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Domingo 13 de Agosto de 2017

Un poco de tiempo al tiempo

La proa es el futuro. Allí habitan las dificultades a vencer. Es el lugar de la posibilidad

Decía San Agustín: "¿Qué es pues el tiempo. Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si quiero explicárselo al que me lo pregunte, no lo sé".

Voy a meterme lector, yo solo, pues Ud. nada me ha pedido, en un verdadero atolladero: reflexionar sobre el tiempo.

Ni un sabio, santo para muchos, como San Agustín de Hipona salió airoso del tema, como posiblemente la filosofía toda: explicar el tiempo.

No espere de mí, entonces, más que torpes balbuceos. Y puede abandonarme ya. Es su derecho. Pero tal vez valga la pena intentarlo.

No me referiré tanto al tiempo del reloj, el tiempo medido, el de Cronos, ese mitológico dios griego que devoraba a sus hijos en una clara metáfora que nos recuerda nuestra fragilidad inevitable ante el paso del tiempo. Apuntaremos al tiempo vivencial, al del Kairos griego, divinidad menos conocida, que da cuenta del tiempo que se vive, del instante sentido.

Es el tiempo con el que juegan los poetas, lo que le permite decir a Enrique Cadicamo en su bello tango Los mareados: "Hoy vas a entrar en mi pasado", síntesis magnífica del ayer, del hoy y del mañana, en un verso inolvidable.

O a Lewis Carroll hacer que su Alicia maravillosa le pregunte al Conejo Blanco: "¿Cuánto dura la eternidad?". "A veces solo un segundo", contesta al personaje del reloj inevitable.

Pero mi objetivo es más práctico. Creo que comprender mejor el interjuego entre pasado, presente y futuro nos otorgará mejores recursos para nuestro vivir cotidiano. Sin necesidad alguna, como verá el lector, de alejarnos de los poetas que creo son los únicos que le ganan la pulseada al tiempo con el recurso de atraparlo en la belleza de sus palabras.

Imagine que viaja Ud. en una pequeña embarcación del tipo y forma que desee. Yo, puesto a elegir, y navegando en los reinos de la memoria, prefiero un barquito de madera de esos que había en el laguito del Parque Independencia donde uno remaba para no ir a ninguna parte. Privilegios de la infancia.

Imagine que el barco está equilibrado. La popa, la parte trasera, representa el pasado habitado por buenos recuerdos, algunos tristes, claro, y dulce nostalgia por lo que ya no está. La fuerza de nuestra historia.

La proa es el futuro. Allí habitan las dificultades a vencer pero es el lugar del proyecto, de la posibilidad.

Y el medio, donde va Ud. sentado, representa el presente. Allí vivimos siempre pues el pasado ya pasó y el futuro aún no llegó.

El presente moja nuestras manos como el agua del laguito y, como ella, se escurre entre nuestros dedos. Esa es la condición efímera pero paradójicamente permanente del presente. Pasado y futuro son solo maneras de explicarnos nuestra historia y nuestro porvenir.

Pero compliquemos el viaje, lector.

Si "la popa se carga demasiado" el pasado empieza a tener más peso de la cuenta. Nos invade la pena por lo que perdimos o la nostalgia agria por lo que ya no está. Y como dice Jorge Manrique en Coplas a la muerte de mi padre, sentimos que "cualquier tiempo pasado fue mejor".

La tristeza se apodera de nosotros y el barquito comienza a "hacer agua" por detrás. Y, si esto se intensifica, un psiquiatra podrá decir: "Padece Ud. de depresión" (que eso es la depresión, la añoranza paralizante por lo que ya no está).

Pero si es la proa la que comienza a complicarse, si el futuro nos aparece oscuro y peligroso y el miedo y la ansiedad nos invaden, nuestro barquito "naufragará" por delante bajo el peso de esa ansiedad inútil que nada resuelve.

Fue Michel de Montaigne, el célebre autor de los Ensayos quién mejor definió esta situación cuando dijo: "He padecido en la vida muchas cosas, la mayoría de las cuales ni siquiera ocurrieron".

Los psiquiatras, menos sutiles que Montaigne, qué vamos a hacerle, le dirán: "Tiene Ud. un trastorno por ansiedad, o el temido (valga la redundancia), ataque de pánico".

