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Domingo 07 de Mayo de 2017

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa

Sentirse mal por haber hecho algo "inapropiado" puede tener su costado constructivo. ¿Pero cuándo hay que preocuparse, cuándo se convierte en algo patológico?

La culpa es un sentimiento negativo que surge de la creencia o sensación de haber cometido una falta (ya sea por acción u omisión), de haber traspasado las normas éticas personales o sociales. Se trata de una sensación que toca distintas emociones, siempre negativas, cargadas de malestar: tristeza o angustia, frustración o enojo, miedo y vergüenza, muchas veces cambiando y retroalimentándose entre sí. Como en todos los casos en los que se convoca una emoción, su activación tiene un fin adaptativo: su función es hacer consciente que se ha hecho algo mal, a fines de interrumpir esa conducta y facilitar los intentos de reparación y cambio. Por esto la culpa no es en sí misma mala o negativa, sino que se sirve de la incomodidad que genera su presencia para detenernos a reflexionar y entender la situación que la provocó, captando la importancia de lo que señala, qué hicimos mal y qué podemos mejorar. Así, sirve para un análisis constructivo que nos evitará nuevos momentos de malestar y daño, empujando el desarrollo de nuevos recursos y alternativas para enfrentar situaciones similares y permitiéndonos crecer.

Radiografía

Para entender mejor la culpa hay que conocer cuáles son los elementos que la constituyen:

• Acto causal, real o imaginario: un estímulo que dispara la secuencia.

• Percepción y autovaloración negativa del acto: el momento en el que se toma conciencia.

• Emoción negativa derivada del registro de la situación: el sentimiento la culpa.


Esta secuencia (la radiografía) puede ser normal o patológica, dos formas de culpa muy distintas:

• Culpabilidad sana: aparece como consecuencia a un perjuicio real, una situación concreta en la que hayamos cometido una falta que pesa sobre uno mismo o un tercero (más frecuentemente). En este caso, la culpa tiene una finalidad muy clara, frenando esa conducta, detectando el error y buscando la manera de reparar el daño y evitar que se repita. Esta forma de culpa es funcional y conveniente.

• Culpabilidad mórbida: la alteración puede aparecer en cualquiera de los tres elementos que la constituyen, sea en que no existió la falta objetiva o que ese acto causal no pueda cerrarse solamente sobre uno mismo, como si se tratara del único factor que provocó el daño, o que la emoción derivada de la situación sea excesiva en intensidad o tiempo de duración. A diferencia de la anterior, este tipo de culpabilidad es destructiva y no tiene la función de adaptarnos al medio, por lo que entendemos que es disfuncional: de esto se trata la culpa patológica. En otros casos, la anomalía respecto de la culpa es que nunca se la sienta, es decir, no una alteración por exceso sino por defecto: esto se ve en rasgos manipuladores o psicopáticos que tienden a culpabilizar siempre al otro (ya volveremos sobre esto).


Cuando es patológica

La crítica patológica es destructiva, demoledora y aplastante. Es como una voz interior –hostil– que siempre acompaña y no abandona en ningún momento. Juzga y sentencia, hallando en casi todo lo que se haga un error imperdonable. También tiene el berretín de comparar con las demás, siempre en términos negativos, masacrando la autoestima. Veamos algunos de sus rasgos sobresalientes:

• Todo se vuelca hacia adentro (atribución interna de la responsabilidad), con la sensación de ser el responsable de todos los males.

• Sus reproches interminables van seguidos de un afecto negativo sostenido: la emoción es muy intensa y por momentos paralizante. No se trata de una molestia ligera sino que se mete muy adentro.

• Esta forma de culpa tiene mucho de obsesión: la mente vuelve de manera recurrente o aparecen imágenes de tipo intrusivo. Es difícil correrla del foco, concentrarse en otra cosa, distraerse. Muchas veces se imprime con carácter taquigráfico, con un dedo que señala y muestra el error una y otra vez, con palabras siempre hostiles y sin pretensión de enseñar nada.

• Convoca pensamientos polarizados y rígidos que pierden los matices, blanco o negro, reduciendo la visión a dos puntos que no permiten maniobrar. Distorsiona las situaciones, acomodándolas para seguir reinando: este giro se hace permanente e incuestionable (una atribución estable).

• Es una crítica que no para, no se detiene. No basta el reproche, sino que encadena hechos y acusaciones, usando palabras del tipo de siempre, todos, nadie, nunca. Busca situaciones similares y las mete a todas adentro de una misma bolsa, multiplicando el malestar. - No tiene un fin de aprendizaje: no aleja de vivir situaciones similares ni brinda nuevos recursos sino que aleja de todo estímulo y parece buscar nuevas experiencias en las que poder posicionarse en el lugar de culpable. Se trata entonces de un malestar inútil e innecesario.


Consecuencias

A nivel mental se encuentra en los permanentes autorreproches, diálogos internos hipercríticos, autoacusaciones, desprecio por sí mismo y destrucción de la autoestima. A nivel emocional se descubre en la angustia, el nerviosismo, la irritabilidad, un afecto negativo sostenido. A nivel físico su activación se evidencia en dolores de panza, en el pecho, insomnio, tensiones, contracturas... La culpa tiende a anidar y desparramarse, metiéndose muy adentro y escapando del bisturí que la quiera extirpar: forma parte de la persona, la mayoría de las veces desde la infancia, una especie de sombra maligna, una voz que acompaña y de la que estamos indefensos, incapaces de rebelarnos.

Su origen tiene que ver con el desarrollo de laconciencia moral, que se inicia en nuestra infancia y que se ve influida por nuestras diferencias individuales y las pautas educativas. Por esto sus raíces suelen ser muy profundas. Se trata de esquemas mentales fijados en el estilo de crianza, las experiencias vividas, la cultura y la religión. Otros orígenes se encuentran en la pretensión de controlar todo, de que todo se haga bien, de manejar todas las variables en torno a cada situación que vivimos. Muchas veces esto se asocia a un elevado nivel de autoexigencia y perfeccionismo, una necesidad de mostrarse siempre preciso, correcto.


¿Cómo soltarla?

• Identificar la culpa: verificá si es justa la apreciación. No tomes por verdad todo lo que te dice tu mente: estate atento, observá bien y cuando lo consideres...rebelate. Cuando quepa la culpa, buscá los motivos de tu error y diagramá alternativas para futuras situaciones. Pedir perdón:no basta con decir que te sentís culpable. Expresá tu arrepentimiento a las personas perjudicadas o implicadas, haciendo saber tu malestar asociado a esta toma de conciencia y tu firme intención de que no se repita.

• Tomar distancia de la situación: repará en que el pasado no se puede modificar, sí el presente y el futuro. Los errores y las dificultades están en nuestra naturaleza.

• Ser compasivo: no sigas lastimándote por algo que ya no podés cambiar. Mirá para adelante y buscá mejorar.

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