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Domingo 06 de Agosto de 2017

¿Por qué comemos tan mal los argentinos?

Se fueron adquiriendo hábitos dañinos para el organismo. En los últimos 20 años en los hogares se duplicó el consumo de gaseosas y bajó a la mitad la ingesta de frutas y verduras. Se come menos pan, pero más galletitas y productos de pastelería. ¿Hay salida para esta crisis de la mesa familiar?

La mayoría de las personas que tienen a su cargo la alimentación familiar dedican muy poco tiempo a hacer "bien" las compras. Llegan a su casa agotados y se les hace difícil pensar en preparaciones elaboradas en la cocina. Ni hablar de que se pongan a reflexionar acerca de las cantidades y la calidad de los alimentos que ellos y los suyos se llevan a la boca.
La pérdida de la calidad alimentaria en la Argentina es un hecho, y no sólo tiene que ver con un poder adquisitivo cada vez más débilitado, porque aún los que tienen recursos económicos compran mal y comen peor.

Casi todas las enfermedades que producen consecuencias severas en la salud están relacionadas con la comida. Obesidad, diabetes, problemas cardíacos, algunos tipos de cáncer, ciertos trastornos gástricos y hasta patologías neurológicas se vinculan con lo mal que comemos cada día, sumado a la falta de ejercicio físico. Y aún sabiendo que el cuerpo recibe el impacto estamos haciendo poco y nada por mejorar.
Tema complejo que requiere una intervención urgente. Por un lado, al ser un problema de salud pública, es el Estado el que tiene que trabajar mucho en la educación alimentaria de los ciudadanos y estimularlos a que salgan de la peligrosa comodidad del sedentarismo. Por otro, es una cuestión a resolver puertas adentro. Cada uno puede sumar para modificar de a poco, pero de manera efectiva, esas costumbres que pueden costar demasiado caro.

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Una investigación que llevó adelante el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni) analizó la alimentación argentina entre 1996 y 2013 y mostró resultados alarmantes. Los investigadores desmenuzaron datos de la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares (Indec) desde una perspectiva alimentaria y nutricional. Mirando lo que compramos determinaron cómo comemos.

María Elisa Zapata, licenciada en Nutrición de la Universidad del Centro Educativo Latinoamericano (Ucel), investigadora adjunta del Cesni y docente universitaria, habló con Más sobre los detalles de este estudio, en el que participó activamente, y dio su mirada sobre las posibilidades que existen para torcer un destino que parece escrito a fuego: el que haya cada vez más personas con problemas de sobrepeso o mal alimentadas.

Para entender con claridad qué está pasando en los hogares argentinos vale observar, con tranquilidad, estas conclusiones:

•Entre 1997 y 2013 el consumo de frutas se redujo casi a la mitad (de 155 gramos a 92 gramos por día). La variedad es limitada ya que 4 frutas (naranja, manzana, banana, mandarina) conforman dos terceras partes de nuestra canasta.

•Si sumamos a los vegetales, sólo llegamos a la mitad del consumo que la Organización Mundial de la Salud recomienda por día (400 gramos), tanto en los hogares de menores como en los de mayores ingresos.

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•Se duplicó el consumo de gaseosas, de medio vaso a un vaso por día. El cambio es más acentuado en los hogares de menores ingresos que cuadruplicaron el consumo en dos décadas. Lo mismo para jugos.

•Se cuadruplicó el consumo de comidas listas para consumir en el hogar (pizzas, empanadas, sándwiches, tartas), lo que indica la búsqueda de practicidad.

•Junto con el descenso del consumo de carne vacuna y el consiguiente aumento del consumo de pollo, el cambio más notable es el de los productos cárnicos semielaborados como milanesas, hamburguesas y prefritos, que se triplicaron.

•Se come menos pan, a expensas de un aumento del consumo de galletitas y amasados de pastelería.

