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Domingo 01 de Octubre de 2017

Salven a las bacterias

La investigadora del Conicet María Eugenia Farías descubrió en 2009 ecosistemas antiguos en la Puna. Hoy sigue apostando a la divulgación científica para darles mayor valor turístico a esos lugares y asegurar su preservación. Perfil de una mujer curiosa y audaz.

La bióloga María Eugenia Farías es una mujer intrépida, amante y protectora de la naturaleza. En 2009 descubrió microorganismos a 4 mil metros de altura que podrían explicar la presencia de vida en Marte. El hallazgo, además, puede tener numerosas aplicaciones en el ámbito de la salud y en torno al cambio climático. El impacto de su investigación trascendió lo científico y logró reconocimientos para la preservación de especies,

Farías forma parte del grupo de científicos que en 2001 —a través de una beca de reinserción— regresó al país. Se instaló en Tucumán en el Laboratorio de Investigaciones Microbiológicas de Lagunas Andinas y en la Planta Piloto de Procesos Industriales Microbiológicos. Al amor y a la curiosidad por la naturaleza los carga en su mochila desde la infancia, de la época en que vivió en la selva tucumana y exploraba con amigos esas montañas y lugares recónditos.

Confiesa, en una charla con Más, que su forma de vida es fuera de lo común: pasa todo el año arriba de su camioneta circulando por lugares de difícil acceso. Fue en una de esas expediciones que sucedió lo que todo científico sueña. Fue el día del Eureka.

En plena recorrida por la emblemática cordillera volcánica salteña, el Llullaillaco y el Socompa, a unos 4 mil metros de altura, descubrió un tipo especial de rocas, los estromatolitos, que a simple vista no presentan ninguna particularidad pero que en su interior esconden pequeños titanes que prosperaron bajo las condiciones ambientales más extremas desde los comienzos de la vida en la Tierra hace unos 3.600 millones de años.

Son "piedras vivas". Mucha gente las había visto pero no sabían qué eran. De acuerdo a sus palabras se trata de "héroes orgánicos". Soportaron, cuando todo era fuego y agua, las peores condiciones medioambientales, y alimentándose de gases, inauguraron la fotosíntesis, liberaron oxígeno, crearon ozono y permitieron que exista la vida en la Tierra. "Van a ser los sobrevivientes si las cosas se ponen complicadas y de hecho es probable que si hay otra extinción masiva serán los que van a quedar. Van a remediar y arreglar las cosas para la próxima eclosión de vida que vaya a saber qué será", subrayó la científica durante una visita a Rosario.

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Lo destacable del hallazgo es el lugar en donde se encontraron estas rocas ya que actualmente son pocas las zonas en el mundo donde se hallan "microbialitos vivos", como por ejemplo en Bahía Tiburón, (Australia), en Cuatro Ciénagas, (México) o en el Parque Nacional de Yellowstone y las Bahamas (Estados Unidos). Casi todos son lugares cálidos y se encuentran al nivel del mar. También se los busca en Marte, donde se cree que hubo una evolución como la Tierra y porque gracias a imágenes obtenidas por telescopios se sabe que habría estromatolitos.

"En general, un descubrimiento de impacto, como fue encontrar fósiles vivos en la Puna, se publica primero en revistas internacionales y después llega a la comunidad —si es que llega— pero este caso fue exactamente al revés", destaca Farías, y agrega: "No teníamos medios ni infraestructura para desarrollar en nuestro laboratorio una investigación así. Sólo tenía posibilidades de realizarla a través de una colaboración extranjera pero mi instinto me decía que iba a perder autenticidad. Eso de ser proveedor de muestras no me gusta, es un juego que jugamos a veces por necesidad o por comodidad".

Entonces, los primeros en enterarse del hallazgo fueron los pueblos originarios de Tolar Grande que inmediatamente se preocuparon por su preservación. El "paper" dando cuenta del descubrimiento —publicado en Plos One y en The ISME Journal del grupo Nature— llegaría recién cuatro años después. Para ese momento la zona ya estaba catalogada como área protegida y se habían realizado varios documentales para televisión dando cuenta del descubrimiento, que también había sido agregado a los textos de biología de la educación secundaria.

Las condiciones de aislamiento, altitud, clima y ecosistema convierten el sitio en un hábitat único, esto es, en la comunidad más alta del planeta que produce sus propios alimentos a través de la fotosíntesis. Luz y nutrientes permiten el desarrollo de estos pequeños islotes de vida complejos a 6 km de altura sobre el nivel del mar. Asimismo, una laguna al pie del volcán, la laguna Socompa, contiene algas del tipo estromatolitos que se encuentran biológicamente activos y se destacan entre los ejemplos a mayor altura en el mundo. El volcán Socompa representa un cuadro de rasgos geográficos, geológicos y biológicos singulares que lo destacan entre sus pares de la cadena andina.

