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Domingo 22 de Enero de 2017

Siete agujas

Le dan el alta a la mañana del jueves y se va del hospital con el turno. Cecilia tiene un consultorio en el pasaje Santa Cruz donde lo espera el viernes. A él le parece de buen augurio que sea en otra calle inclinada.

Le dan el alta a la mañana del jueves y se va del hospital con el turno. Cecilia tiene un consultorio en el pasaje Santa Cruz donde lo espera el viernes. A él le parece de buen augurio que sea en otra calle inclinada. Allí lo recibe más linda, sin guardapolvos ni prisa ni aparatos, ahora parece una mujer sin la presunción ni el poder de la ciencia. Menos pálida, en unos chupines de vaquero azul y blusa roja de satén con sandalias de cuero crudo. Esteban cree que jamás se haría tocar por una mujer con animal prints.

Entonces comienza el interrogatorio de la consulta clínica. Llegan a esa pregunta que él podría haber soñado en la crisis de pánico del miércoles a la noche. —¿Con quién vive? —dice ella y él piensa si acaso no lo había tuteado en la urgencia, alrededor de medianoche, en el sanatorio. —Solo —contesta él—, pero inmerecidamente. Ella sonríe y a él le cuesta un horror no preguntarle lo mismo.

Luego lo hace acostar en la camilla. Desnudo, dice, sólo con el boxer. Lo revisa, lo ausculta, él tiene cosquillas. La palidez no aparece, la neurosis, todo el tiempo. Ella lee los análisis de laboratorio que están perfectos.  —Queda la ansiedad, dice Cecilia. —El dolor, dice él. —¿Dónde?

Él hace silencio. Un médico debería saber que el dolor de vivir es difuso, que no se sabe bien dónde elegir perder, seguir, cubrirse. Que lo más pálido es la muerte y que hay dolores que solamente desaparecen con ella. Cecilia busca unas agujas, las saca de un blíster que dice moxibustión. Flor Manasseri preguntará en la clase del lunes si puede usar esa palabra, "moxibustión", en un poema. Antes de hoy, él hubiera dicho que no. Que jamás. 

Son siete las agujas, largas, brillantes y Esteban recuerda unos echarpes naranjas tejidos a mano. Una acupuntura en ambos pies, dice ella: dos en la panza, dos en las muñecas y una entre los ojos. Masajes en la nuca, pulgares en los pies, él cierra los ojos y recuerda la geisha de la peli "Escrito en el cuerpo". Una crema suave (¿o son sus manos?), un ungüento cítrico (¿o es su perfume?). Cecilia dice: bolsa de agua caliente en la panza. El recuerda que era el remedio favorito de su madre. Diez minutos dice ella y le pone música: Wim Mertens, esos temas de las virtudes teologales que Pereda le hace escuchar a su hermana Andrea Lou cuando viaja traficando droga por el sudeste de Córdoba.

De pronto él acepta el trance, se siente relajado porque Cecilia vuelve a cada rato a controlarle las agujas. Le cambia la música: Nonpalidece: La flor, Tu presencia. El domingo tocan en el Banquito dice ella, en Vladimir. Si vas (ahora vuelve a tutearlo), acordate de pisar el barro en patas, y no aflojés con la bolsa de agua caliente, diez minutos, todos los días, en la panza. Esteban no tiene bolsa en su casa, quedan dos en la casa vacía de sus viejos. Las de ellos. Hasta es probable que el agua que contienen fuera la que alivió sus últimos espasmos. Esos cólicos que un poco lo llevaron a esa consulta de madrugada.

Pone el agua en la pava, llena la bolsa, sube al altillo y calcula que en diez minutos podrá describir todos los árboles de una escena donde Andrea Lou enamora a su novio aviador de fumigaciones, una especie de Mark Ruffalo de Cruz Alta, y mientras la chica lo pasea por la alameda de la estancia de Camilo Aldao, antes de echarse un polvo memorable, desnudos y embarrados en el rastrojo, ella le irá nombrando al piloto todas las especies de árboles que irán a plantar un día en ese campo cuando sean felices y juntos, para siempre: quercus, aguaribay, tilo, rhiuss, retama, álamo, abedul, abeto, ciprés, palmera, jazmín, saúco, almendro, azahar, encina, cedro, ceibo, naranjo, rododendro, sequoia, sauce, roble ,ombú, magnolia, pino, arce, lapacho, olivo, castaño, casuarina, olmo, jacarandá, eucalipto, almendro y siempre su recuerdo, el del Haroldo de ella, de Leila: el del álamo carolina en las siete partes de su cuerpo, las siete agujas.

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