos, como siempre, casi sin darse cuenta. “Estaba como en otra, porque este circo para cualquier persona del ambiente es grossísimo, más para un payaso; porque los payasos que trabajaron acá son contados con la mano”, relata.

Siguiendo las órdenes del mago Richard, Emiliano fue hasta el aeropuerto de Ezeiza, tomó un vuelo y llegó al punto de encuentro. Se topó con la carpa color púrpura, donde una comitiva de empleados lo recibió y, luego de presentarle a sus compañeros, lo llevó al cuartito de un metro y medio por tres.

Ensayó solo unos días en su nuevo lugar de trabajo. Una tarde se puso un poco de base blanca en la cara, a la que le agregó color en los pómulos y los ojos. Luego se marcó los rasgos con delineador negro y se calzó su peluca despeinada. Cuando el encargado de escenario le dijo que tenía que salir cruzó tranquilo el pasillo oscuro que divide los camarines de la arena central del Tihany. En ese momento quedó encandilado por los cenitales que lo iluminaban desde el sector opuesto de la carpa y se le vino el escalofrío. “Uy loco, ¿qué hago acá?”, se dijo, mientras se acordaba del payaso Lele, la equilibrista y el futbolista que dejó todo por amor.

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