"Gracias a la divulgación pude empezar a estudiarlos. En el Instituto de Agrobiotecnología Rosario (Indear) hicimos la primera secuenciación y sacamos el primer paper. Así creció la historia, seguido por un relevamiento en los Andes, en Argentina, Chile y Bolivia. Buscamos la importancia de la parte científica, social y del medio ambiente. Llegó a ser tanta la presión que tomé la decisión de que lo mejor era preservarlo, ya que si se pierde, se pierde para siempre. En ese proceso surgieron empresas privadas que pusieron dinero para preservarlo y nosotros generamos la información para publicar. De esta manera pudimos obtener los primeros metagenomas en el Indear", explica.

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Aplicaciones

El análisis y clasificación de estas comunidades microbianas tiene importantes aplicaciones biotecnológicas para desarrollar. "Gracias a su riqueza genética, diversidad y novedad, pueden contener reservas genómicas y proteómicas que pueden ser de interés para futuras aplicaciones biotecnológicas. Desde un modelo como sumideros de carbono en zonas desérticas hasta conservar los registros de la explosión de las últimas supernovas cercanas, o la prueba de la extinción de los dinosaurios, los estromatolitos fósiles y modernos de la Puna generan fascinación en la ciencia", enfatiza la científica.

En paralelo surgen aplicaciones de gran valor económico como la capacidad de estas bacterias para restaurar suelos salinizados o en contar ciclos hídricos milenarios en salares de gran interés económico donde hoy se explota el oro blanco, el litio.

Farías comenzó una cruzadapara proteger estos ecosistemas en el contexto de la "Fiebre del Litio" que acomete los salares del Altiplano. Logró por primera vez que los ecosistemas microbianos sean tenidos en cuenta en las líneas de base y en estudios de impacto ambiental en proyectos de minería no metalífera.

El fruto del esfuerzo tiene varios costados dignos de ser mencionados. Uno de ellos es el que reafirma el valor ecológico que subyace en las lagunas, los ojos de agua y humedales de la altiplanicie como crucial sostén de diversas especies silvestres andinas y ahora también como "ventanas" hacia el conocimiento del pasado y el futuro de la evolución de las especies en el planeta.

Como bien remarcó la experta, los reservorios de biodiversidad arcaica localizados en la Puna salteña son una "ventana al pasado" porque las extremas condiciones de radiación solar, la baja presión atmosférica y la exigua concentración de nutrientes —en especial de fósforo— los convierten en un fiel espejo de la Tierra en los inicios de la vida, cuando la capa de ozono no existía.

A la vez, las lagunas andinas, de las cuales comienza a ocuparse la comunidad mundial de biólogos, también se consideran "ventanas al futuro" porque sus ambientes son muy parecidos a la superficie de Marte, el planeta rojo.

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Turismo científico

Su impulso por volcar el conocimiento científico hacia la comunidad llevó a Farías a publicar recientemente un libro de turismo científico en coautoría con un guía experto de la Puna, Luis Ahumada. Su nombre es La Puna y la tierra primitiva.

Con Ahumada desarrollan además el producto turístico "Ruta al origen de la vida" que es un viaje que recorre los lugares donde se llevaron a cabo los descubrimientos, todo en el marco de la divulgación científica y la aventura en 4x4 por la Puna. "La idea surgió de la inquietud de Luis, que es quien hace la logística de nuestras campañas. Llevaba a la Puna a turistas que le hacían preguntas y así se dio cuenta de la gran necesidad de tener un mejor conocimiento y también de transferirlo hacia el resto de los guías de la zona para que ellos puedan transmitírselo bien a los visitantes", cuenta.

Si bien en un principio el libro —financiado por el Ministerio de Cultura y Turismo de la provincia de Salta a través del Fondo Ciudadano de Desarrollo— fue pensado para agencias de viaje y guías, la demanda por parte de turistas fue tal que están haciendo una segunda edición para la venta que llevará otro nombre: Ecosistemas antiguos en la Puna moderna.

El texto, acompañado por mapas, ilustraciones y fotos, busca explicar de manera didáctica las similitudes entre las condiciones ambientales de la Puna y aquellas presentes en la tierra primitiva hace 3.400 millones de años —baja presión de oxígeno, alta radiación UV, presencia de volcanes activos, fuertes vientos, ambientes desérticos— y la importancia de haber encontrado en el altiplano la presencia de ecosistemas propios de la etapa precámbrica, como los microbialitos.

Esto permite reforzar la creencia expresada por Farías en el prólogo del libro acerca de que bajar a la ciencia de su pedestal, hablando claro, es la única forma en la que se puede educar a la sociedad en la preservación de ecosistemas frágiles que ponen en contacto a las personas con el origen de la vida en la Tierra. Así, se logra que la divulgación científica puesta en valor para la práctica turística y la conservación vayan de la mano.

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