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Domingo 19 de Febrero de 2017

Todorov: adiós al amigo, adiós

Su obra, vinculada inicialmente con el estructuralismo, se expandió y ramificó más tarde en direcciones tan profundas como necesarias. Su palabra, genuina e inquietante, señalaba caminos donde la honestidad intelectual era una consigna indeclinable. Se lo extrañará.

Durante años dialogamos en silencio, sin vernos, a la distancia. Leí sus primeros textos escritos en clave estructuralista en mis años iniciales de estudiante universitario, textos que luego, debo confesarlo, olvidé. Fue un par de décadas más tarde cuando lo reencontré en las páginas de su libro dedicado a la conquista de América, y desde entonces nunca más lo abandoné.

Hay autores que viven en sus lectores de manera singular, cuyos pensamientos y miradas sobre el mundo lo obligan a uno replantearse continuamente su propio pensamiento, como se dice vulgarmente, "a barajar y tirar de nuevo". Tzvetan Todorov tenía la capacidad de producir esas transformaciones. Aún recuerdo mi asombro cuando me asomé por primera vez a las páginas de ese ensayo fundamental titulado Frente al límite, en cuyo primer capítulo desplegaba la vida y la muerte de Mordejai Anilevich, mi héroe intocable del Gueto de Varsovia, aquel cuyos pasos yo había seguido en tantas historias escolares de la adolescencia pero que en esas páginas revelaba un costado suyo que nunca antes había advertido y que tanto me costó aceptar. Porque Todorov ubicaba a ese combatiente de atributos cuasi sagrados en el barro mismo de la historia, despojándolo del bronce y de su carga áurea, bajándolo de los pedestales adonde la mitología lo había elevado como estrella inalcanzable, para interrogarlo, desnudo, a la luz de las consecuencias que habían tenido algunas de sus acciones, muchas de ellas dramáticas, para aquellos que justamente había pretendido cuidar y proteger. Luego de leer esas páginas todo un mundo de creencias se desmoronó junto a ellas, a la vez que nacía otro, más inquietante, signado por el mandato de la interrogación como condición indispensable para la construcción de un verdadero pensamiento crítico, en cualquier disciplina.

Yo dialogaba con Todorov sin que él me conociera y sin que él lo supiera. Gracias a sus libros conocí a Etty Hillesum, a Margarette Buber-Neumann, a Milena Jesenska, a David Rousset, a Germain Tillion, a Vassily Grosman. Todorov los presentaba a sus lectores como si esos personajes de la historia hubieran sido amigos suyos o conocidos de su vecindario que merecían ser conocidos por otros. Y con gran sagacidad ofrecía sus historias de vida, cuya lectura a muchos nos ayudaron no sólo a comprender el mundo del pasado sino a descifrar los enigmas del presente. Así, con esas historias se desplegaron frente a mis ojos paisajes y territorios diversos, los de la conquista española sobre América, los del mundo centroeuropeo en su dimensión concentracionaria, los de la larga noche búlgara signada por el control y la condena al ostracismo, y también otros paisajes más cercanos en el tiempo, como los de este presente en el que vivimos, herido de muerte por los proyectos homicidas de la economía neoliberal, acechado por la oscura sombra de nuevos fanatismos.

Hace una semana, mientras Todorov agonizaba, comencé a leer uno de sus últimos ensayos, dedicado a narrar los modos de insumisión en la escena contemporánea. Gracias a él conocí a David Shulman, un israelí que en el corazón de la barbarie logra quebrar con acciones a veces minúsculas, el atropello que su propio pueblo en clave colonial despliega sobre sus históricos vecinos. Y gracias a él también, y por esas mismas páginas, volví a entender por qué Gitta Sereny es una de las figuras centrales del siglo XX y por qué su vida merece no ser olvidada. Mujeres y hombres insumisos vistos como nobles "guerreros" del nuevo milenio para quienes sus cualidades morales pueden convertirse en un arma tan poderosa como las que el poder diseña para imponer su orden injusto; eso es lo que enseñan, según Todorov, sus vidas, y es por eso que, según él, merecían ser narradas.

