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Domingo 15 de Enero de 2017

Ricardo Piglia, un escritor que aunó tradición y vanguardia

Crítico, editor, guionista y lector voraz, el novelista nacido en Adrogué hace 76 años conservará un lugar de privilegio entre los mejores narradores latinoamericanos. La calidad de sus ficciones, las claves ingeniosas que entrevió en la literatura nacional y sus magníficas conferencias lo tornan un imprescindible

Hace una semana murió Ricardo Piglia, después de una enfermedad que paralizó progresivamente su cuerpo, pero que nunca le impidió seguir escribiendo, aun cuando parecía imposible que pudiera hacerlo. Como si hubiera encontrado en la escritura una pulsión de vida o una conjura. Antes de morir, quizás por lo mismo, Piglia nos entregó todavía algunos libros, en un gesto en el que no puedo menos que ver la cifra —para usar una palabra muy preferida suya— de su vínculo con la literatura. Esa extensa trayectoria iniciada con los cuentos de La invasión (1967) y aparentemente cerrada con la novela El camino de Ida (2013), esa trayectoria que tuvo su primer hito en la ficción política Respiración artificial (1980) y que postuló una teoría de la literatura en los ensayos de Crítica y ficción (1986) o las claves literarias de la cultura nacional en los breves textos de La Argentina en pedazos (1993), daba ahora una vuelta de tuerca con la que se la podía releer entera.

En 2014, Piglia publicó su Antología personal: un compendio de su obra con algo de testamento literario. Se trataba de un volumen que, sin seguir un orden cronológico, distribuía en secciones una selección de ficciones, intervenciones públicas, notas autobiográficas y ensayos escritos a lo largo de su vida. Los elegía, según decía en el prólogo, por sentirlos cercanos y confiar en que ese conjunto permitiera armar y desarmar el rompecabezas haciendo coincidir cada una de las piezas con el dibujo inicial. Esa forma inicial, agregaba ahí, es lo verdaderamente personal de la literatura. ¿Por qué no pensar la Antología personal como un intento sistemático y reconocible de contarse a sí mismo a través de su obra? Un modo sumario que evoca el modo de leer crítico que es una de sus marcas: agudo y sintético, breve y potente, aforístico ("la historia de la narrativa argentina empieza dos veces", "el dinero, podría decir Arlt, es el mejor novelista del mundo").

La forma de la Antología... resulta el correlato compositivo de la forma que adquiere en Piglia la frase ensayística. Es una propuesta para leerse a sí mismo en sintonía total con las lecturas que ha hecho de los textos ajenos. Que empiece con uno de sus cuentos y termine con su ensayo sobre el Che Guevara, "El último lector", incluido antes en el libro de ese nombre (2005), traza una parábola casi perfecta, casi borgeana: todo escritor es primero un lector; en la lectura hay un modelo para la escritura y también un modelo ético de conducta, pero ¿no se opone acaso a la acción, a la vida?

Los diarios

Muchos creyeron que la Antología personal podía funcionar como un cierre adecuado para la obra de Piglia. Sin embargo, al año siguiente da a conocer un libro que redimensionaría su vida y su obra. Me refiero, obviamente, al primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi: Años de formación (1957-1967), al que le siguió en 2016 Los años felices (1967-1975). Los Diarios, atribuidos a ese alter ego literario que llegó a protagonizar algunas de sus novelas, constan de las anotaciones que desde su adolescencia fue llevando Piglia en unos cuadernos que ya eran míticos. En los Diarios, redactados en paralelo a su producción ensayística y ficcional durante más de cincuenta años, Piglia construye una figura de escritor, una obra, y también una vida y un mundo. En ellos transcribe los cuadernos autobiográficos, solo que, mientras se lee ¡otra vez! a sí mismo, desdobla la autoría, interviene en el registro del pasado, incluye relatos, incorpora anécdotas, reescribe y se reescribe.

Allí está todo aquello que no aparecía en la Antología personal: los comienzos de la escritura (otra versión de la forma inicial), pero también las lecturas, los estudios, los trabajos y los amigos, la familia y las mujeres, los espacios (bares, hoteles, aulas) y los territorios (La Plata, Buenos Aires, Mar del Plata). Allí están desplegados los proyectos, las expectativas, las ideas, la imaginación. Todo. Los Diarios muestran una trama exacta entre la literatura, la escritura y la vida que, antes de ellos, no había asumido por completo su forma. Porque la intervención de Piglia, ya enfermo, ya de vuelta de su literatura, en sus cuadernos autobiográficos, no es corrección, no es estilismo, sino procedimiento. Es en esa hibridación —otra palabra muy suya— del pasado y el presente, en su apuesta al futuro, donde nos lega la cifra para volver a leerlo.

Por todo esto, los Diarios pueden pensarse como una suerte de post-testamento. En él se descubre la generosidad extrema con la que se lo recuerda a Piglia como escritor, como lector, como docente, como persona... En esta escritura autobiográfica en la que el yo se desdobla y se reescribe para tomar distancia de sí mismo y ofrecerse a la mirada de los otros, esa generosidad se vuelve pura prodigalidad. Y con ese acto de escritor pródigo, Piglia se reiventa, y nos reinventa así otra relación posible, deseada, entre la literatura y la vida.



Alejandra laera

Escritora/Investigadora del Conicet

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