Y cuando la presión es sobre el centro, el barquito se romperá por allí. Exceso del presente. Sin pasado, sin referencias históricas para apoyarnos. Como un árbol sin raíces. Sin futuro, sin estímulos para proyectarnos. Como un árbol sin ramas que se eleven hacia el cielo, hacia el mañana.

Aquí están las problemáticas del vacío, de la nada, que tanto acechan sobre todo a nuestros jóvenes. Puerta de entrada de las adicciones, las drogas, el alcohol, que buscan llenar ese vacío. O el uso excesivo y alienante de la tecnología. O el dejarse estar, la desidia.

Es necesario cuidar el equilibrio de nuestro barco. Darle a cada dimensión del tiempo una dosis adecuada.

Necesitamos de nuestra historia. Pero se equivoca Manrique, lector. No es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor. Tal vez, tan sólo no habíamos transitado dolores que ahora nos duelen. Idealizar el pasado nos deja anclado en él. Pero negarlo, abjurar de nuestras tradiciones, nos deja sin raíces, a merced de cualquier viento.

Necesitamos también de la fuerza que otorga el proyecto para protagonizar nuestro futuro. Para entusiasmarnos con él. El proyecto es deseo, y el deseo es vida. Desde él, avizoro un mundo mejorado para el cual invierto mi esfuerzo.

¿Y el presente? Me gustaría intentar una definición. Creo que el presente es el modo en que elegimos vivir. Es la “fábrica” de nuestra cotidianeidad.

Epicuro, el filósofo griego del jardín, proponía una forma de vida, sabia, sencilla, nada ostentosa: buenas uvas, buen queso, buenos amigos, buenas ideas. Y caminar, en lo posible acompañado, por los senderos de su existencia.

Cierto que uno puede convertir lo cotidiano en una “montaña rusa/tren fantasma” donde cualquier forma de lentitud es vivida como una agonía. O en su contrario: el tedio que anula el entusiasmo por hacer y nos aleja de los otros.

Son patologías del instante que impiden, en un caso ver y disfrutar del paisaje de la vida, y en el otro, no acceder jamás a él. Reforcemos el remedio entonces.

Ya le dije que los poetas tienen mucho que enseñarnos. No se me ocurre mejor manera para finalizar esta nota que compartir con Ud. un bello poema: Oda al presente, de Pablo Neruda. En él se nos invita a usar la fuerza que otorga la delicadeza y, sin violencia alguna, ser dueños de nuestro presente.

Ahí va lector, aquí al lado... Este momento tal vez valga la nota entera.

PD. “El barquito del tiempo” es nuestro. Y nosotros decidimos como navegarlo. Buen domingo.


Oda al presente

Este

presente

liso

como una tabla,

fresco,

esta hora,

este día

limpio

como una copa nueva

—del pasado

no hay una

telaraña—,

tocamos

con los dedos

el presente,

cortamos

su medida,

dirigimos

su brote,

está viviente,

vivo,

nada tiene

de ayer irremediable,

de pasado perdido,

es nuestra

criatura,

está creciendo

en este

momento, está llevando

arena, está comiendo

en nuestras manos,

cógelo,

que no resbale,

que no se pierda en sueños

ni palabras,

agárralo,

sujétalo

y ordénalo

hasta que te obedezca,

hazlo camino,

campana,

máquina,

beso, libro,

caricia,

corta su deliciosa

fragancia de madera

y de ella

hazte una silla,

trenza

su respaldo,

pruébala,

o bien

escalera!

Si,

escalera,

sube

en el presente,

peldaño

tras peldaño,

firmes

los pies en la madera

del presente,

hacia arriba,

hacia arriba,

no muy alto,

tan sólo

hasta que puedas

reparar

las goteras

del techo,

no muy alto,

no te vayas al cielo,

alcanza

las manzanas,

no las nubes,

ésas

déjalas

ir por el cielo, irse

hacia el pasado.

eres

tu presente,

tu manzana:

tómala

de tu árbol,

levántala

en tu

mano,

brilla

como una estrella,

tócala,

híncale el diente y ándate

silbando en el camino.


Pablo Neruda



Ernesto M. Rathge

Médico psiquiatra y psicoterapeuta

Especial para Más

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