•La mesa argentina es pobre en variedad: menos de diez alimentos aportan la mitad de las calorías diarias (panes, aceite de girasol, carne vacuna, azúcar, fideos, arroz, harina de trigo, galletitas dulces y gaseosas). En 17 años se agregaron sólo 2 alimentos al listado: gaseosas y galletitas dulces.

•La ingesta de azúcares libres es mayor a la recomendada (10% de las energía) y aumentó en las últimas dos décadas por mayor consumo de jugos y gaseosas.

•El consumo de sodio se redujo 10%, debido a que se ingiere menos sal y se redujo el consumo de pan. Algunas panaderías bajaron el contenido de sodio en la elaboración.

•El consumo de grasas trans se achicó y se encuentra en los niveles recomendados debido a la reducción en el uso de aceite parcialmente hidrogenado por la industria alimentaria.

•El efecto de las fortificación de la harina de trigo es notable. El folato se cuadruplicó y los alimentos elaborados con harina aportan 3/4 partes del folato que consumen los argentinos, y cerca de la mitad del hierro de la dieta.

•El consumo de calcio está por debajo de la recomendación en los tres períodos de la realización de la encuesta y en todos los niveles de ingreso. El consumo de lácteos no alcanza las 2 porciones diarias. La leche es el lácteo con mayor descenso, sobre todo en hogares de mayores ingresos.

•La ingesta de vitamina C no cubre las indicaciones saludables en ningún nivel ingresos económicos.

“A nuestra alimentación le falta diversidad y está concentrada en muy pocos alimentos la proporción de energía de la dieta. Acá hay que resaltar que la pérdida de la calidad nutricional de la mesa argentina que se observa en estas últimas dos décadas puede tener importantes consecuencias en la salud de la población y en un aumento de las enfermedades crónicas como el cáncer, la diabetes, la hipertensión, que son, justamente, las responsables del mayor número de muertes en nuestras población (además de causantes de discapacidad)”, señaló Zapata.

La licenciada en nutrición hizo hincapié en lo importante que es tener datos sobre los cambios alimentarios, los patrones que rigen y las diferencias que existen de acuerdo a los ingresos de cada hogar ya que el nivel económico sin dudas incide en el consumo de alimentos, aunque no asegura una alimentación adecuada. “El estudio que hicimos demuestra, de hecho, que el consumo de frutas y verduras no alcanza las recomendaciones ni siquiera en los hogares de mayor poder adquisitivo”, remarcó.

Con los lácteos sucede los mismo. Y respecto del consumo de azúcar hay que destacar que es similar tanto en familias empobrecidas como en las que tienen más dinero.

"Verduras y frutas se comen menos en forma diaria en todos los hogares. Es llamativo el aumento del consumo de azúcares"
Para peor
Esteban Camuerga, director del Cesni, dijo que “pudimos ver claramente el cambio en la estructura de compra de alimentos. También puede pensarse que hay un menor tiempo dedicado a la preparación de alimentos en el hogar por el hecho de que más mujeres trabajen fuera de su casa, más el impacto de la publicidad y los nuevos canales de comercialización”.

El aumento del consumo de azúcares que provienen de gaseosas y jugos es un aspecto que los especialistas pidieron analizar con detenimiento. “Debe llamarnos a la reflexión, especialmente cuando la población argentina tiene problemas de sobrepeso. Más de la mitad de los argentinos tienen kilos de más”, enfatizó.

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Viene bien mencionar otro estudio, que se hizo en Rosario —y que Más publicó en octubre del año pasado— realizado por licenciadas en nutrición de la Ucel. La investigación determinó que la mayoría de los chicos rosarinos que asisten a sexto y séptimo grado desayunan mal. Para arribar a esta conclusión se entrevistaron 200 alumnos de establecimientos educativos de los seis distritos de la ciudad. Y los resultados no dejaron dudas: hay un enorme déficit de consumo de lácteos, cereales y frutas, tres grupos de alimentos fundamentales para ayudar a los niños a crecer en forma adecuada y a tener, desde el arranque del día, la energía necesaria para encarar la escuela, las clases de gimnasia y toda la larga lista de actividades extraescolares.