Escribía a contracorriente del llamado pensamiento "progresista", advirtiendo aquellas opciones que en nombre de los ideales altruistas no habían hecho otra cosa que acrecentar el dolor en el mundo. El haber nacido en el seno de una sociedad autoritaria cuya dirigencia política se presentaba al mundo como el emblema del bien absoluto, le había brindado las claves para sospechar de las buenas intenciones que acompañan a las ideologías del progreso. Para Todorov, la persecución del bien, en la medida en que olvida a los individuos que deben ser sus beneficiarios directos, corre el riesgo de confundirse con la práctica del mal.

El diálogo silencioso con Todorov se prolongó durante años hasta que una mañana de 2014 en París un amigo me propuso conocerlo. Yo había viajado, entre otros motivos, con la intención de invitarlo a la Argentina a dictar un seminario de maestría. Recuerdo que se sentó en la mesa del bar, pidió un café y enseguida comenzamos a hablar como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Cuando ya habíamos conversado de tantas cosas le extendí la invitación, entonces él me miró a los ojos y en tono pausado me dijo: "Hay tantos lugares bellos e interesantes del mundo que no conozco, ¿por qué habría de volver a la Argentina, donde no la he pasado nada bien?". Es que hacía tan sólo unos meses atrás había estado en Buenos Aires y a su regreso a Francia había escrito una columna de opinión donde ponía en cuestión el proceso de memoria que nosotros, los argentinos, habíamos desplegado en los últimos años. Según su parecer, lejos estábamos de poder dar lecciones al mundo en esa materia, teníamos aún no sólo mucho que corregir, sino también mucho que aprender de otras experiencias. También en esa breve columna hacía mención a la violencia política que había tenido lugar en nuestro país en los años previos al golpe, en la importancia de no eludir la enunciación de los temas álgidos si de verdad pretendíamos entender lo que nos había pasado. Pero ese atrevimiento crítico no le fue perdonado por los celosos guardianes de la memoria y se tradujo entonces en una serie de cartas públicas que, escritas muchas de ellas en tono beligerante, no hicieron más que darle la razón.

En esa columna no decía nada que ya no hubiera dicho antes. Él entendía que el pasado es un territorio a explorar, que la única forma de evitar la repetición de lo atroz es atrevernos a formular preguntas a contrapelo de los saberes establecidos, interrogando al ayer a riesgo de que las respuestas que nos devuelva ese pretérito no sean precisamente las que quisiéramos escuchar. Un método crítico que aplicó a sus indagaciones sobre tantos otros capítulos de la historia del siglo XX, desde la experiencia del nazismo y el comunismo a la guerra de Argelia y los procesos de descolonización. Ese empeño en leer a contraluz, sin plegarse a la consagración de los "lugares comunes" de la historia le granjeó no pocas condenas, que iban de ser acusado de vocero de la derecha a liberal, aplicado este último calificativo como insulto, algo que él recibía como señal de que había logrado conmover con su escritura.

La mañana en que compartí la noticia de su muerte con algunos colegas, no fueron pocos los que me respondieron confesando que su partida no sólo los entristecía, sino que además los hacía sentir, de algún modo, huérfanos. Que a partir de ahora seguramente habrían de sentirse más solos, desprotegidos. Y es comprensible: saber que Todorov estaba en el mundo brindaba a muchos la tranquilidad de sentirse acompañados, académica y sensiblemente en un mundo en el que, a pesar de las experiencias vividas, los dogmáticos no cesan de multiplicarse. Saber que él estaba y que "él lo había dicho" servía para sentirse avalado en muchas osadías del pensamiento.

Todorov era alguien que muchos necesitábamos que siguiera más tiempo a nuestro lado, esa es la verdad.

Como suele decirse, quedan sus libros como atajo para volver a encontrarlo. No es poca cosa, en absoluto.

Continúa nuestro diálogo, ahora sí, de verdad en silencio.

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