La situación es clarísima: comemos cada vez peor. Ahora, ¿se pueden ir modificando estos errores?

Zapata señaló: “Los cambios en la estructura de la alimentación diaria atraviesan todo el entramado social. Para poder mejorar se necesita el compromiso de todos. Desde el Estado, que debe asegurar la producción y disponibilidad de alimentos; la escuela, que tiene que ofrecer un entorno que favorezca los hábitos saludables; la industria, que debe producir alimentos de mejor calidad nutricional y la familia, que es el primer entorno donde se replican los hábitos alimentarios. También es un tema de cada uno de nosotros que debemos elegir qué comemos cada día, cuánta actividad física realizamos, cómo cuidamos nuestra salud”.

"El estado debe implementar acciones, pero también es un tema de cada uno pensar qué comemos cada día y cuánta actividad física realizamos

Enseñanza y cuidados
Sobre el rol que tienen las madres o padres a cargo de la alimentación familiar, la nutricionista fue contundente: “Los hábitos alimentarios se forman en la infancia, y la familia es el pilar fundamental para la conformación de esos hábitos. También la escuela tiene una gran importancia. Pero son las pequeñas acciones en el hogar las que pueden generar cambios. Compartir las comidas en familia, aprovechar ese espacio para el diálogo, incluir a los niños en el proceso de preparación de los alimentos, tratar de incorporar la mayor variedad posible, probar nuevos alimentos, volver a tomar agua o soda en las comidas dejando de lado jugos y gaseosas e incluir una fruta como postre”.

"A la alimentación diaria le hace falta diversidad. Se come casi siempre lo mismo"
En Rosario
Zapata llevó adelante hace cuatro años un estudio en Rosario. Fue el primero referido al estado nutricional y a los hábitos alimentarios de la población adulta de esta ciudad. Las conclusiones no hacen más que reforzar lo que el Cesni reveló en el trabajo a nivel nacional.

“En Rosario el consumo promedio de la suma de hortalizas y frutas está en los 241 gramos por día, una cifra muy por debajo de los 400 gramos que recomienda la Organización Mundial de la Salud”, mencionó la nutricionista.

“El 41% de los rosarinos no alcanza a consumir dos porciones diarias de lácteos, que son las sugeridas por las guías alimentarias para la población argentina. Además es elevada la ingesta de bebidas azucaradas, tanto jugos como gaseosas”, señaló.

En la ciudad, la ingesta media de grasas saturadas ( también llamadas grasas malas) también fue superior a las indicadas para una buena salud.

Hay otro dato importante que muestra errores importantes en la alimentación: más del 99% de los rosarinos no ingiere la cantidad de fibra necesaria, un dato que se vinculada con la baja ingesta de frutas y verduras y la poca presencia de cereales en los platos.

El calcio también fue objeto de atención. Nueve de cada diez adultos presentó ingestas de calcio por debajo de lo necesario y este problema se vio más en mujeres que en varones.

Tres de cada cuatro rosarinos mostró que ingiere vitamina C por debajo de las recomendaciones.

“El estilo de vida no es el adecuado. Se ve en los alimentos que se consumen pero también en otros hábitos. Cuando realicé ese trabajo pude determinar que el 40% de los adultos que viven en Rosario no cumple con los 150 minutos semanales de actividad física aeróbica moderada y que el 26% admitió fumar regularmente (similar a lo observado a nivel nacional por las Encuesta Nacional de Factores de Riesgo de 2009) aún sabiendo que fumar causa enfermedades como el cáncer, problemas pulmonares y que afecta al corazón”, mencionó Zapata.

“Si se quiere mejorar al pueblo, en vez de discursos dénle mejores alimentos. El hombre es lo que come”, escribió el filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach a mediados de 1800. El dicho “somos lo que comemos” deriva de esa afirmación que hoy sigue vigente y nos obliga a pensar, y sobre todo, a actuar.

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